OURY Gérard (1919-2006)

La Grande Vadrouille (La gran juerga) (1966: 6.0)

La gran juerga es el título español de La Grande Vadrouille (“vadrouille” es más bien un vagabundeo: dar una vuelta o paseo sin rumbo fijo), destacando el cariz humorístico de la cinta francesa, uno de esos gigantescos éxitos en la historia del cine de nuestro país vecino, uno de esos títulos ya “clásicos” y conocidos por toda la población francesa, así como Les enfants du paradis, Le gendarme de Saint-Tropez, Les bronzés font du ski o La Boum, por citar cuatro distintos que me vienen a la mente.

Aquí en España, y sospecho que en otros países de nuestro entorno (Alemania, Portugal, Italia, etc.), esos títulos, si no invisibles, sí son sólo identificados por unos cuantos curiosos. Y es curioso, porque, en cambio, tanto en España como, es un decir, en Bélgica, Grecia o Inglaterra, casi cualquier joven o adulto ha visto o, al menos, ha oído hablar de Casablanca, El guateque, La loca historia de las galaxias o Porky’s, filmes norteamericanos que no creo que contengan nada intrínsecamente mejor, de más calidad o interés (es cuestión opinable) que las anteriormente citadas películas francesas.

Estamos en lo de siempre: la imposición, vía doblaje y lotes principalmente, en algunos países, y vía una intensa americanización (lenguaje vehicular de la publicidad, la ciencia, la tecnología, las multinacionales, el Pop, los vídeos musicales, etc.) en los demás, de la cultura audiovisual de los EEUU. Nos han llegado y nos llegan, eso sí, las muy domesticadas Los visitantes, Amélie, Astérix y otras: el cupo que intenta infatuarnos con un halo de normalidad lingüística y cultural; tal situación de desventaja y dominación económica (monopolio del Mercado), si fuésemos ligeramente patriotas... ¡europeos!, deberíamos considerarla como alarmante y, al menos, se nos oiría rechinar los dientes con toda la libertad que nos otorga la sagrada, confusa y binaria deidad de la Oferta y la Demanda.

La gran juerga, en todo caso, puede situarse en la línea del cine paródico que se basa en la astracanada, la revisitación de períodos, convenciones y legendas históricas, los malentendidos, los choques entre estereotipos de países (como los chistes de “un francés, un inglés y un español...”) y dentro de un mismo país (el paleto y el esnob, el piloto y el albañil, el fino parisiense y el humilde campesino, etc.).

Se trata de una película de 1966 que se apunta a la tendencia irremisiblemente conservadora (se ríe, sobre todo, de lo que es fácil reírse) que entronca con las posteriormente exitosas sagas paródicas norteamericanas, debidas casi todas a ellas al mismo equipo (los hermanos Zucker y J. Abrahams), tales como Aterriza como puedas (1980, etc.), Agárralo como puedas (1989, etc.) o Hot Shots, la madre de todos los desmadres (1991, etc.), sin olvidarnos de Top Secret (1984), aquella cinta hilarante (¡en mi recuerdo!) protagonizada por Val Kilmer en la Alemania del Este, acaso la que más se parezca a La Grande Vadrouille.

