ANDERSON Michael (1920-_)

Around the World in Eighty Days (La vuelta al mundo en ochenta días) (1956: 5.0)

La vuelta al mundo en ochenta días fue la gran triunfadora en la Ceremonia de los Oscars que se celebró el 27 de marzo de 1957 en Los Ángeles. En fin, no parece que 1956 fuera uno de los años más brillantes en la historia del cine norteamericano (o en lengua inglesa). Encuentro estas obras: Los diez Mandamientos (DeMille), Moby Dick (Huston), Escrito sobre el viento (Sirk), Anastasia (Litvak), Plan 9 from Outer Space (Wood), La invasión de los ladrones de cuerpos (Siegel), Guerra y paz (K. Vidor), Atraco perfecto (Kubrick), El Rey y yo (W. Lang), Más dura sera la caída (Robson), El hombre que sabía demasiado (Hitchcock), Gigante (Stevens) o El loco del pelo rojo (Minelli). Ninguna de ellas es extraordinaria, aunque algunas sí son talentosas, tenaces o estupendas. Punto y aparte.

Porque en 1956 Ford dirigió Centauros del desierto, que sí es una obra maestra absoluta y que no estuvo nominada a ninguna estatuilla. También de 1956 son, por cierto, películas grandiosas como Los siete samuráis (Kurosawa), Aparajito (S. Ray) o Un condenado a muerte se ha escapado (Bresson). El respeto que todavía hoy día (abril de 2009) tantos conceden a los Oscars y al cine norteamericano más famoso se muestra, una vez, ingrato y ridículo.

Vaya, pues, un recordatorio a un año que, posiblemente, fuera el más flojo, petulante y artificioso (cinematográficamente hablando) de una década prodigiosa: los cincuenta, unos años que parecen caracterizarse, en un sentido general, por su relajación y buenas maneras, por su profundidad sin ira y por una alegría sin énfasis ni estafas.

En ese caldo de cultivo pescó los peces gordos este producto banal y blando, un simpático divertimento superficial, llamado La vuelta al mundo en ochenta días, obviamente basado en el libro de Julio Verne y protagonizado por David Nivel y Cantinflas, además de varios rostros conocidos en cameos sorprendentes. Las elipsis (al menos, en la versión que he visto, que duraba unos 170 minutos) son brutales; los desequilibrios narrativos, altisonantes. Los conflictos, inexistentes. Los personajes, más planos que una radiografía. Las escenas se resuelven (ver el rescate de la chica que lleva a cabo Cantinflas) con un sentido de la verosimilitud digno de niños de cuatro años. Se trata de un espectáculo para todos los públicos fundamentado en formas cinematográficas tan limpias como relucientes, tan cartón-piedra como inconsistentes. Un divertimento estrafalario pero compuesto (planos, escenas, ritmo) desde el respeto a un clasicismo sin turbiedades.

Producción del por entonces muy famoso Michael Todd (casado con Elizabeth Taylor, por poco tiempo…), La vuelta al mundo en ochenta días es una película larga y límpida que, en lugar de centrarse en la aventura y la acción, prefiere derivar sus diáfanos tentáculos a la contemplación de paisajes del mundo, desde un tren, un barco o un globo. Recoge folclóricamente los rituales más tópicos de los países en los que hace escala: como si se tratase de un parque temático, a la manera de Port Aventura, la película se divide en zonas en homenaje a la España del flamenco y los toros, la India de la belleza pobre, el Hong Kong de los “rickshaws”, los EEUU de los “saloons” y los ataques sioux, y así sucesivamente.

El director, el londinense Michael Anderson (realizador polivalente: La fuga de Logan o Las sandalias del pescador, ¡qué variedad!), no deja ni un solo estereotipo nacional y hasta nacionalista por catar: los británicos ultra-educados, justos y sin emociones; los españoles bailando y toreando; los norteamericanos engreídos y valientes, etcétera.

David Niven ni se despeina: su supuesta aventura alrededor del mundo no le hace ni sudar ni agitarse ni palidecer. En cierta forma, parece que todo le da igual. Incluso al final, cuando la india rescatada le pide que se case con ella, él acepta casi por obligación. Cantinflas, por su parte, resulta más creíble como héroe: al menos se mueve un poco y se interesa por las chicas. Su papel es el de sobrio bufón y sacrificado criado que admira la belleza del mundo.

Dos últimos datos, que acaso sean la clave para acercarse a la película:

1-La ceremonia de aquellos olvidables Oscars la presentó Jerry Lewis. Quizá todo se tratase de una absurda broma.

2-Mi línea favorita del film fue: “Siga a esa avestruz”. Metáfora de la obra entera.