NEVILLE Edgar (1899-1967)

La ironía del dinero (La ironía del dinero) (1955: 9.0)

La ironía del dinero es que lo obtiene quien no lo busca, lo pierde quien lo necesita, lo gasta quien carece de él, lo ambiciona quien al final lo extravía, mete en líos al que no suele ni olerlo (Non olet, Sánchez Ferlosio) y hasta a veces ayuda a quien con angustia lo ansiaba, no sin hacer pasar a ese individuo por grandes sufrimientos y viajes a ninguna parte.

Linda, sencilla, asombrosamente inteligente y, como suele arguirse, “actual” película del gran Edgar Neville, uno de nuestros cuatro o cinco mejores directores de cine (esto sin ninguna duda). Película pequeña, dividida en cuatro partes, siendo el único vínculo entre ellas “la ironía del dinero”, esto es, su tema o hilo conductor, mientras que los personajes son distintos y no guardan entre sí relación alguna (suelen llamarse, a estas breves tramas tragicómicas, como aquellas de Viva Italia, “sketches”).

Coproducción hispano-francesa, qué pena que no se continúen realizando más en estos días del siglo XXI; mejor nos iría colaborando codo con codo con los franceses que mendigando ayudas a las multinacionales USA que, en ocasiones, sí dan dinero pero a costa de imponer convenciones iracundas y camisas de fuerza esquemáticas. Así, La ironía del dinero cuenta con un gracioso toque de cosmopolitismo, estando uno de los “sketches” rodado en Francia y participando en los restantes tres (o sólo en dos, no recuerdo) algunos actores franceses, interpretando esa siempre bienvenida figura del “guiri” que, según los casos, y pisando suelo español, suele ir en busca de un profesor de castellano, acudir a los toros o visitar un tablado flamenco.

Neville, con deslumbrante ligereza, humor y penetración sociológica (pero, claro, sin darse importancia, es decir, sin poner su “sociología” de autor con estruendo encima de la mesa), nos propone observar las vicisitudes imaginarias, pero muy plausibles, por las que pasan algunos personajes (vagos o puritanos, ambiciosos o ingenuos) en su búsqueda no del Santo Grial (Neville es lo contrario de un sermoneador, un conspirador o un adivinador de futuros a domicilio) sino de algo de dinero para mejorar la posición, para gastar sin pensar mucho o para meterlo en la hucha. El dinero, ese dios resbaladizo y caprichoso, parece reírse de sus poseedores y rastreadores y termina cayendo donde menos se espera, en el bolsillo de un torero bonachón y nefasto o en las arcas de una iglesia para financiar el coste de la compra de unas nuevas campanas. Son las ironías del dinero, según Neville.

Ya el mero inicio de la película, con una voz ausente (“en off”) que de pronto se hace presente, mediante un explicador que es como un narrador omnisciente (no interviene en la trama, sólo nos cuenta estos modestos pero lúcidos cuentos), es admirable. Este explicador (a la manera de como empezaban algunas películas norteamericanas, de Billy Wilder por ejemplo, o alguna más reciente de los hermanos Coen, en caída libre, por cierto) prologa las situaciones que veremos a continuación, empezando de manera lógica por el entorno, en este caso (y aunque las historias no se desarrollen allí en concreto, pero es un entorno válido) la ciudad de Madrid vista desde las alturas (una montaña o monte). Así oímos, en este divertidísimo prólogo contado, cosas como que los automóviles (identificados allá abajo como simples puntos y ya abarrotando las calles de Madrid a la altura de 1955) “practican la caza con la mayor libertad”; o que los transeúntes, meros puntos aún más pequeños que los coches que los cazan, “ganan en belleza vistos desde las alturas” (acaso no sean citas exactas, pero sí parecidas).

Tanta inteligencia abruma; no hay director español que, hoy día, se atreva a relatarnos y mostrarnos nuestras realidades (desde lejos y desde cerca) con tanta fidelidad, altura de miras (nunca mejor dicho), “punch” directo a la cara “social” de nuestra sociedad (al margen de la interesada teoría del “self”, que diría Ferlosio) y perspicacia para no andarse con zarandajas psicológicas, poetizaciones reaccionarias o impactos melancólicos (que no progresistas).

