OZU Jasujiro (1903-1963)

Ukigusa monogatari (Historia de hierbas flotantes) (1934: 6.0)

En la sala no se oía ni una mosca, japonesa o menos. Nada, nadie. Antes del comienzo del film alguien había propuesto, entre los cinco allí presentes, quedarnos al final del mismo y organizar una discusión. No, no.

La familia y uno más. Cine mudo y japonés. Imágenes insólitas, en su claridad y así como ternura: los dos chicos que pescan en el río, que enhebran sus pasados en sus futuros. Ozu va luego oscureciendo el film, y del espíritu risueño del inicio se pasa a una mayor dispersión tenebrosa.

La película, sin música ni ruido, un film mudo como Dios mandaba, se me hizo cuesta arriba y fui yo quien se dispersó, y mucho, pensando en musarañas y zagalas, y en otras obras del maestro nipón en las que los personajes sí hablaban y yo me rendía a sus pies. Su maestría, en esta historia de hierbas flotantes (el título espantó a mi serbia amiga de agosto, gran pena asumida), se revela en planos rápidos y fijos y en la perspectiva del encuadre que engrandece a los personajes. Ozu era un humanista (de esos vilipendiados o adorados, según los casos), lo supiese o no. ¿Cambio y corto?

Sí, por el momento sí. El gran cine, pese a Amanecer y otras excepciones cómicas (Keaton, Chaplin) o extremas (Vigo, por ejemplo), es imagen y sonido. Y dentro del sonido mandan las palabras, sean o no “necesarias"; son como flotadores y nos salvan de ahogarnos.