Recordemos también que, sobre todo en la segunda mitad de los sesenta y primera de los setenta, y conviviendo con el esplendor del cine más político, oleaginoso y militante, existió una corriente de cine satírico, a ratos subversivo, absurdamente exagerado, con toques de “slapstick” y generalmente desmitificador que presagió ese otro cine humorístico más “light”, más obvio, tan desternillante pero menos inteligente (más irrelevante) de los años ochenta y noventa: me acuerdo aquí y ahora (y me disculpo por este variado popurrí) de Qué alegría vivir (1960, Clement, con A. Delon), 1, 2, 3 (1961, Wilder, con J. Cagney), El nuevo caso del inspector Clouseau (1964, Edwards, con P. Sellers), Caso clínico en la clínica (1964, Tashlin, con J. Lewis), Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (1964, Kubrick, con P. Sellers), Golfus de Roma (1966, Lester, con Z. Mostel), Bedazzled (1967, Donen, con D. Moore y P. Cook), Operación cabaretera (1967, Ozores, con J. L. López Vázquez), El guateque (1968, Edwards, con P. Sellers), El abuelo congelado (1969, Molinaro, con L. de Funes), La vía láctea (1969, Buñuel, con P. Frankeur y L. Terzieff), Bananas (1971, Allen, con W. Allen), ¿Qué me pasa, doctor? (1972, Bogdanovich, con R. O’Neal), El jovencito Frankenstein (1974, M. Brooks, con G. Wilder), Los caballeros de la Mesa Cuadrada y sus locos seguidores (1975, T. Jones, con los Monty Python), etc.

Por otro lado, es irrebatible que La Grande Vadrouille también ha de enmarcarse dentro del amplio corpus de películas norteamericanas, francesas o británicas (incluso italianas) sobre la Segunda Guerra Mundial, especialmente aquellas que suceden en suelo “ocupado” por los alemanes, y que suponen (directa o indirectamente) una afirmación retrospectiva de resistencia y patriotismo frente al enemigo nazi. Películas de distintas tonalidades, rasgos y objetivos que se me ocurren como La gran evasión, El tren, Triple Cross, Ha llegado el águila, Los chicos del Brasil, Uno rojo: división de choque, Mediterráneo o hasta La vida es bella comparten esos rasgos (la excelente El libro negro, de Verhoeven, empero, no escatima puñales contra los supuestos patriotismo y resistencia en la Holanda ocupada de aquellos años...).

Claro está, además, que La gran juerga cuenta con la participación, en los papeles protagonistas, de André Bourvil y Louis de Funes, este último el actor cómico más famoso que ha dado Francia, cuya personalidad puede describirse como de bufón (o, en francés, “con”), aun con ciertos toques tiernos. Se caracterizaba, que yo haya visto, por su nada contenida gestualidad y por un humor entre bizarro, paleto y de astracanada sin remisión que, tengo para mí, conectaba maravillosamente con el francés medio sin afanes intelectuales: Funes era  alguien con quien reírse, de quien reírse y a quien se reconocía, en todo caso, como “uno de los nuestros”. No creo haber visto a Louis de Funes en más de tres películas: Mi amigo el extraterrestre (a base de pedos, Funes y su amigo logran atraer la curiosidad de un alienígena...), Hibernatus y, a partir de hoy, La gran juerga. Admitiré que, sin llegar a enamorarme ni a morirme de risa con él, sí le reconozco el mérito de que, pese a su protagonismo en muchos casos totalizador (no tanto en La gran juerga), sabe integrarse a la trama que le toca en suerte y su histrionismo de hombre estrafalario con hambre de pueblo y de salami puede provocar carcajadas.

Epílogo que parece que no viene al caso: el astro Steven Spielberg, según información del diario El País (mayo de 2008), ese especialista en el género “rompetaquillas cuajado de efectos especiales”, se ha pasado momentáneamente a la industria del videojuego (cuya facturación en los países desarrollados, según las estadísticas, supera en bastante a la del cine exhibido o vendido). Su primer trabajo, en este electrizante campo, se llama Boom Blox, y es “un sencillo y entretenido título ambientado en un mundo lleno de bloquecitos de colores”, dirigido “a cualquiera que busque entretenerse un rato intentando, por ejemplo, derribar las fortalezas de juguete de sus amigos empleando unas pelotas como proyectiles” (los entrecomillados son de la noticia que firma Andrés S. Braun).

¡Esto sí que es “la gran vadrouille”! ¡Por no decir “la gran juerga”! ¡Qué grande eres, tiburón Steven! ¡Qué bien que por fin hayas encontrado la tercera fase, perillán!