MATÉ Rudolph (1898-1964)

When Worlds Collide (Cuando los mundos chocan) (1951: 6.0)

Siguiendo los designios de un paréntesis previo (ver Muerto al llegar), he dado con una copia de Cuando los mundos chocan, “el clásico de ciencia-ficción de George Pal” (leo en el estuche del DVD), productor de la cinta. El director, Maté, aparece en la letra pequeña: no era su guerra. Al contrario que Spielberg y su Guerra de los mundos: la letra pequeña es ahí para Wells... Cómo varían las guerras y los mundos.

Cuando los mundos chocan es una película de argumento apocalíptico, conflictos infantiles y estética más higiénica que cursi. Elementos que la convierten en un producto salvable y, evidentemente, en una presa favorita de los amantes de la agresión “camp”, el inane “pop” y la reafirmación hortera: aquellos que (por poner algunos ejemplos) preferirán siempre Barbarella (Vadim) antes que Au hasard, Balthazar (Bresson), se carcajearán con Tulsa, ciudad de lucha (Heisler) y bostezarán con Roma, ciudad abierta (Rossellini), alucinarán con Viaje al centro de la Tierra (Levin) y se arrancarán la piel con Tierra y libertad (Loach); aquellos a quienes les parecerá bastante divertida Death Rides a Horse (Petroni) pero demasiado discursiva Ride the High Country (Peckinpah), que dirán que Mesa of Lost Women (Ormon, Tevos) “mola el mazo” pero que A Woman of Paris (Chaplin) es un tostón del Paleolítico; y además La casa encantada (Beaudine) será “una guapa paranoia” y, por contra, La masión encantada (Wise) será de “comerse el tarro”; y, claro está, Pánico en el Transiberiano (Martín) será una joya del terror pero Extraños en un tren (Hitchcock) sólo una oxidada antigualla sin suspense. En resumen: Cuando los mundos chocan no es, en fin, Un hombre para la eternidad, así que atención a gatos y liebres, peras y olmos.

Hilarantes referencias, más directas: la española Bombas para la paz (Román, 1958), con su reunión de sabios para salvar el mundo; La hora final (Kramer, 1959), con su apocalipsis y su Arca de Noé revisitada; El planeta de los simios (Shaffner, 1969), con un aterrizaje final en el “nuevo mundo”. Añadir: el cine saneado, de colores y botones de un M. Crichton (Westworld, Coma), la serie Star Trek (algo tenía R. Wise de ese carácter plano y hortera) y luego Tim Burton, que se ha nutrido de tales cines para eructar graciosamente...

Dicho lo cual, no queda más remedio que rendirse a la evidencia y exclamar, como lo hacía en noviembre de 2007 un artículo del semanario católico “Alfa y Omega” (incluido en ABC), que “la verdad es más grande que la democracia”. Y tal es el aroma o consigna que se huele en Cuando los mundos chocan, película desternillante en la que, por ejemplo, los jefes “enchufan” de manera escandalosa a sus familiares y amiguetes a la hora de elegir a los que subirán a la nave espacial, salvándose del “armageddon”. Y qué pensar de ese aterrizaje en el nuevo planeta, con paisajes de, literalmente, ¡dibujos animados! ¿Para qué disimular, Pal? ¡Si esto es una ficción! Manejabais un lema honrado: la Maté porque era mía.