MANN Anthony (1906-1967)

A Dandy in Aspic (Sentencia para un dandy) (1968: 6.5)

Sentencia para un dandy es la última película que dirigió Anthony Mann. De hecho, se estrenó cuando Mann ya estaba muerto y, al parecer, la terminó el actor principal, Laurence Harvey. Título sin duda menor dentro de la brillante filmografía del autor de El hombre de Laramie, A Dandy in Aspic se apunta a una de las tendencias punteras de aquellos años, la de la intriga internacional con ramificaciones en el espionaje y la Guerra Fría.

En realidad, poniéndonos estupendos, en esos años gentes variopintas como Tinto Brass (Con el corazón en la garganta) y nuestro Mariano Ozores (Operación cabaretera) optaban por filmes que combinaban misterios y asesinatos, “thriller” con mujeres semi-fatales.

El subgénero de las conspiraciones internacionales siempre cuenta con un fiel público masculino, ávido de descubrir el “revés” de la Historia, ambición simpática como otras muchas. Pienso en filmes de los sesenta como la desastrosa Triple Cross (Young), de los setenta como la deplorable The Odessa File (Neame), en otros títulos más potables de un J. Sturges o un Schaffner, y de los ochenta se me ocurre a bote pronto la desfasada El cuarto protocolo (Mackenzie). En muchas ocasiones un best seller está detrás del guión y suele haber un reparto internacional para componer acentos distintos y denteras peores que la tiza contra el encerado.

Sentencia para un dandy se realizó en la época de James Bond, y eso se nota, sólo que Laurence Harvey encarna a un tipo más ambiguo, menos nítido, como de novela de Graham Greene: “un agente doble… con el encargo de… asesinarse a sí mismo”. Esa es la línea comercial del film: no está mal para interesar a priori. El “a posteriori” es otra cuestión. La chica de la película es una sexy Mia Farrow que, como si fuera una chica frívola de una obra de Antonioni, se permite dedicarse, la muy suertuda, a tomar fotos por aquí y por allá (hoy en África, mañana en Londres). Farrow está sin duda cortada (vestida, peinada) bajo el patrón de las heroínas guapas, estilosas y modernas de Godard, Ana Karina y, más bien, Jean Seberg, aunque Mia sea más rígida que Jean y Karina, de la misma manera que Belmondo siempre fue más guapo que Woody Allen.

La última película de Anthony Mann exhibe cierta musculatura narrativa, aunque la verdad es que resulta a veces confusa y, a ratos, directamente boba y sin tensión, sobre todo cuando aparece en escena el humorista Peter Cook, que al parecer en esos años era un tipo muy gracioso. Sentencia para un dandy es, por un lado, la clásica historia del agente doble en lucha con su “factor humano” (oh, majestuosa despedida de Preminger del séptimo arte), a medio camino moral entre los británicos y los rusos. Por otro, está la trama o casi subgénero del hombre duro atrapado entre dos fuegos, un atractivo trotamundos con pocos escrúpulos, acaso enamorado pero que no sabe muy bien si es él el traidor o el traicionado.

En fin, no se trata de una gran despedida para alguien de la trayectoria de Anthony Mann, pero ya decimos que ni siquiera pudo él finalizar la película, así que habrá que perdonarle los “tics” coyunturales como esos horrorosos “zooms” que nos acercan grimosamente los rostros de los actores, esos toques semi-psicodélicos y una parte final en verdad infumable. Por el medio hay algunos aciertos (diálogos cortantes, momentos que sí contienen misterio) y una buena parte sin chispa ni gran pulsión dramática. Las escenas están resueltas con demasiada rapidez y el producto, en suma, no parece de Anthony Mann (ni de nadie en particular); aunque sí es cierto que, como en mucho de su cine, nos encontramos con un hombre solitario, esquivo, infeliz, silencioso y violento, un dandy que acaso sea ecuánime pero que quizá no sea más que un justiciero, otro más que mata por dinero. Algo muy feo.