MANN Anthony (1906-1967)

Winchester ‘73 (Winchester 73) (1950: 8.0)

James Stewart, ese hombre duro que acaso llore a escondidas, es Lin McAdam.

Dan Duryea, ese tipo con rostro de bofetada, es Waco Johnnie Dean.

Stephen McNally es Dutch Henry Brown. Y Will Geer, nada menos que Wyatt Earp.

Qué nombres, qué hombres.

Y está Shelley Winters, cómo olvidarla tras Lolita o La noche del cazador, que en Winchester 73 es la chica entre los chicos, en el papel de Lola Manners. Otro gran nombre, para una mujer.

Western irregular e intenso, incluso (me parece a mí) confuso y hasta iniciático, inferior a propuestas posteriores de Anthony Mann y James Stewart. En blanco y negro, también, cuando lo cierto es que si quiero imaginarme una del Oeste dirigida por Mann siempre pienso en el color, la pulcritud y las formas.

Stewart, torturado, airado, no sabe ni puede relajarse.

Los indios son secundarios, aunque cuando aparecen por vez primera parece que se van a convertir en los verdaderos malos del film. Pero no es así.

Wyatt Earp es secundario, un señor sobrio pero sin brillo. Cuando lo veo al principio de la película, me digo: el gran W. Earp será el protagonista de la obra. Pero no es así.

La fiebre no es la del Oro como en Chaplin, sino la del Arma: el Winchester 73. Quien lo tiene, mata o muere. Quien lo posee se siente poderoso y guapo, glamouroso e irresistible. El orgullo de ser hombre y de ser valiente. Y de tener un arma fuerte, larga y poderosa.

Acaso muchos tiros y pocas nueces. Historia personal y obsesiva, dos hermanos y un destino. Pero no es así: uno es el bueno y otro es el malo. Uno morirá y el otro no. Aunque alguien bueno, en un film de Mann, es siempre altivo y peligroso, capaz de matar para recuperar el futuro. Matar para quitarse un peso de encima. Venganza, venganza.

Para tener tiempo para el amor y el futuro con la chica guapa, Stewart ha primero de librarse de su pasado, su lastre, su conciencia sucia, que le reconcome.

Western sin duda atractivo, menos sutil, moral y estético que otros posteriores de Mann pero, en lo que a mí respecta, tan puro y físico como En el cuarto de Vanda, de Pedro Costa. Por ahí van los tiros.