McCAREY Leo (1898-1969)

The Bells of St. Mary’s (Las campanas de Santa María) (1945: 8.5)

Un buen ambiente conseguido a partir de anécdotas de una escuela parroquial (o escuela-convento), una película sobre el aprendizaje de los niños y de algunos adultos (todos pueden y podemos aprender): esas obras sobre el “être” y el “avoir”, como les gusta a los franceses.

Un axioma de flexibilidad, una ausencia de una línea argumental fuerte, veo más bien cuadros o episodios sucesivos (no son “sketches” porque su objetivo no es esencialmente hacer reír) sobre maneras de hacer el bien, humildemente y como sin darle (ni darse) importancia.

Tener cintura, saber reconocer las razones y sentimientos del otro, admitiendo (aun implícitamente) que uno no es el centro del universo, que dos cabezas piensan y sienten mejor que una y que una persona en soledad, sin roce con las demás, cuenta con más opciones de obcecarse y de fracasar que si está acompañada, sobre todo si está bien acompañada (por ejemplo, de monjas simpáticas y de un cura informal, elástico y que se muestra feliz).

Las campanas de Santa María no llega a emocionarme como Siguiendo mi camino, que vi hace unos cuatro o cinco años. Acaso sea yo el que ha cambiado: me ha gustado verla, creo que McCarey realizó siempre (incluso con los Marx) un cine personal y perfectamente reconocible; pero esta obra no me ha causado la conmoción que, pongamos por caso, sí me ocasionaron La strada o Matar a un ruiseñor, Las uvas de la ira o ¡Qué verde era mi valle!.

Eso sí, la he seguido con atención sintiendo que estaba en agradable compañía, sentado ante un tipo de cine que no se estila en nuestros días, y seguramente quizás tampoco (al menos, en demasía) entonces, en los años cuarenta. Es un cine de momentos, de pequeñas epifanías, de miradas sutiles y de instantes espontáneos como ver en segundo plano a un gato metido y jugando en un sombrero u observar la breve representación, en realidad un ensayo, que llevan a cabo unos niños, con motivo de la Navidad, una delicia de naturalidad increíble, una sencillez desarmante, una escena que además casi parece de cine experimental francés, de Philibert o Varda, por ahí.

El cine de McCarey es de síntesis, despojado de tesis y antítesis; síntesis de tramas, reducidas al mínimo, pero a la vez extenso en escenas en apariencia banales pero que se convierten en excusa para el número musical, para la enseñanza y el aprendizaje de las pequeñas cosas que pueden hacernos felices en la vida, o que les hacían felices a aquellos norteamericanos de finales de la Segunda Guerra Mundial. Generalizar será de sabios, pero yo no soy sabio.

Posiblemente eche (yo) en falta una mayor, no solidez, sino enjundia, algo más de argamasa potente a la que agarrarme, un poquito de (aunque sea en rigor anti-McCareyano) intensidad; esto me pasó también hace unos meses, pero en mayor grado, viendo la excesivamente fordiana The Sun Shines Bright, a la que no le llegaba a encontrar el mérito ni el deleite; quería ser tan íntima e irrepetible, tan episódica y tolerante, tan evasiva y leve, que me quedaba separado de ella sin poder en casi ningún momento palpar nada grandioso (aun en su humildad), contundente, una hondura más física (aunque esto suene a contrasentido).

Las campanas de Santa María contiene abundantes momentos elocuentes, alegres y eternos (porque ciertas miradas, gestos y planos no se pueden ensayar ni repetir), momentos que plasman o que “son” (en esencia) pedazos de la filosofía o cultura apaciguadora, pudorosa y jovialmente conservadora de McCarey (y de Crosby, no sé si de Ingrid Bergman, que está estupenda). Y, aunque resulte, como ya comenté, un cine ciertamente de autor (no tengo ahí ninguna duda), alguien que no logra abrazarse ni relacionarse en buena lid con ningún otro director o movimiento (término, casi seguro, que McCarey rechazaría), sí se me ocurre colocarlo al lado de otras obras norteamericanas orgullosas de serlo, pero de serlo no con aspavientos sino sin esfuerzo: en consonancia con algún cine de La Cava, con el cine de Capra (más político-económico y populista, sí) y con películas como la floja Al fin solos (1940, Potter) o la magnífica El arca de oro (1941, G. Marshall), que integran la música en sus lúdicas tramas bonachonas, en sus dramas “light” que suelen terminar en parejas que se unen o que hacen las paces.

En todas estas películas, además, en toda esta “tendencia” (aunque McCarey sea en sí mismo un perro verde), cabe observar que los personajes más desagradables, los “malos” de estas cintas, vaya, son capitalistas usureros y amargados que cambiarán de carácter y de sentimientos durante la película gracias a los personajes positivos, hasta acabar siendo de los nuestros. Qué pena que el cine norteamericano actual, incluso el supuestamente más comprometido (pienso en Gus Van Sant, por ejemplo), no se atreva ni a rozar el dogma de la economía liberal que, por lo menos, en aquel cine norteamericano más bien conservador era puesto en cuarentena si no implicaba una cierta repartición de la riqueza y una consideración de las personas primero como seres humanos y sólo en segundo término como feligreses o clientes.

En su fabuloso libro de 1999 (¡ya han pasado diez años del Leo McCarey de Nickel Odeon!) sobre el director norteamericano, Miguel Marías señalaba, en el capítulo donde escribía sobre Siguiendo mi camino y Las campanas de Santa María (sus “cursivas”):

 

Se ha caído en un relativismo que tiende a hacer de todos los personajes de ficción, sin apenas excepciones, algo inhumano, a mitad camino entre el animal salvaje y el robot, como indica la proliferación de héroes de ficción que son no ya extraterrestres antropomórficos y humanizados, sino puros cyborgs, replicantes clónicos, militares o agentes supuestamente secretos adiestrados hasta el límite de los reflejos condicionados y psicópatas programados para ejecutar lo que se les ordene; y peor todavía si se pretende que los encontremos simpáticos o normales: da lo mismo que sean películas buenas o malas, ni la humanización de… [nota mía: larga lista] ni la relativa humanización de Blade Runner o The Terminator son, obviamente, el clima cinematográfico dominante más adecuado para descubrir la obra de McCarey.

 

Me pregunto, un decenio después, y teniendo en cuenta que el cine en los últimos años ha dado muestras de mayor variedad, audacia y atrevimiento, si no nos encontraremos en estos momentos (escribo desde marzo de 2009) en un clima más apropiado para descubrir y dar a descubrir el cine nada intenso sino conciliador y casi inexplicable (en verdad “inenarrable”) del señor Leo McCarey. Acaso sí.

Aunque añadiré que, entre lo poco que yo veo (siguiendo mi camino), no encuentro a nadie en el cine contemporáneo que se puede ni remotamente asimilar a la clase de cine que creaba Leo McCarey; sin embargo, sin pensar mucho, ahora mismo, mientras escribía, se me ha ocurrido un nombre, el del español Isaki Lacuesta, cuyo film La leyenda del tiempo, no teniendo demasiada relación temática (sinceramente) con Las campanas de Santa María, sí se me antoja, en cambio, que podría ser portador de algún nexo de unión (en la afloración de lo espontáneo y lo alegre, en el perfil “bajo” de las conversaciones y situaciones, en la ausencia de humos, en la generosidad de la cámara en pos de la captación de belleza pura y sin caretas) con el cine de McCarey.

Qué hartura de psicópatas y robots, de militares y animales. Vuelta a lo humano.