ANDERSON Wes (1969-_)

The Darjeeling Limited (Viaje a Darjeeling) (2007: 6.5)

Viaje a Darjeeling es una película a contrapié. A un espectador convencional le descolocará, le irritará, le sorprenderá de manera negativa. No es una obra asertiva: es, más bien, una película de objeciones, de énfasis, de nadar como un pato mareado, y no contra la corriente del río (tampoco en espiral, en busca de intrigas) sino dando dos brazadas hacia adelante y una así como hacia atrás. Anderson conoce sus referentes “indios” humanistas (S. Ray, Renoir) pero, por supuesto, no quiere (ni sabe) copiarlos o parecerse a ellos. En todo caso, aspira a deconstruirlos (como Spike Jonze), sin por ello cortar de raíz todo componente dulce y bello (no se trata de una absoluta implicación con los postulados de la deconstrucción).

La deconstrucción, ¿por qué? Anderson es una cineasta joven y moderno, agudo y polivalente, a quien no le gusta reafirmarse por sí mismo sino por oposición a otras corrientes, autores, rutinas y tendencias. La deconstrucción supone desmantelar dicotomías prestigiosas, desarbolar mecanismos en apariencia naturales, agitar un recio árbol con el fin de que vayan cayendo sus frutos, aun con el riesgo de que alguno caiga directamente sobre la cabeza del agitador. Es el caso. Ese intentar no someterse a ningún dictado contiene peligros incesantes: el de no aportar nada realmente auténtico y firme, el de simplemente desembarazarse de ataduras pero sin proponer horizontes nuevos y dignos por los que luchar.

Claro que bien podría esperarse, en alguien como Anderson, que el enfoque anti-utópico, irónico (en algún caso, hasta recuerda a Kiarostami, lo juro), autorreferencial y “contrary to expectations” (procurando siempre hacer lo contrario de lo que se espera que venga a continuación), asumiera una bandera blanca respecto de peleas, compromisos y honduras. En efecto, bastante tarea tienen Anderson y sus amigos colaboradores para componer una jocosa y estrafalaria película que se sostenga durante hora y media (con algún rumor de cuerda trama y personajes medio complejos). ¿Se sostiene? Lo sorprendente del caso es que... sí.

Entendería, la verdad, que algunos espectadores avezados (y otros menos expertos, y ni siquiera jóvenes) señalaran con el dedo a Anderson y lo tildaran de farsante o profeta de la insignificancia (pese a sus esforzados atisbos en convencernos de que realiza una parábola sobre la familia, o algo así). O de creador de un tipo de arte, éste, que basa su éxito mayor o menor en “actos de fe colectivos y en la común aceptación de lo que dicen unos pocos por una pasmada multitud”, como señalaba en un artículo el académico de la RAE G. Salvador (ABC, enero de 2008). En todo caso, tampoco es una multitud la que accede a títulos como éste.

A Anderson le importa una higa la familia occidental, la amistad entre hermanos, el “olor de la India” (como en la obra de Pasolini) o las aproximaciones veraces, democráticas y radicales de Renoir o S. Ray. Está en su derecho, pero no deberíamos despistarnos. A Anderson y a sus amiguetes (mucho menos gamberros de lo que querrían) lo que les apetece es optar por supuestos temas importantes para dejarlos luego en bragas, les interesa la lucha (no entre el Bien y el Mal) entre la solemnidad y el chiste; adoran verse a sí mismos como chiquillos revoltosos que eligen siempre, a partir de una estética “camp” de fregona, bigotes y cargadores de móvil, la contrarréplica verbal o visual menos esperable entre las posibles...

Cine-río arrítmico y “cool”: juega con la narración como con un trapo de cocina; desmitifica cualquier atisbo de heroismo, pasión, amor, verdad o espiritualidad. No sé bien si Viaje a Darjeling se ríe más de los desnortados occidentales dispuestos a darse un relajante baño de místico exotismo en países como la India, o si se mofa más aún de las costumbres supuestamente más profundas, hermosas y auténticas de un Oriente todavía lejano.