PASOLINI Pier Paolo (1922-1977)

Mamma Roma (Mamma Roma) (1962: 9.0)

Lo que ocurre o lo que se interpone entre una película neorrealista como El ladrón de bicicletas y Mamma Roma, de herencia neorrealista, es la irrupción del Autor plenamente consciente de su posición, su sombra y su poder: Pasolini, intelectual con ideas y derivas propias y, por tanto, no un director de cine al uso y al abuso, meramente dispuesto a elaborar una obra a partir de una tradición dada y unos sólidos cimientos.

Pasolini se deja ver en el film, no física sino emocional, intelectualmente. En el reino casi intratable de las ideas, por un lado, y los sentimientos, por otro. Las ideas políticas de Pasolini parten de un marxismo cuya clase trabajadora lucha por permanecer fiel a sí misma, en los arrabales de las ciudades industrializadas. Los sentimientos de Pasolini son también políticos: un amor incurable, sin concesiones, hacia sus criaturas, ángeles muy terrenales, y sus cuitas y lenguaje, sus necesidades y sensualidad explícita, al pie de los caballos de los prejuicios sociales, el egoísmo del rico y el cine escapista o simple ilustrador de “realidades”.

El sexo de estos ángeles está a flor de piel. Las pandillas de chicos de las afueras, sin trabajo, sin dinero, sin ganas de esforzarse pero pidiendo el dinero a gritos, hacen sus fechorías y satisfacen sus pulsiones sexuales como buenamente pueden, aprendizaje por descubrimiento (ahora tan valorado en la enseñanza) a lo bruto y sin contemplaciones. La flor, la piel, el sexo, los ángeles. La barriada, la madre generosa y bella, puta por necesidades del guión, de su vida dura: y violenta será la vida de su hijo.

Anna Magnani es esa Mamma que traza con vigor y sin complejos Pier Paolo Pasolini a principios de los años sesenta, como había hecho con Accatone, otro canto disidente y elegíaco a unos seres frágiles pero orgullosos, inconscientes de su “posición” pero sufridores de las posiciones de los aventajados. Pasolini no pretendía realizar un fresco objetivo de aquella Italia, de ninguna Italia, sino poetizar hasta la extenuación, idealizar lo bello y lo bestia de los italianos que se buscaban la vida sin entender ni bien ni mal las leyes que discriminaban entre el bien y el mal; tampoco las leyes cinematográficas que obedecían a la lógica entre cine político y cine de entretenimiento, dicotomía interesada y corrupta como pocas.

Pasolini habría preferido no ser un genio (aunque lo fue): con sus excesos y su airado dejarse llevar, con su controvertido cine a contracorriente de modas, clasicismos y rupturas de hortera y ensayo.

Porque los genios (y recupero una cita del protagonista de la estupenda novela española de posguerra Congreso en Estocolmo, de José Luis Sampedro, escrita a contrapelo en tiempos neorrealistas)…

 

¿Un genio? De todos modos moriré. Y ni siquiera sé si he vivido. Más aún: sé que no he vivido. No, no soy un fracasado. Soy algo mucho peor: soy un traidor. Un traidor a la vida. Mire ahí: el cielo, la tierra, el mar... Mire bien: ¿Qué quiere decir “genio”? ¡Genio! ¡¡Genio!!... ¡Una palabra vacía, incomprensible, sin significado!... Soy un traidor, un proscrito... ¡Qué amargura corrosiva!... ¡Miro los árboles y me avergüenzo de mis fórmulas y mis teorías!... ¡Déjeme, por favor, déjeme!

 

Pasolini intentó siempre conciliar ambos extremos, apostar por la vida de manera total, y de la vida registrar hechos injustos y capítulos de vitalidad sin duelo, para incorporarlos a su molde ideológico y personal, ajeno a los campos trillados y las fórmulas de consumo. Árboles frente a fórmulas. El fracaso era preferible a la traición.

Frente a otros directores acomodados, tanto los de la industria repetitiva y conservadora que les daba muy bien de comer, como los que se habían apuntado a un carro más o menos dogmático y confiaban en aleccionar nítidamente a las masas, Pasolini necesitaba implicarse a fondo en sus proyectos e inventarse, a tientas, las reglas de su cine (por eso teorizaba al respecto, para mantener viva la llama de la libertad).

Digamos que la diferencia entre Pasolini y otros tipos más normalizados, indiferentes o desapasionados sería similar a la existente entre la correspondencia que se intercambian Fermina Daza y Florentino Ariza, protagonistas de la maravillosa novela El amor en los tiempos del cólera (quizá lo más maravilloso que yo haya leído), de García Márquez:

 

...las cartas de ella eludían cualquier escollo sentimental y se reducían a contar incidentes de su vida cotidiana con el estilo servicial de un diario de navegación. En realidad eran cartas de distracción, destinadas a mantener las brasas vivas pero sin poner la mano en el fuego, mientras que Florentino Ariza se incineraba en cada línea.

 

 Pasolini se incineraba en cada fotograma, sin perder por ello la fresca ligereza del que cuenta para que le entiendan, ni el peso de las  decisiones más o menos caprichosas, propias de un espadachín inseguro, voraz y talentoso. No realizaba películas de distracción sino que ponía la mano en el fuego, por él y por sus muchachos de vida violenta y futuro incierto que pululaban por los suburbios de la vida, la carne y el cine.

La vida cotidiana, para Pasolini, era un devenir misterioso y místico, que podía transformarse gracias a la fuerza de un estilo nada servicial sino exaltado. Un estilo, una “escritura”, cargado de bellas intuiciones y conflictivas consignas de la izquierda, por supuesto pasadas a limpio por Pasolini de manera heterodoxa, crítica, para ir más allá del bien y del mal, como la Mamma Roma que encarna Anna Magnani con todo su cuerpo, palabras y sudores, su entusiasmo generoso y resistente. Ella, Anna, amada por Pasolini en la película. Ella, Él:

 

No prestó atención a los apremios de los culebreros que le ofrecían el jarabe para el amor eterno, ni a las súplicas de los mendigos tirados en los zaguanes con sus llagas humeantes, ni al indio falso que trataba de venderle un caimán amaestrado. Hizo un recorrido largo y minucioso, sin rumbo pensado, con demoras que no tenían otro motivo que el deleite sin prisa en el espíritu de las cosas. Entró en cada portal donde hubiera algo que vender, y en todas partes encontró algo que aumentaba sus ansias de vivir.

 

(Fermina Daza, admirada incondicionalmente por un Florentino Ariza que “la espiaba maravillado, la perseguía sin aliento”, en El amor en los tiempos del cólera)

Contra los caimanes amaestrados me posiciono, contra ellos me divierto, así es que gracias, Pier Paolo, por tu no pensado rumbo, tu deleite sin prisa, carnal espíritu de las cosas. Gracias por entrar en mi portal.