MACKENDRICK Alexander (1912-1993)

The Man in the White Suit (El hombre del traje blanco) (1951: 7.5)

Vuelvo a Mackendrick. A su primera época, a Inglaterra, los Estudios Ealing. La comedia agridulce, inventiva; el ocasional humor negro. Elementos siniestros y sardónicos, atemperados por los buenos sentimientos. Con Alec Guinness de protagonista, un actor que antes de ser simplemente un famoso de prestigio (con el David Lean de las superproducciones y luego con La guerra de las galaxias) tuvo querencia hacia la excentricidad: ver Oliver Twist (Lean, 1948), Un genio anda suelto (Neame, 1958) y otras como El hombre del traje blanco.

Lo más llamativo de esta película, como leo en el blog http://atikus.blogspot.com/2007/12/el-hombre-del-traje-blanco.html, es su contundente comentario en torno al consumismo, la oferta y la demanda y, en especial, acerca de la dependencia capitalista del sector de la producción. El personaje de Guinness inventa un tipo de tejido y de traje blancos que ni se rompen ni se ensucian. ¡Maravilloso! El entusiasmo del descubridor de un prodigio tan grande se resquebraja cuando comprueba que ese tipo de “progreso” no interesa. ¿Alguien se imagina hoy día que una compañía telefónica quiera fabricar un móvil que dentro de tres años siga funcionando? ¿Y un mueble sólido? ¿Y un ordenador que dure más de cinco años?

Lo cierto es que dependemos de la producción; la actual crisis económica (enero de 2009) revela que cuando compramos menos coches, las empresas de automóviles despiden a trabajadores. La lógica es aplastante: si se produce menos, hace falta menos mano de obra. Por eso la obligatoriedad de consumir: pero la obsesión no es consumista, es productiva. El consumo es posterior. Mantener el nivel de fabricación y distribución a toda costa. Para este fin, por supuesto, es preciso producir a los propios consumidores, que si no a cuento de qué se iban a sentir "torturados" o ansiosos si no adquieren “la última versión de” una consola o el más vibrante consolador.

Sólo por estas cuestiones, la película de Mackendrick ya merece la pena verse. Lo cierto es que, por otro lado, y tras la sublime Viento en las velas, me ha decepcionado un poco. Le falta más “chicha”, como suele decirse, más enjundia dramática. Más ambición, incluso, hasta más inspiración, si se me apura (pero nadie me apura). Mackendrick nos deja una película entrañable, enigmática y, eso sí, extremadamente lúcida: si el progreso real se opone a la idea de progreso que se ha impuesto (el mercado: comprar, gastar), entonces no es progreso sino desastre. Y el asombroso invento ha de expurgarse. Lo dice o piensa un personaje de la apabullante y desoladora novela española Crematorio (R. Chirbes): “Cuando las ideas no te dejan ver la realidad, no son ideas, son mentiras”. Y la realidad es capitalista.

 Alec Guinness se aleja solitario por una calle oscura. ¿Hacia dónde va?

“¿Habrá escarmentado?”, se preguntará en su tumba Adam Smith.