MÜLLER Timo (?)

Morscholz (Morscholz) (2008: 8.0)

Si se busca en el cine solamente una salida higiénica a los conflictos cotidianos o una mueca alegre, aun agridulce, que nos anime a seguir viviendo, entonces Morscholz es un “cul de sac”, y será mejor evitarlo. Mis amigos de festival (Gijón, noviembre de 2008) y yo aterrizamos en Morscholz por casualidad, sin nocturnidad ni alevosía, porque la película de Lucrecia Martel que nos apetecía ver tenía ya el aforo lleno. Y, en efecto, “aterrizar” es un buen verbo para hablar de esta película alemana dirigida por el joven (supongo que joven: es una película de joven) Timo Müller, cuyo film dista de ser un timo. Aterrizar como en un pueblo de alienígenas (he oído hablar de H. Korine), un reducto residual, los márgenes de la civilización occidental, más bien márgenes morales y emocionales que en función puramente de la economía, el mayor o menor poder adquisitivo, que no lo explica todo.

Morscholz habita en imágenes de patetismo, feístas y sorprendentes. Morscholz, el lugar, es un microcosmos germano de derrota y apatía, de “disfuncionalidad”, como señalan los psicólogos y sociólogos más modernos. Müller nos convoca a su ópera prima y nos convence de que hay fórmulas aún no gastadas en el cine contemporáneo: el plano como fuente de inspiración y vicio estético, el plano como medida del horror cotidiano y el extrañamiento individual, el plano como principio fílmico en el cual “encuadrar” personajes y obsesiones personales, insertos mórbidos y ritmos truculentos, rutina indiferente y triste brutalidad.

Müller, desde luego, no es un costumbrista: Morscholz sería otra si el director no tuviera en mente un catálogo innoble de objetos y encuadres que nos quieren habituar a la presencia de unos personajes menos raros de lo que parecen. Müller es un joven con ganas de comerse el mundo, quiere tragarse una mínima porción del llamado cine “indie” sin pretender, a la vez, halagar nuestra esperanza o aletargar nuestras percepciones. Su cine, en esta película, es un arrebato estético que navega entre la extravagancia y el realismo sucio, entona un “no hay salida” pero incluye un par de momentos semi-dulces. El inquietante protagonista nos sume en el estupor porque no sabemos si está loco o se hace el loco, no sabemos si es la apatía o es el rencor lo que le define. No somos él, en suma, eso es lo que nos salva.

Müller, repito, no es un costumbrista, como lo demuestran, lo muestran sus planos “heavy-rock”, que provocan sorpresa y fascinación, como ese en el que, bajo un cielo todopoderoso y amenazante, observamos cómo el protagonista, al fondo del plano, su silueta en sombra, camina de derecha a izquierda recorriendo la línea de horizonte y luego, de inmediato, sin romperse la continuidad (un momento Haneke), comprobamos con horror cómo desanda el mismo camino dando zancadas hacia atrás, como un cangrejo, acompañado por una tremenda música “metal” muy de Funny Games. Distorsión muy “clockwork orange”. Son estos brochazos cinematográficos tan intempestivos como arriesgados, tan poco narrativos y sí tensamente descriptivos y producto de una inspiración en estado de juvenil ebullición, los que definen lo más alucinante del pequeño universo que retrata Müller en su indigesta película.

El “no future”, el amor acomplejado, las incapacidades afectivas y los perfiles hasta lunáticos de algunos hombres (frente a las más prudentes y adaptables mujeres) estructuran temáticamente este cine sorpresivo, impactante (pero gracias a lo real, no a su pesar) en su “freakismo” rural que gravita entre lo demencial y el mero fracaso social. Aprovecha el director, con tales elementos, para radiografiar sin piedad, con toques bizarros y críticos (en la línea de Happiness), mediante impulsos creativos a medio camino entre el escarbar en la herida y la construcción de pósteres de desolación sociológica e icónico simbolismo (incluso buñueliano), un mundo alemán contemporáneo que parece conocer. Electricidad, rebeldía y melancolía, trastorno existencial y malestar emocional, perturbaciones sexuales e intelectuales, la Europa rendida, ignorante y, gracias a películas independientes, crudas pero perspicaces como Morscholz, menos ignorada. Deprisa, deprisa.

Atención: no atisbo en este cine un malestar de clase, nada de Loach ni salidas humanistas a lo Tavernier. Estos tipos de Müller se dividen y vencen a sí mismos. Su ternura ocasional convive con la insatisfacción palmaria, con la repetición de gestos, palabras y recreos. Quemar hormigas, pintarse la cara de blanco, cortar la cabeza de una vaca por la mitad, esnifar pegamento, obligar a la vecina (en unos baños) a que te la chupe… Esto es un enrarecimiento social generalizado, más de Fuller que de De Sica. La cabeza borradora de Müller. O ya veremos.