OPHÜLS Max (1902-1957)

Lola Montès (Lola Montes) (1955: 6.5)

Qué tentador, y qué inútil, preguntarse qué habría sido del cine de Max Ophüls (también sin los dos puntos sobre la “u”) si el insigne realizador hubiese vivido un poquito más, al menos hasta los años sesenta, cómo habría encajado con los jóvenes Truffaut y Godard, qué películas habría dirigido en esos años más frescos, descuidados, atrevidos e informales, cómo le habría ido al gran Max Ophüls, qué inútil y qué tentador es preguntárselo.

Supremo dominio del espacio y de los tiempos: el cuándo, el cómo, el dónde. El qué, qué cosa es: acaso sea, en Ophuls, el dónde, el cómo, el cuándo, todos juntos. Pero ahí me choco contra un mínimo pero relevante desafecto. Lola Montès, más que ninguna otra película de Ophuls (he visto cuatro o cinco más), no me llega a emocionar en ningún momento; me admira, me embelesa pero no me toca, no me llega, y será sin duda mi culpa, mi gran culpa.

Lola Montes es delicada como una flor y ceremoniosa como una ópera que supone una representación dentro de otra representación, un elemento de distancia (entre “nouvelle vague” y posmoderna) que siempre atesoró Max Ophuls, un cineasta único en su especie.

Cortinas, transparencias, redes, cristales, telas, figuras y ornamentos se interponen entre nosotros y la acción (en segundo plano), velan la acción, como si ésta fuera secundaria y misteriosa y, seguramente, para Ophuls, lo fuese. Deliciosas sutilezas hay en este cine, por ejemplo en los decorados y movimientos de cámara (el dónde, el cómo, el cuándo), un cine que danza (me permito una licencia futbolística) como Zidane bailaba, en sus mejores partidos, con la pelota: omnipotente, complejo, imprevisible.

El objeto “película” como una orquesta dirigida por un hombre-orquesta, Ophuls, un Thomas Mann del cinematográfo (¿La montaña mágica o La muerte en Venecia, por Ophuls…?), palaciego y reflexivo, un burgués superior, omnipresente en carisma y estilo pero impotente para detener los dolores, las desdichas de sus personajes; desdichas y dolores templados, calmados gracias a la artística y distinguida (casi insultante) frialdad del autor, que no se deja llevar por sus instintos animales, que imprime un “restraint” entre pudoroso, aristocrático y circense, entre sublimado (ornamental, lujoso, literario) y civilizado (lo correcto, lo profundo) a todo lo que toca y ve y muestra, convirtiendo Lola Montes en un festín sin parangón que yo (pobre de mí) no he sabido paladear como se merece, hasta sus últimos matices, detalles y consecuencias, porque no me ha podido llevar a su territorio más íntimo, crucial o emotivo, divertido o sentimental, allí donde sí me lleva (pongo un ejemplo) la más imperfecta e incluso egocéntrica Candilejas (Chaplin), que vi tan sólo un día antes, y que pese a sus obvias taras y recursos melodramáticos sin contención para con el público, me puso varias veces un nudo en la garganta allí donde Lola Montes me colocaba una excelsa pajarita, y no soy yo hombre de corbatas o pajaritas, y lo cinematográficamente excelso, para horadarme, saquearme y ennoblecerme, ha de hacerlo desde cumbres más borrascosas y ambiguas, más humanas, modernas y hasta sociales, como aquellas que alcanza (sin duda) Béla Tarr en la asombrosa Armonías de Werckmeister, un film hasta cierto punto ophulsiano pero sin cortinas ni ropajes, sin orquestas ni esmaltes, un cine que sí me toca el hueso y el corazón, mientras que el fascinante Ophuls me hace una reverencia y, de manera ilustre, hace mutis por el foro sin esperar, sin esperarme. Y es que no es oro todo lo que reluce, ni siquiera lo que reluce tanto.

Metáfora del girar, del tiovivo, del maestro de ceremonias que sube y baja el telón, que lo sabe todo y elige qué (cuándo, dónde, cómo) enseña lo que enseña. Pero mucha atención: en un momento de la película se enfurece Lola Montes (la bella Martine Carol) por una acusación sobre su supuesta falta de “formación clásica” en el baile. Y esto responde ella (recojo los subtítulos en castellano como si fueran versos de un poema anarquista):

 

Pero, ¿qué significa?

Clásica, clásica…

¿Piruetas? ¿Zalamerías?

¡Eso ha muerto!

 

Mil perdones pero…

¿Es la película Lola Montes una gigantesca pompa de jabón que no llega a romperse?

¿La más genial frivolidad?

¿La más alta y zalamera pirueta fílmica?

¿Un pedestal de carrusel y anacronismo?

¿Una modernidad aún futura?

¿Un fabuloso trono de celuloide?

Y, por otro lado…

¿Es la mujer Lola Montes una mujer independiente, liberada y moderna?

¿La bella, ambiciosa, irresisitible, insatisfecha y pasional Lola Montes no será un mujer dependiente de sus hombres, sola e infeliz por su nada moderna liberación o por su nada liberada antigüedad?

¿Un increíble tiesto con labios, un impresionante jarrón con curvas, una acróbata y actriz vendida a su fama y a los hombres, a sus suicidas aspiraciones de poder y gloria?

Qué tentador y qué inútil, todo esto.

Incluso este cine.