MACKENDRICK Alexander (1912-1993)

A High Wind in Jamaica (Viento en las velas) (1965: 9.0)

El bostoniano que emigró a Gran Bretaña (donde firmó, entre otras, la hilarante El quinteto de la muerte), y que luego volvió a América para rodar tres o cuatro películas más, encontró en 1965 sabia inspiración en la novela de Richard Hughes A High Wind in Jamaica, un  libro que influiría, por ejemplo, al Nobel Golding en su famosísima obra sobre niños, salvajismo y civilización, llamada El señor de las moscas.

Este hombre, Alexander Mackendrick, que nunca ha sido parte del canon del cine indiscutible (un Ford, un Hitchcock, un Visconti, un Mizoguchi), sólo por Viento en las velas ya merecería un párrafo en cualquier historia del cine que prestara atención a los distinguidos árboles solitarios, aquellos desprotegidos de los frondosos bosques.

A High Wind in Jamaica es la mejor película de barcos y piratas que he visto jamás. La más lúcida, melancólica y cruel obra cinematográfica sobre la infancia que he presenciado nunca (más penetrante y brava, en este aspecto, que Matar a un ruiseñor, ¡Qué verde era mi valle!, Pelle el conquistador, Los cuatrocientos golpes, La vida es bella, Mi tío Jacinto, ¿Dónde está la casa de mi amigo? o El limpiabotas).

Una obra que recoge una de las miradas más generosas, amplias y ambiguas que he visto, la de Anthony Quinn a la niña Emily en la escena final del ajusticiamiento de los piratas.

Una película que incluye (no hace falta ser malpensado para verlo y sentirlo) una de las historias de amor más desequilibradas, fugaces e imposibles de la historia del cine.

Una película sobre malos y buenos, sobre piratas y niños, sobre la responsabilidad y el desacato, acerca de la inconsciencia y la ambición, el imperio de la ley, la culpa y la inocencia.

Los niños de la película son los causantes, los “iniciadores”, de las dos o tres desgracias de importancia que se producen, pero no pagarán por ello, ya que están protegidos por su carácter de menores: la etiqueta de la ingenuidad (no lo son tanto) y la fragilidad (pero son más fuertes que los adultos). En varias ocasiones, durante el film, parecen seres siniestros o demasiado juguetones, sardónicos en exceso o calculadores: se me pasaron por la cabeza películas a primera vista muy diferentes como El pueblo de los malditos, ¿Quién puede matar a un niño?, además de Los chicos del maíz y varias otras cintas de terror donde los niños saben ser malos y sanguinarios.

Digamos que quien ve Viento en las velas por vez primera al principio hallará componentes típicos de cierto cine familiar (melodrama, colonialismo, aventura) como, pongamos, Los robinsones suizos, pero a medida que transcurre irá detectando tintes mucho menos ligeros, más hondos y (no puedo pensar en otra construcción adverbio-adjetivo) asombrosamente adultos.

Película noble, sutil, sin bajezas; elevada, repleta de alusiones y conjeturas sin solución;  Viento en la velas está extraordinariamente interpretada por Quinn, el magnífico James Coburn, los actores secundarios (piratas, etc.), los niños y las niñas. Contiene varias imágenes para el recuerdo y momentos de enorme enigma y emoción gracias también a la fantástica música de Larry Adler.

Hay que volver a Mackendrick.