OZORES Mariano (1926-_)

Operación cabaretera (Operación cabaretera) (1967: 5.5)

Ozores, en estas páginas, antecede a Ozu. Es la dictadura del orden alfabético. O deberíamos escribir, mejor, que es la democracia. ¿Por qué no hablar de Mariano Ozores?

Ahora admitiré lo inadmisible. A mí Operación cabaretera me ha resultado un film salvable, agradable, leve, de los de pasar el rato divinamente (sin pensar no sólo “en” nada, sino directamente NADA), riéndome no menos de siete u ocho veces, bien es cierto que, sobre todo, en la primera mitad de la película. En los últimos cuarenta minutos el producto ozoriano pierde fuelle cuando se adentra en la playa, la piscina y el bonito hotel de Marbella y la trama policíaca se hace un pelín fastidiosa, por no decir otra cosa.

Por qué no reconocerlo: estoy convencido (y lo defendería ante el mismísimo Carlos F. Heredero) de que Operación cabaretera es más seductora, descocada y elocuente que, por ejemplo, El orfanato (¡7 premios Goya!). Y considerando las rarezas, absurdos y “paranoias” de una atractiva modernez como Viaje a Dajeerling (del iconoclasta Anderson), humildemente opino que, siendo esta última más pretenciosa como innegablemente lo es, se queda por detrás de Operación cabaretera en el recuento de barbaridades, histerias, máscaras y locuras (aunque por delante en otros menesteres fílmicos, si somos puntillosos). ¿Cómo nos va a hacer gracia el insípido Owen Wilson tras presenciar tan asombrosa “performance” del grandioso J. Luis López Vázquez, uno de los mejores actores de la historia? ¿Cómo reírnos con Adrian Brody cuando acabamos de asistir a un festival de frases, posturas y hasta ontología humorística a cargo de la estupefaciente Gracita Morales?

A modo de ejemplo, esta frase: “Se ha suicidado en cuando me he quitado la falda”.

Pobre chica, y pobre España, la pobre Gracita, ultra-consciente de sus limitados atractivos, echa mano de la crueldad en uno de los grandes gags del film: asesinan a un chino, supuesto novio de Gracita, clavándole un puñal por la espalda, mientras ella se contonea en un sin par “strip-tease”...

Claro que es un cine que puede verse desde un punto de vista sociológico; y psicológico e histórico, cultural e ¡histriónico! Todo eso es cierto; porque Operación cabaretera es un trozo de esperpento español: un cine que hacía publicidad del turismo en España, que se ensimismaba con las suecas y las bellas piernas largas, que montaba descabelladas intrigas a lo James Bond pero en barato, que entraba al trapo en el cosmopolitismo que le abriera puertas más allá de los Pirineos (no fue el caso) y que resultara atractivo para el común de los españoles. Era un cine de gran éxito y, en especial, era un cine puesto a los pies de López Vázquez y Gracita (y Antonio Ozores, ¡cómo olvidarse!), dos cómicos totales (sobre todo, él), dos cómicos en estado de ebullición permanente y perfiles opuestos a la belleza, la elegancia, la relajación, la ligereza, la distinción o la fina ironía. Dos cómicos que colaboraron mucho con Mariano Ozores y que, en paralelo a Mayo del 68 (entre 1967 y 1968), contribuyeron a la saga de suspense humorístico formada por Operación secretaria, Operación cabaretera y Operación Mata-Hari, sin olvidarnos de esa obra maestra de la acción y el chiringuito denominada Objetivo Bi-ki-ni. Los títulos lo dicen casi todo. Eran años de Godard, Buñuel y Bresson, de Bergman, Losey y Antonioni, por citar a seis de los irrepetibles autores de aquella época, pero ahí estaba nuestro Ozores, prolífico como muy pocos, riéndose desde los postulados de una derecha graciosa, cachonda y, a ratos, bien paleta de las ambiciones desmedidas y de los excesivos retos (entre los izquierditas críticos y los puros radicales humanistas) depositados en ese invento llamado cinematógrafo: just for fun, hombre!

Hiperactivos, hiperbólicos y emboscados en papeles que gravitan entre la dulzura y la represión, la heroicidad y la comedia demente, Gracita y L. Vázquez se llevan la película por delante, con algunos diálogos memorables (varios otros desacertados o ramplones) y, en general, ofreciendo un humor genuino y único en el mundo. Él a ratos pareciendo un cruce entre el Jerry Lewis más desencajado y desatado, un Benny Hill inspirado y, qué sé yo, el Millán de Martes y Trece en sus momentos más altos. Y ella (con parecido físico a Esperanza Aguirre, como ha comentado J. Marías en un artículo en El País Semanal) en plan hembra decentemente visceral e inopinadamente absurda. No les darían Goyas, ¡pero vaya joyas!

Esta pareja irrepetible (con sus muchos aciertos y algunas erratas erráticas de españolada rancia, claro está, pero no era culpa suya), dirigida con más maña que fuerza por Mariano Ozores, nos invitan a una velada singular, desquiciante, por momentos rompedora: historia de chinos muertos, chinas conspiradoras, microfilmes extravagantes, bikinis ceñidos y emotiva antigüedad modernizada. Una película que inspira más que indispone, que sorprende más que irrita y que, además, evita los malos humos, las bobas supersticiones y esa nefasta costumbre de la impostada quejumbre bizantina, por decir algo sonoro.