LUBITSCH Ernst (1892-1947)

Ich möchte kein Mann sein (No quiero ser un hombre) (1918: 6.5)

No quiero ser un hombre es cine mudo realizado por el joven Lubitsch (26 años) en Berlín cuando la Gran Guerra aún no había finalizado, aunque eso se note poco o nada en esta distraída película, por otro lado previa al afamado y único “toque Lubitsch”.

Lubitsch muestra, en poco más de 40 minutos, una porción de sociedad aristocrática de su momento, tan frívola como despreocupada, tan simpática como histérica.

Ella, la protagonista, es Ossi Oswalda (¿la Mary Pickford alemana?), que entre 1916 y 1919 fue la actriz principal del primer Lubitsch y que luego, al parecer, no volvió a trabajar en el cine. Ella (que quiere beber, fumar y ser libre: como un hombre) decide disfrazarse y convertirse, al menos por una noche, en hombre. Para eso sirve un disfraz: para vivir en carne propia lo que de otra manera es inviable; cómo no recordar a Claude Dauphin en el primer segmento de El placer, la maravillosa película de Max Ophüls, en la que se disfrazaba también para salir por la noche y pretender (para ser más feliz) ser otro. Engañarse a uno mismo.

La experiencia de Ossi es agridulce. Los hombres son brutos, celosos, tribales. Y ellas son desconsideradas, banales, objetos. Ossi se besa (como hombre) con un hombre: amistades homosexuales o, simplemente, atracción derivada del alcohol y de la fiesta. ¿Toque Lubitsch?

Ossi ya no querrá ser hombre: una vez que el niño de sus ojos (Curt Goetz, luego guionista), que es también su tutor o educador, se desinhibe (para eso es un disfraz) y la besa (aunque ella fuese ahí un hombre y estuviesen ambos borrachos), entonces ya no habrá impedimento para volver a besarse, ya sobrios, siendo hombre y mujer, como Dios y Lubitsch mandan.

Un Lubitsch no tan refinado, más de trazo grueso; divertido, burlón; sus personajes parecen caricaturas, seres relajados que no piensan en bombas ni tanques, unos hedonistas ricos, unos amores ambiguos, liberados; unas personas gestuales y habladoras (aun sin sonido); un tipo de trama que se adelanta, sin moralidad, a las que realizaría LaCava o acaso el propio Lubitsch en Hollywood unos lustros después. Más morales y, también, más sonoras (con voces); y más serias, más sobrias, más humanas y bellas y superiores: este joven Lubitsch no me parece un gran Lubitsch; aunque siempre recordaré de este film, al menos, los besos “gay” entre los dos elegantes borrachos infatuados que se olvidan de sí mismos.