MATÉ Rudolph (1898-1964)

D.O.A. (Con las horas contadas) (1950: 8.0)

Rudolph Maté nació en Polonia en 1898. No es mal añ para el cine: ahí nacieron el gran Henry Hathaway, el admirable Leo McCarey y el genio Kenji Mizoguchi. No es mal año, no (mi búsqueda no ha sido exhaustiva, claro, estoy seguro de que varios de los directores que se estrenaron en el cine mudo nacieron también en ese año de desastres españoles).

Discípulo del expresionista Karl Freund, ayudante de cámara de Alexander Korda, colaborador de Dreyer y director de fotografía con directores importantes en los EEUU, Maté pasó a dirigir sus películas y, según la información consultada (en los extras del DVD, por el que pagué 1,89 euros en Alcampo), se convirtió en un habilidoso realizador capaz de firmar títulos de cine negro, oeste, ciencia ficción, aventuras de capa y espada y dramas policíacos o románticos (una treintena: de los títulos que he leído me gustaría ver, cuanto menos, la apocalíptica Cuando los mundos chocan). Fue otro europeo que buscó fortuna y oportunidades en aquel Hollywood y que hizo allí carrera. Nada que objetar.

¿Serían Soderbergh (a quien tengo manía, es cierto) o Winterbottom sus equivalentes en el siglo XXI? Parece que no. El peso del autor, desde los años sesenta para acá (y descontando excepciones previas como Welles o Hitchcock), es infinitamente superior. El otro día vi una desastrosa película dirigida por Terence Young, que comenzaba con el título en pantalla de "A Terence Young Film". En efecto: el film lleva su sellito.

Comienza la película y un hombre, Frank Bigelow, el actor fortachón e impetuoso Edmond O' Brien, cuenta su historia. El resto del film, hasta llegar al epílogo, es ese sinuoso flashback.

D.O.A. ("Death On Arrival": muerto al llegar) se incardina a un cine de pesadillas y género negro. El pobre O' Brien, envenenado desde el inicio, se embarca en una búsqueda casi alucinógena en pos de su envenenador. Hoy día, Lynch o Cronenberg seguro que disfrutarían con D.O.A.

Por aquellos años, directores como Fritz Lang (La mujer del cuadro, Scarlet Street, The Blue Gardenia), Edgar G. Ulmer (Detour), Frank Lloyd (Blood on the Sun), John Cromwell (Callejón sin salida), Otto Preminger (Fallen Angel, Whirlpool), Joseph H. Lewis (Relato criminal), John Boulting (Seven Days to Noon) e incluso Peter Lorre (Der Verlorene) hicieron películas sobre hombres atrapados ("atrapado sin salida" es una típica línea comercial), determinados a sufrir por una mujer, un crimen, una conspiración o la mala suerte. Un cine oscuro, preciso, terrible en sus profecías, con finales más bien infelices (aunque haya excepciones).

(Dentro del cine contemporáneo hay variados ejemplos de ese tipo de trama o tema, si bien la atmósfera o ritmo no son comparables a aquel cine realizado entre 1945 y 1950, en su mayor parte: se me ocurren A la hora señalada (1995, John Badham), Rescate (1996, Ron Howard) o Phone Booth (2002, Joel Schumacher); más cercano a aquel clima tenebroso y dinámico habrá estado seguramente Cronenberg, en films como Spider o Una historia de violencia, o Lynch en algunos segundos o minutos de Terciopelo azul o Carretera perdida).

Hay momentos asombrosos en Con las horas contadas, como O' Brien corriendo angustiado por las calles de San Francisco, presa del pánico al saberse muerto en vida.

El acierto de Maté y sus guionistas (Russell Rouse y Clarence Greene) es enlazar una historia, unas caracterizaciones y unos ambientes gracias a los cuales tanto el pobre protagonista como el menos pobre espectador se ven obligados a desconfiar de todo y de todos. Y es que todos los personajes que aparecen en el film, acaso descontando a la secretaria y paciente novia de O' Brien, Paula Gibson (encarnada por Pamela Britton), son sospechosos de estar implicados en la red de conspiraciones (este espectador ha de admitir que, pese a la brevedad de la película, se sintió algo desorientado hacia la mitad por culpa de los meandros de la trama).

Narrada con gran economía y eficacia (aunque opino que sin enorme claridad en los nexos de unión de la historia, o estaba yo muy despistado), D.O.A. es como una pesadilla terrible (no tan distinta de ¡Qué bello es vivir!, si se mira bien) que Bigelow podría haber evitado de haberse quedado con su linda novia en casa, en vez de pretender hacerse el duro e independiente corriéndose una juerga (acaso la última) en San Francisco. La moraleja es evidente: no nos compliquemos la vida cuando la felicidad está ahí mismo, bajo la colcha.

¡Vaya galería de personajes! Un malvado árabe, Majak, que parece jefe de toda la trama, interpretado por Luther Adler. Un sádico matón (se han visto pocos así) llamado Chester, encarnado por Neville Brand. Varias mujeres peligrosas y deseables (y deseadas por el ingenuo Bigelow), digamos al menos el nombre de tres de estas espléndidas hembras: Laurette Luez, Beverly Campbell y Lynn Baggett.

Por último, resumir que el film cuenta con toques en verdad baratos y conmovedores y nos enseña un par de carreras y persecuciones por las calles que probablemente encandilaron al joven Godard. La espiral que traza Maté, entre los polos de desesperación e investigación, alrededor del pobre envenenado Edmond O' Brien, que busca como un poseso los motivos de su envenenador (y al propio envenenador), es notable. La película termina de forma sentenciosa, modélica y al grano, algo casi siempre encomiable en aquel cine norteamericano (incluso británico). Nuestro héroe muere al llegar, sin más.