MARIN Edwin L. (1899-1951)

Abilene Town (La calle de los conflictos) (1946: 7.0)

No todos los directores que se formaron en el cine mudo tuvieron la llave de la puerta del cine esencial y directo, poético en su desnudez y economía. Edwin L. Marin, vista La calle de los conflictos (o Abilene), fue un realizador competente, lo cual no es en absoluto despreciable. Tantos directores pretenden sin más ser ya genios del arte sin pasar primero por los talleres de artesanía...

Historia de dos hombres, el comisario de la ciudad, Randolph Scott, y el sheriff del condado, Edgar Buchanan. El primero es valiente, intenso y comprometido. El segundo es adaptable y prefiere jugar a los naipes antes que pisar barro. Y esto le dice el sheriff al comisario, en un monólogo sin desperdicio, aun doblado:

 

-Pero tú tienes la idea de que hay que intervenir en las cosas que son inevitables. Yo no lo veo así. La gente tiene que vivir. El ganado se pierde. A veces ocurren accidentes y alguien muere. ¿Por qué hay que preocuparse tanto por eso? ¿Y por qué hay que perseguir a hombres que no quieren ser encontrados?

 

La película, narrada con pulso decente, se fundamenta en varias dicotomías enfrentadas, acaso maniqueas pero más que atrayentes. Los granjeros frente a los ganaderos (con los comerciantes, la clave del asunto, en el medio). La chica decente y hogareña (Rhonda Fleming), frente a la descocada y emprendedora sin delantal (Ann Dvorak). El campo contra la ciudad. El supuesto progreso frente a las benditas raíces. El que busca la justicia y el enfrentamiento, frente al que opta por la paz, la equidistancia y el diálogo (¡ver, hoy, el País Vasco!). La lealtad contra la contemporización. El trabajador sudoroso frente al capitalista de oficina. El sobrio hombre honrado contra el borracho pistolero sin principios. Y así sucesivamente.

Un cierto suspense y unos números musicales entretenidos hacen de la cinta un valioso documento de algún cine del Oeste de los cuarenta, que goza del rictus un tanto amorfo de las series “B” imperfectas y polvorientas, pero que, por eso mismo, se merece una oportunidad.

Pareciera que Edwin L. Marin era un hombre que no quería ser encontrado. Pero es que, como mínimo desde Galileo (o B. Brecht), se ha de “intervenir” en las situaciones, porque nada hay inevitable, amigo Buchanan.