AMEGLIO Carlos (1965-_)

La cáscara (La cáscara) (2007: 2.0)

Sospecho en el minuto uno: la cámara detrás del protagonista masculino, informal y joven, en su lugar de trabajo, tediosa voz “en off”; de inmediato me acuerdo de El abrazo partido, el premiado cine argentino reciente, globito hinchado; y Carlos Ameglio en pos de la fórmula del éxito, como buen publicitario que es. Otro más que salta el charco, que no se conforma con  diseñar impactantes vehículos de mentira con el fin de atrapar consumidores, sino que desea además demostrar que es capaz de ser artista; en su jerga, un “corredor de Fórmula 1” y no un mero conductor de taxi, como señala en una significativa, por desoladora, entrevista (que recupera, del diario barcelonés La Vanguardia, la página web Modusvivendis.com: http://www.modusvivendis.com/index.php/?p=172).

Ameglio, natural de Montevideo, ciudad de nombre fílmico (videográfico), considera en la citada entrevista que su película es “independiente”, vale, y que “escapa al molde de las convenciones”. Hombre… Opina que el “héroe” de su cinta está inspirado en los de Dostoievski, venga ya, y que “es un personaje totalmente alienado que vive en una ciudad en la que cuesta comunicarse”. Ah: por supuesto. Finalmente apunta que “es un filme que hace referencia a los problemas de la globalización”. Obviamente: en esto último le doy toda la razón, pues sin globalización no existiría La cáscara. Cuánta ambiciosa Caperucita inventándose lobazos.

Arrastrando la metáfora de Ameglio (no confundir, por favor, con el italiano Amelio), La cáscara es un triciclo, lógico producto de un conductor de triciclos. ¿Un taxi? Muy alto pica Ameglio, que persuadió, no obstante (y no quiero saber cómo), a productoras y canales de televisión de Argentina, España y Uruguay para que financiaran su triste tostón, una cáscara sin ningún fruto en su interior, cero. Por cierto que se trata de mi segunda incursión reciente en el cine uruguayo, tras El dirigible (de P. Dotta), otra película sin pies ni cabeza, una “nadería total”, según escribí en mi comentario, que, al menos, contenía varias imágenes potentes que trataban, a marchas forzadas y con escaso esplendor, de resucitar el aroma sentimental y libérrimo de la “nouvelle vague”.

La cáscara no goza, ni tan siquiera, de la “originalidad, relevancia e impacto” que, de acuerdo con lo que se dice en el film, serían las tres características imprescindibles de cualquier eficaz campaña publicitaria. Casi todo lo que se muestra en esta indigente cinta suena a repetitivo, clónico, seudo-yanqui (ya me pasó con El abrazo partido): el apático personaje principal, su manera de vestir, su obligatoria pizza, la tele encendida por la noche mientras él se queda dormido en el sofá, ni frío ni calor, el niño rarito, un misterio bochornoso, ni un minuto de inteligencia o lucidez, neurona cerrada por vacaciones. Atolondrado guión, deslabazada historia en torno al ya mentado protagonista (insufrible), un Adam Sandler anestesiado, ya está bien de tanta tontería.

La cáscara es un encefalograma plano. Acaso el brillante y presuntuoso Amenábar de Abre los ojos podría haberle sacado algo de punta a un material tan ínfimo como el de esta película coproducida (y esto extraña más) por Eddie Saeta, productora responsable de títulos en verdad arriesgados de Albert Serra, Recha, Guerín o Coixet.

Habría que prohibir, por decreto-ley universal, o incluso echando mano del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, si es menester, que listillos realizadores de anuncios, los modernos tecnócratas, se “pasaran” sin más a la autopista del séptimo arte. Nenes, bastante tenéis con vuestros triciclos.