OLIVERA Héctor (1931-_)

La noche de los lápices (La noche de los lápices) (1986: 7.0)

Relata Naomi Klein, en el libro (The Shock Doctrine) que todo neoliberal que no desee permanecer en su ensimismada burbuja debería estudiar, cómo un manual de la CIA, muy consultado por algunos de los golpistas sudamericanos de los años setenta y ochenta, afirmaba ufano que la tortura efectiva no es sadismo sino ciencia: “el dolor preciso en el lugar preciso, en cantidad precisa”, era el lema, que traduzco del inglés. Por cierto, ¿cerrará Obama, recientemente elegido presidente de los EEUU, ese campo de tortura llamado Guantánamo?

La noche de los lápices recrea un episodio sucedido poco tiempo después de que la Junta Militar tomara el poder en Argentina en 1976. El objetivo era limpiar la universidad de “subversivos”, así que los militares, en una variante legal (pero semi-clandestina) del terrorismo de Estado, se dedicaron a hacer redadas nocturas, deteniendo sus furgonetas delante de los hogares de los izquierdistas fichados, entrando por la fuerza en las casas y, literalmente, secuestrando a esos jóvenes chicos. Los llevaban (lo cuenta N. Klein, lo vemos en la película) a cárceles que, más que de celdas, estaban compuestas por mínimos zulos: los presos llevaban los ojos vendados, eran torturados de diversas maneras y, en el caso que nos ocupa, el de La noche de los lápices, sólo uno entre varios presos lograba sobrevivir y contarlo luego. ¡Menos mal que tenemos testigos del horror, majos!

El pecado era ser reivindicativo y, así y por ejemplo, reclamar un bono escolar que cubriera gastos educativos. El que se dejaba ver en exceso acompañado de sindicalistas o grupos de izquierda contaba con todas las papeletas para ser castigado. ¿Cómo? Pues, además de la prisión y la tortura, luego sus captores, lisa y llanamente, los asesinaban. Paredón. Como en nuestra Guerra Civil, sólo que cuarenta años después. Como en el Chile de Pinochet, etc. Mientras tanto, con la mayoría de la población adulta aterrorizada por la vida de sus hijos y las suyas propias, los gobiernos militares podían llevar a cabo sus medidas económicas, hijas de Milton Friedman: desregulación, inflación, reducción de ayudas estatales, facilidad para la instalación de multinacionales norteamericanas. Según los datos de Klein en su libro citado, el “shock” y terror de la Junta eran el requisito necesario para que la economía de mercado más radical fuese puesta en marcha: todos los datos económicos (paro, renta per cápita…) de la población argentina empeoraron en esos años. Torturados y míseros, en un país que hasta mediados de los setenta podía compararse con cualquier país de la Europa occidental y democrática (entre los que no estaba España, claro).

La noche de los lápices es cine de denuncia, de protesta. Sus tonalidades son crudas, sus emociones (solidarias, tiernas) son obvias; además, se añaden insertos simbólicos (un puño cerrado, una panorámica de los candados de las celdas, etc.) y los personajes (pese a estar basados en personas muy reales, asesinadas) parecen estereotipos (el guapo, el luchador, la rebelde, el intelectual, la madre…).

Cómo no recordar el cine de “desaparecidos” como Missing de Costa Gavras; esta película de Olivera se incardina así mismo al tipo de diáfano cine político que gentes como el citado Gavras, Pontecorvo o Montaldo venían realizando en los años setenta, sobre todo (y que retomaron algunos directores españoles tras la muerte de Franco: Uribe, E. de la Iglesia, Ungría, etc.). Compárese con películas de otros momentos, posteriores, que parecen similares pero que varían en sus intenciones y estética: En el nombre del Padre (Sheridan), Los amantes habituales (Garrel) o Mi hermano es hijo único (Luchetti). Por el camino se pierde ese cariz inmediato, feísta, por un lado, pero también dulce y maniqueo en el canto elegíaco en torno a los izquierdistas muertos por defender sus ideales, en contextos más bien derechistas (o dictatoriales). El sentido de “colectivo”, de “pueblo”, se va dejando atrás a favor de los individuos concretos y sus derivas, conquistas y miedos.

Finalmente, añadir que Héctor Olivera, conocido en el mundo latinoamericano, ante todo, por películas reivindicativas como ésta, es admirado por los “freakis” anglosajones de turno, más bien, por filmes “trash” como Barbarian Queen o Wizards of the Lost Kingdom. Esto, en primer lugar, demuestra el carácter polivalente del director pero, en otro sentido, cabría casi sospechar que el cine hortera y descerebrado de serie Z es, también, a su manera, político. Pero de otro signo.

 

(Epílogo: leo en El País, noviembre de 2008, noticia firmada por AFP, que la canciller alemana, Angela Merkel, cuando se cumple el 70º aniversario de la Nochede los Cristales Rotos, ha señalado: “No podemos mostrar indiferencia ante los extremistas de derecha que marchan hacia la Puerta de Brandemburgo y ganan escaños en los parlamentos”. Por otro lado, leo también en El País, el mismo día, en noticia de J. Gómez, que el arzobispo de Munich, Reinhard Marx, muy crítico con el capitalismo salvaje, “apuesta por empezar limitando los sueldos de los directivos y frenar la avaricia empresarial”. Ni Merkel ni R. Marx parecen dudosos: ambos sin duda prefieren los lápices a los cristales rotos)