ANDERSON Brad (1964-_)

Transsiberian (Transsiberian) (2008: 7.5)

Un gran Woody Harrelson es el americano ingenuo pero seguro de sí mismo. El norteamericano solidario pero que, si es necesario, cierra filas para defender, más que “lo justo”, lo que es suyo. Una estupenda Emily Mortimer es su esposa, la americana cooperante, generosa, que tiene claro quiénes son los buenos, pero que terminará la película con más dudas en la cabeza, menos presa de maniqueísmos. El magnífico Ben Kingsley es el agente ruso que lucha contra el narcotráfico aunque, en un contexto “salvaje” (incluyendo, en la Rusia actual, el capitalismo bestial), no duda en negociar, dialogar y hasta llevarse bien con los malos si es que puede sacar algún beneficio económico. Eduardo Noriega es una especie de inquietante “latin lover” que parece dispuesto, realmente, a todo…

Transsiberian es una intrigante coproducción entre el Reino Unido, Alemania, España y Lituania, nada menos. Eso acaso explique su aspecto desabrido, desigual, un poco estrafalario y vampírico: gravita el film entre el thriller comercial sin más y el de denuncia; contiene posos de crudeza, de sólida tensión y de reflexión sobre el mundo actual (Rusia, EEUU) que no están nada mal. Brad Anderson no es Wes Anderson: sus viajes en tren respectivos (Viaje a Daarjeling, de Wes) son prácticamente opuestos, cada uno con su punto disparatado. Brad casi reconstruye escenas, ritmos y atmósferas dignas de la Guerra Fría, mientras que Wes se desvía irónicamente a los tratados “zen” y a la gamberrada “indie”. Rodar en un tren es atractivo y ha dado muchísimos ejemplos de grandeza (Extraños en un tren, Deseos humanos…); siempre hay lugar para el misterio (Asesinato en el Orient Express), el “gore” (Pánico en el Transiberiano) o los chiflados enigmas (El expreso de Chicago), incluso para la relamida experimentación con texturas (Europa, de V. Trier).

La mafia rusa, al parecer, cuenta con un poder terrible, ya los vimos en Promesas del Este (Cronenberg). La complicidad policial en el negocio se pone de nuevo sobre la mesa, y resulta incuestionable. El intenso frío y la nieve de las paradas colocan el film en la senda inmensa y moral de Fargo; detecto, además, un cierto perfil de cine de terror (El resplandor, esos planos del tren desde arriba, como si un ente superior, y diabólico, lo manajera; o David Lynch). Transsiberian es un “frankenstein” fílmico, comercial pero no convencional; funciona con solvencia, engancha, a veces irrita pero no te suelta.

Los norteamericanos, nada tranquilos, saldrán vivos de ésta, pero aprenderán sobre el mundo y sobre ellos mismos. En un contexto ajeno y amenazante, acaso todos podamos llegar a hacer disparates para defendernos o defender a la persona querida. En todo caso, me encantaría preguntarle al señor Anderson: ¿por qué no mira usted también hacia su país, USA, y realiza una película sobre el tipo de corrupción y torturas que allí existen o, sin ir más lejos, sobre la barbarie de la pena de muerte, el fanatismo religioso, las torturas policiales, las carnicerías en centros educativos o sobre los ochenta asesinados diarios por armas de fuego? Rusia, o alguna Rusia contemporánea, desde luego que da miedo, pero ahí no se acaba la historia ni las guerras frías; caliente, caliente.