OZU Jasujiro (1903-1963)

Sanma no Aji (El sabor del sake) (1962: 9.0)

El sabor del sake es una extraordinaria obra, la última que dirigió el maestro Ozu, en 1962, un año antes de morir.

Por cierto, ¿será 1962 el mejor año de la historia del cine? Dependerá, claro está, de gustos, momentos y criterios. Pero es que, a bote pronto, consultando mis notas en un santiamén y, obviamente, sin pretender ser exhaustivo, me percato de que estas películas que escribo a continuación (y sin salirme de algunas que he visto en los últimos años) se realizaron en ese año:

Obras maestras incontestables como El hombre que mató a Liberty Valance (Ford), Matar a un ruiseñor (Mulligan), Duelo en la Alta Sierra (Peckinpah) o Mamma Roma (Pasolini).

Películas excelentes y misteriosas como El cuchillo en el agua (Polanski), Carnival of Souls (Harvey), La jetée (Marker), El eclipse (Antonioni), La soledad del corredor de fondo (Richardson) o Lolita (Kubrick).

Otras obras estupendas o muy entretenidas como Lawrence de Arabia (Lean), La muchacha que sabía demasiado (Bava), Atracto a las tres (Forqué) o El hombre de Alcatraz (Frenkenheimer).

Y aun otros filmes más que sugestivos como ¿Qué fue de Baby Jane? (Aldrich), La infancia de Iván (Tarkovsky) o The L-Shaped Room (Forbes).

Añadamos a esta lista, por supuesto, El sabor del sake. Una película que es un sobrio lujo, insólita en el panorama actual de desprecio total de los formalismos no espectaculares, angulosos o nihilistas; un film que desde el primer segundo llama la atención por su, en verdad, hiperrealismo pictórico, esa es la sensación inmediata: el formalismo elaborado, milimétrico pero de apariencia simple y los tonos de color provocan una extraña y muy cercana ilusión de realidad; no hay telarañas entre la imagen y el espectador, ni hay cortapisas estetizantes ni nos da la impresión (como ahora ocurre casi siempre) de que nos quieran vender “otra cosa”.

Ozu es la medida y la lucidez, es el “tempo” del clasicismo, la fuerza del plano fijo, del leve contra-picado que enaltece a las personas sin exageraciones; Ozu es la humilde obsesión compositiva, la premisa del “sin prisa pero sin pausa”, la inteligencia, soledad y experiencia del corredor de fondo, el melodramático minimalismo sin desgarro. Reman en la misma dirección “ozuiana” la preciosa música de Kojun Saitô, una fotografía diáfana (por inmaculada, nada astuta) de Yûshun Atsuta y una interpretación relajada, honda y distinguida de Chishu Ryu, entre otros felices intérpretes.

“Así es la vida”, es el axioma programático de Ozu en sus películas, menos sociológicas que existenciales, menos psicológicas que vitales, más democráticas que estáticas. “Así es la vida” no es un epígrafe determinista sino una sabia concesión: se puede cambiar la marcha personal pero, para ello, el principio inexcusable por el que cabría comenzar es la aceptación tanto de lo malo como de lo bueno (reconocer lo malo y reformarlo si se sabe o se puede).

Mencionaré a Kyôko Kishida, la maravillosa actriz que hace de “la chica del bar”, en mi escena favorita de todo el film (y de muchos otros): cuando Ryu, un antiguo subordinado suyo de la Marinay la propia Kishida llevan a cabo una sencilla y singular coreografía a partir de los compases de una música de la Segunda Guerra Mundial. El saludo militar se sucede a las sonrisas y a los pasos de baile del joven discípulo de Ryu, un chico que llevado por el entusiasmo y el exceso de alcohol se atreve a bailar y saludar con muchísima gracia y sin perder la dignidad; Ryu y Kishida le siguen la corriente de manera admirable. Es un momento inevitablemente godardiano. Era 1962: Ozu debió de haber visto Bande à part.

En ciertos momentos, percibí un clima (un “subtexto”) masculino hawksiano (Ozu tuvo que conocer el cine de Hawks) y hasta un leve tono absurdo de Tati y su Hulot (un eco muy lejano, pero que sentí tres o cuatro veces). Y un ambiente de modernidad, de americanización, de nuevos tiempos; los breves planos exteriores están centrados en los atractivos y coloristas adornos que suponen los carteles, los neones, los anuncios, los focos. Son los sesenta y la frivolidad de la música ligera y la relajación de costumbres aparecen reflejadas con piedad y levedad (como en Buenos días) en el último cine del gigante Ozu.

Así es la vida y así la cuenta, la muestra Ozu. Con simpatía, sin esconder lo malo pero con buenos humos. El tiempo pasa, la vejez es temible y aún más la soledad. El sake ayuda a soportar y a disfrutar mejor el momento. El cine de Ozu, en 2008, también. Paciencia.