Y esto unido a algunos toques de humor desarmante y que rozan el absurdo (pero no lo abrazan nunca, de ahí que me rinda a sus pies), supongo que herencia de la tradición española cómica de Mihura y la revista La codorniz; como cuando en el primer “sketch” Fernando Fernán Gómez, ocioso limpiador de botas (en una versión no sé si paródica o fiel del neorrealismo), una vez que ha conseguido una gran suma de dinero (por haber encontrado una cartera repleta de fajos de billetes, una cartera que es el “leiv-motiv” de las cuatro historias), pretende devolverle el favor y la limosna a un pobre (que, de manera graciosísima, le había obsequiado a él, ¡un trabajador!, con una limosna poco antes), y no un mero consuelo sino a lo grande, mediante un billete de mil pesetas (es 1955). El pobre le responde: “¿Qué hago yo con mil pesetas? Soy un pobre. Démelo cambiado”.

El dinero, en suma, no da la felicidad, como suele repetirse, aunque suele ser una ayuda, si no se ha convertido en una obsesión, una imposición o un estorbo. Más de medio siglo después de esta radiografía fílmica tan humilde, clarividente, razonable y radical, leo en una “tercera” del ABC (octubre de 2007) el siguiente párrafo (obviamente, mis “negritas”):

 

Hay que decirlo y aceptarlo con toda firmeza. El sistema nos ha cercado. Para no angustiarnos en exceso, la cerca que nos rodea y aprisiona es invisible e impalpable, pero no hay escapataria alguna. Estamos dirigidos y dominados por un ansia siempre creciente y siempre -claro está- insatisfecha de tener más dinero, más belleza, más salud, más sexo y más longevidad, un ansia, como dice la canción, verdaderamente loca que nos va a mantener -durante bastantes décadas- encelados, obsesos, confusos y desconcertados hasta que la muerte nos separe, aunque ya ni siquiera es seguro que la muerte pueda lograrlo.

 

No son palabras de Rafael Sánchez Ferlosio, sino del prestigioso jurista Antonio Garrigues Walker, repito, en nuestro conservador diario ABC. Líneas imponentes (impropias de los columnistas habituales de ese periódico, que creen escribir sobre “lo que importa”: los cotilleos políticos) que enganchan, y de qué manera, con la línea de pensamiento y acción (una película es una acción por definición) de Edgar Neville. Añade Garrigues Walker, a las últimas palabras antes citadas: “Antes o después, tomo apuestas, se generarán formas de consumo ‘post mortem’”. A lo que se debería apostillar, siguiendo a Sánchez Ferlosio, que se están ya generandoformas de producción ‘post mortem’, entre ellas el creciente y tremendo negocio de los funerales y entierros, el culebrón de las herencias o los reportajes mediáticos de gentes ancianas y famosas, cuyas esquelas de homenaje aparecen en prensa cuando el muerto aún no ha soltado su último suspiro.

(Epílogo. Encelados, obsesos, confusos y desconcertados están los personajes de la estupenda La ironía del dinero, poco más o menos que como nosotros, sus descendientes en el siglo XXI. Continuamos siendo más bellos vistos desde lejos y seguimos yendo a la caza, cuando nos montamos en los bólidos suicidas, de los transeúntes y de otros autos similares: cuatro mil asesinados al año: pero aquí lo que vende es el terrorismo, afortunadamente con escasos muertos en muchos años, o la política en tanto que “política”, un embuste casi irrelevante. Terminemos esta pieza y este largo paréntesis o epílogo, con una cita del gigante Sánchez Ferlosio, tomada de su artículo “Breve historia de un dinero malgastado”, en El alma y la vergüenza, graciosa y sutilmente nevilliana, cuando al autor, tras haber comprobado que un souvenir adquirido en Italia, que supuestamente representaba la efigie de Tomás de Aquino, se le asemejó éste de pronto (¡vade retro!, deducimos) a Ortega y Gasset, y decidió “lógicamente” arrojarlo a la basura. Y es que...

 

...hay que ser cuidadosos con los gastos, porque a veces, especialmente en los viajes, parece que andamos alegremente por ahí comprando cosas como tontos.

 

Viajes a ninguna parte)