ALLEN Woody (1935-_)

Bananas (Bananas) (1971: 8.0)

De todo y de todos, ¡y dando en el blanco!, se reía Woody Allen en 1971. Por supuesto, incluyéndose a sí mismo en el cupo de mofas, parodias y cortes de mangas. Un Woody Allen, aquel, hiperactivo, egocéntrico, con ramalazos del absurdo y digresiones delirantes que, antes que (citemos tres películas paradigmáticas) El jovencito Frankenstein (1974) de M. Brooks, Los caballeros de la Mesa Cuadrada (1975) de los Monty Python o Aterriza como puedas (1980) de los Zucker, explotaba las posibilidades del grueso humor a contracorriente: satirizando costumbres, riéndose de los mitos, las leyendas y la Historia y exagerando hasta el ridículo y la arbitrariedad las convenciones más recónditas de la organización social. Unas películas de humor, no etiquetable como “comedias”, cuyo objetivo era provocar carcajadas mediante furibundos flechazos de cachondeo cultural.

(No haría falta añadir que este tipo de humor paródico, siempre en busca de la “deconstrucción” meliflua y cada vez más tosca de géneros cinematográficos y literarios, lleva ya varios lustros instalado en la mera fórmula y se ha convertido, digámoslo con ínfulas, en una cadena de producción de filmes vulgares, repetitivos y, muchos de ellos, reaccionarios)

Pero estamos en 1971. A Allen le producía, por entonces, mucha risa que alguien tan prestigioso como Godard se hubiera tirado al monte del anti-sistema (o anti-cine) con el fin de realizar filmes políticos “políticamente”. Allen no creía en cuestiones tan profundas porque él, siendo tan inteligente, hipersensible y maniático, no podía admitir que el cine fuera realmente útil para otra cosa que no fuese reírse disparando contra todo lo que se movía.

Se desmarcaba Allen, meridianamente, y sin salirnos de 1971, de obras europeas lentas y espaciosas de pesada carga existencial (Muerte en Venecia, Visconti), del cine político izquierdista más convencional (Sacco y Vanzetti, Montaldo), de las películas nacidas en el impulso creativo, combativo y feminista de Mayo del 68 (La salamandra, Tanner), de filmes viscerales y personales que, en su aureola crepuscular, atacaban instituciones sociales y egos idiosincráticos (Perros de paja, Peckinpah; El seductor, Siegel) y de adaptaciones literarias que, aun moderna y carismáticamente, buscaban capturar el espíritu del original (Macbeth, Polanski; Las dos inglesas y el amor, Truffaut). Por supuesto que tampoco estaba Bananas en otras sendas transitadas en ese momento como el cine policíaco de cruda violencia y ambiguo héroe (Harry el Sucio, Siegel) o el cine de terror con más o menos variantes erótico-festivas y psicodélicas (el Drácula de Jess Franco). Con ninguna de estas corrientes o directores podía relacionarse o hablar de tú a tú Woody Allen, acaso más cercano, si se quiere, al espíritu liviano y burlón de un Stanley Donen (El guateque, Bedazzled), si bien éste siempre guardó un mayor respeto por la comedia tradicional y los poderes que la hacían posible: nadar, guardar la ropa.

En resumen, vaya, Bananas es seguramente el producto más logrado del primer Woody Allen. Película corta que separa el grano de la paja: un Allen obsesivo, desatado, hilarante en sus “gags”, observador de la caótica realidad internacional (Latinoamérica y USA), comprometido consigo mismo.