MANKIEWICZ Joseph Lewis (1909-1993)

The Quiet American (El americano impasible) (1958: 8.0)

El americano de Mankiewicz y, asumo, de la novela de Graham Greene, no es especialmente tranquilo ni tampoco impasible, como en alguna versión española. Es un idealista que no se explica demasiado bien; un hombre joven, valiente y con energía, como pueden o (más bien) podían ser muchos estadounidenses; un tipo que termina mal porque se enamora de la mujer equivocada y porque (me permito añadir) no logra confiar más sinceramente en el periodista británico que conoce en Saigón, que es a la sazón el amante y compañero de la mujer equivocada de la que el americano se ha enamorado…

Desde el principio de la película, y aun desconociendo su final, me cayó mejor el personaje de Michael Redgrave, el correspondal de guerra inglés, maduro, enamorado, materialista y cínico, que el norteamericano soñador, pero de fines poco claros, que encarna discretamente Audie Murphy. El film cuenta con un aroma muy de Casablanca, de amores que parecen imposibles, fracasos recurrentes y una guerra que parece difícil de descifrar en algunos momentos, sobre todo por los allí extranjeros.

Mankiewicz no logra una película redonda pero sí le insunfla unas buenas dosis de “food for thought”, o sea dilemas morales; cómo lo personal, lo subjetivo, lo emotivo en suma, puede derrotar a lo general, lo más objetivo, lo racional, a la postre. La postura de la obra está lejos de ser ingenua; es más bien empiricista: lo que se ve es “visto por alguien”, y lo que se cuenta es “contado por alguien”. Cada cual ve y cuenta según sus obsesiones y angustias, sus prejuicios y sus pasiones, y así es que la cosa en sí, la materia de los supuestos hechos sin tacha se ensucia, y ya no habrá manera de sacudirse el polvo del desengaño, la incorporada hipocresía, el interés propio, el afectado escepticismo.

La película respira cierto pesimismo y una distinguida resignación ante la Verdad, así como la Laura de Preminger; respira, de todas formas, como en general el cine de Mankiewicz, una ambición por desenmascarar a los enmascarados, por racionalizar sus intenciones y decisiones, por desentrañar los misterios cuando ya es demasiado tarde y hay que pagar un alto precio. La mirada de Mankiewicz desafía a las telarañas y no se permite casi ninguna alegría vitalista o inocente. Habría acaso sostenido Mankiewicz: “a otro con esas gangas, yo no idealizo ni contribuyo al vicio: yo no me vendo”.