MULLIGAN Robert (1925-_)

To Kill a Mockingbird (Matar a un ruiseñor) (1962: 10.0)

Matar a un ruiseñor es, como Casablanca, un milagro. Ni Mulligan ni Curtiz, estupendos directores, fueron genios del séptimo arte y, sin embargo, ambas obras son superiores, surgidas no sé sabe cómo ni por qué, pero ahí están para quien desee admirarse y aprender. Son sucesos extraordinarios. Ni Curtiz ni Mulligan son Kurosawa o Renoir, Hitchcock o Buñuel; no están tocados por los dedos de los dioses y, no obstante, dirigieron dos obras grandiosas. Y Matar a un ruiseñor, para quien esto escribe, aún más alta e intocable que Casablanca.

Matar a un ruiseñor es, por tanto, una película con aureola mágica. Sale una de cada ochocientas, pongamos por caso. Una película especial y, aunque odie escribirlo, muy por encima de su “intrínseco” valor como pieza artística. Porque To Kill a Mockingbird es una película sobre la democracia. Acerca de la democracia. “Es” democracia: la ausculta, la define, la defiende con valentía. Como Esta tierra es mía, de Renoir, pero con mayor sutileza y pasión.

Matar a un ruiseñor ejemplifica la democracia porque cree en ella y en sus males menores. Defenderla de los ataques exteriores o interiores supone, sobre todo, ponerse de su lado en las situaciones más delicadas y difíciles, como hace un asombroso Gregory Peck cuando se sienta, ya de noche, delante de la prisión del pueblo y hace frente al grupo de hombres que acuden allí a linchar al negro acusado de violación. Por cierto: qué América era aquella, racista, mísera, ignorante, salvada por gentes como el personaje de Peck (es la América del Bush de los últimos años, aun maquillada, la de la facción republicana más cerril, abusiva y estúpida, que ahí sigue, sin desmayo, con adláteres como el nefasto actor Chuck Norris y su parafernalia patriótica, belicista, fanática e indecente).

Película que defiende, repito, sin miramientos, gracias al irrepetible y glorioso personaje de Peck, Atticus Finch (acaso la mejor interpretación o, si se quiere, el mejor personaje de la historia del cine), la democracia: la libertad, la igualdad, la justicia, la amistad, el respeto a los otros, la compasión, la dignidad de los márgenes, el valor de escuchar y razonar. Contra los malos modos, los gritos, la violencia, la mentira, el remoloneo, las conspiraciones de silencio.

Matar a un ruiseñor es un modelo de película que cuenta con muchos espectadores entusiastas pero no demasiados seguidores en el oficio. Las nuevas generaciones se mueren por crear impactos, por tarantinizarse y lograr un ansiado contrato con la Warner a base de metralla fílmica o masturbaciones computerizadas. No parecen escuchar a gente sabia como el director español Mario Camus, cuando dice cosas como: “Ha cambiado mucho la técnica pero yo nunca he sido uno de esos directores que se divierten con sus artilugios tecnológicos. Lo esencial sigue siendo lo mismo y es el retrato de personajes. La técnica, en el fondo, es lo de menos”. O cuando señala (entrevista con J. Sardá en El Cultural de El Mundo, enero de 2008):

 

No quiero sonar pretencioso pero creo que el cine debe ser el portador de una nueva forma de humanismo, debe reflejar una forma de entender el mundo verdaderamente humana.

 

En este sentido, Matar a un ruiseñor es un perfecto manual de “Educación para la ciudadanía” (esa asignatura a la que se opone en España una Iglesia Católica que lleva decenios impartiendo catecismo en las escuelas del Estado). Es cine para la ciudadanía. Una película única, necesaria, imprescindible. Debiera ser obligatorio conocerla para todos aquellos que trabajan en la cosa pública. Ya no digamos en cualquier gran empresa privada. Porque haberla visto, piensa uno, es entender que hay principios y cuestiones que resulta muy recomendable defender, lo cual significa que en ocasiones uno ha de estar presto a “atacar”...  Película que debiera ser de forzoso visionado en universidades y academias, en ayuntamientos y reuniones vecinales, en el Congreso y las piscinas municipales...

Película sobre ruiseñores y bondades, sobre el saber ser y el saber estar. Sobre lo esencial de la vida y la convivencia humana. Sobre el saber consentir y adaptarse, tolerar al otro y solidarizarse. Una obra maestra sobre la vida en sociedad y en familia, sobre el verano y el aprendizaje, sobre la infancia y la paternidad. Matar a un ruiseñor lleva democracia en sus venas (sus fotogramas).

Un reloj de bolsillo. Un rancho. Unos muñecos. Una mecedora. Un educador. Una actitud firme y flexible, abierta y decidida ante la vida y sus problemas y dilemas. Y está la magia inexplicable de este milagro de Mulligan (con Pakula, según la novela de Harper Lee). Lo demás es accesorio y, en tantos casos, dañino.

Así, en concreto, estoy convencido de que la presencia de Matar a un ruiseñor en las aulas de Primaria y Secundaria (como parte de Arte, Filosofía, Educación para la ciudadanía, es igual...) evitaría que tuviésemos que leer titulares de prensa como estos (El Mundo, enero de 2008):

 

Arrestan a cinco chicos que humillaron a un disminuido en “YouTube”. Le raparon la cabeza, le golpearon con el palo de una escoba y lo grabaron con sus móviles.

 

20 menores dan una paliza a una mujer y lo graban en un teléfono móvil.

 

(El diario El Mundo, en todo caso, lavándose las manos como tantos otros, irresponsable de todo cuanto pueda ocurrir en relación con la diosa publicidad, ese pilar necesario de nuestro sistema democrático, según parece, incluye en la misma página, justo debajo de ambas noticias terroríficas, un anuncio enorme de un teléfono móvil: uno que permite, entre otros supremos avances, tomar fotos, escuchar música y grabar imágenes. El eslogan nihilista: “Es tu momento”)