MALLE Louis (1932-1995)

Les amants (Los amantes) (1958: 8.5)

Mi amiga y, sin embargo, compañera de piso, con la que veo Los amantes, me comenta tras media hora, poco más o menos “Yo soy como Jeanne Moreau, como ella me siento: no sé hacia dónde voy ni lo que quiero en mi vacío, en mi tedio...”

Pero no lo decía en serio, quería impresionarme.

Uno ve cómo chicas la mar de saladas, atractivas y brillantes, como mi amiga, tienen sus momentos “chic”; y qué duda hay de que la Moreau de Les amants es un prototipo de joven “chic”, mezclando en su personalidad lo lindo, lo frívolo, lo imprevisible, lo pasional y lo existencial (ese vacío...).

Digamos que la Moreau desarrollaba el personaje de Ingrid Bergman de Stromboli (que se encontraba con las restricciones de la isla, el volcán, las convenciones sociales y de clase), y adelantaba el de Audrey Hepburn en  Breakfast at Tiffany’s (más confundida y más elegante, menos existencial y ambiciosa, más estética) en los más ligeros y vidriosos años sesenta.

Moreau, Bergman y Hepburn son, ¡o más bien eran!, mujeres que aspiraban a ser independientes y libres, sobre todo en el terreno amoroso (la liberación sexual), ya que en cuestiones de trabajo estas chicas eran más bien de la bohemia y no daban un palo al agua. No seamos malos, pero oyendo, como he oído, que en el siglo XXI la liberación y la autonomía de la mujer son prácticamente totales, y luego viendo, como he visto y sigo viendo, el sinfín de mujeres-objetos que han proliferado, mera decoración o adornos de desnudez (famélicas o con grandes senos, en según qué foros), uno se plantea si aquella línea cinematográfica femenina, tan simbólica, de Bergman, Moreau y Hepburn, no habrá patinado en algún sitio...

En Les amants el joven Malle lo hacía muy bien, proponiendo una primera parte de película divertida, locuela y llena de guiños, exageraciones y giros. En la última media hora ahondaba en un romanticismo de cuento de hadas y de aparente encuentro del amor “verdadero” (o la pasión o aun la satisfacción sexual) por parte de J. Moreau, terminándose la película en una fuga con coche, supuestamente feliz pero llena de incertidumbre. Una incertidumbre ante el futuro, acaso ya explorada por el propio Rossellini en su memorable Viaggio in Italia, donde I. Bergman y G. Sanders, matrimonio en crisis, vagaban en otro coche en busca del sentido de la vida... Y ahora casi me parece aquel inicio de 1953 como el final de Les amants de 1958, con J. Moreau y su amigo en el auto (escapando hacia no se sabe dónde), sólo que unos años... o minutos después de la supuesta felicidad.

En todo caso, Los amantes fue un fresco atrevimiento repleto de física erótica. Malle fue uno de aquellos franceses estudiados, entusiastas y burgueses que aspiraban a materializar en pantalla, con moldes más clásicos o más rupturistas (Malle es del primer grupo), su ilusión por otro tipo de cine (y de sociedad): liberado de ataduras, imposiciones y literatura, inmerso en la realidad “de su tiempo” y sus conquistas, más centrado y enfático en las necesidades, caprichos, derechos y deleites de las mujeres; un cine de aventura sin cálculo y adulterio sin castigo, de sarcasmo masculino y éxtasis de la carne, un cine menos tímido, más jovial y joven, de clase media y escenas graciosas, tórridas y líricas...

Mi amiga, hija de su época y de Sex and the City, se queda con la primera parte graciosa; pues la torridez, aun atrevida, se le antoja corta; y la lírica, pues malos tiempos siguen corriendo para ella, pese al prestigio momentáneo (Premio Cervantes) de cosas así como “el óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición...” (Gamoneda), que se pasará en un santiamén, por suerte o desgracia, como el típico catarro impostado que nos libera de ir al curro un duro lunes por la mañana...