ALLEN Woody (1935-_)

Vicky Cristina Barcelona (Vicky Cristina Barcelona) (2008: 3.5)

En toda película de Woody Allen hasta la fecha, incluso en las más graves de los años ochenta, ha habido sitio para los chistes verbales graciosísimos y para tres o cuatro escenas (o malentendidos) desarbolantes.

No ocurre así en Vicky Cristina Barcelona, la obra que ha rodado en España (Barcelona, Oviedo): las únicas carcajadas que solté coincidieron con las dos o tres apariciones del papá asturiano de Javier Bardem, un poeta maldito que se niega a publicar sus versos y que se recluye, ¡eso sí!, en una imponente mansión rural, para, en soledad, odiar el mundo; pues bien, este señor guarda una apariencia sospechosamente similar a la del maestro de artes marciales de Karate Kid… ¡Para partirse el pecho, Ralph Macchio!

Leo que esta película ha cosechado generosas críticas en los Estados Unidos, después de años de indiferencia alleniana… Me lo temía: cuanto peor, mejor, y no creo que ni Obama arregle esto.

Porque el tomate es éste: Vicky Cristina Barcelona, estúpido título inglés y español, es (con diferencia) la peor película de Woody Allen que he visto en mi vida: a años luz de (se me ocurren ejemplos variados) Delitos y faltas, Broadway Danny Rose, Acordes y desacuerdos o Annie Hall, lejísimos de sus recientes incursiones británicas Scoop y Match Point, e infinitamente menos divertida que (digamos de distintas épocas) Bananas, La maldición del escorpión de Jade o Misterioso asesinato en Manhattan.

La ensalada de lugares comunes y estereotipos sobre España, los españoles, los artistas y la vida artística y amorosa es irritante. Los diálogos son superfluos, a ratos, y ridículos, el resto de los ratos. Las interpretaciones (excepto la de Rebecca Hall) son tópicas, gruesas e hiperbólicas. ¿Pero en que estaba pensando Woody Allen? ¿Cómo es posible que no se esforzara, ni siquiera un poquito, en captar o representar un mínimo de autenticidad, cruda o distinguida, de salero como Dios manda? Vicky Cristina Barcelona es ligero cine esquemático y sobreactuado, una película sin un gramo de verdad; una ficción no tiene por qué recurrir a la falsedad sistemática, hermana de la jovial pereza, no; puede optar por crear su propio mundo en función de lo real, a partir de lo real, no al servicio de una campaña de turismo sobre Gaudí, el flamenco (¡sonando en Oviedo!), la pasión latina, las tapas, los artistas viriles pero tiernos, el vino y la clase media-alta catalana.

Y Penélope Cruz, claro, con serias opciones a Oscar, faltaría más, Roger Ebert…

Vicky Cristina Barcelona me inspira tanta confianza como Vacaciones en Roma, aquella majadería estilosa de William Wyler. Películas frívolas y desenchufadas del planeta Tierra, que ayudan a inyectarnos ideas simplísimas, edulcorantes y ñoñas de sus respectivos países, gentes, emociones y pensamientos. Pero, ya en un nivel más cercano, optan ambas por diseñar el más típico y sobado calendario para turistas, aquel que incluye monumentos famosos, añade toques de morbo y de fiesta e incentiva, básicamente, el consumo en la zona.

Me ha divertido mucho más, y resultado ingenioso y justísimo, el comentario que la escritora Elvira Lindo ha hecho en su sección “Don de gentes” de El País (septiembre de 2008), en su último párrafo, sobre esta, repito, estrepitosa metedura de pata del anciano Allen (al que le importará un comino, con la carrera impresionante que tiene tras de sí):

 

La película de Woody Allen (Vicky Cristina Barcelona) trata, sobre todo, de dos artistas plásticos de la generación de la EGB a los que les engordaron la vanidad como a los niños de ahora. Fueron niños con muchas clases extraescolares. El resultado es cómico, aunque no sé si en el sentido que esperaba Allen. Los cuadros que saca en la película están en la línea de los cuadros abstractos que dibujaba Ibáñez en sus mortadelos; los artistas beben vino, tienen casas cojonudas y hacen un trío con Scarlett Johansson. Y encima dicen que están atormentados. Mira, no.

 

A lo que tan sólo añadiré, para no desanimar a nadie, que la película merece verse al menos por dos poderosas razones. La primera (concéntrense) consiste en observarla desde la perspectiva de un intento de parodiar a Eric Rohmer a partir de las “vacaciones ibéricas” (como escribe Carlos F. Heredero en El Cultural, septiembre de 2008, en su crítica del film) de unas guiris ricas, guapísimas y con ganas de marcha. La segunda, para mí la más convincente, ya la apunté más arriba: no hay que perderse al padre, poeta existencialista, de Bardem, ese hombre con pinta de ex judoka japonés que intenta convencer a los espectadores, ¡y al propio Bardem!, de que es un señor de Avilés de los de toda la vida, vamos. Sus apariciones, ¡tan escasas, tan breves!, son demenciales. Mandíbulas, preparaos.