PECKINPAH Sam (1925-1984)

Ride the High Country (Duelo en la alta sierra) (1962: 9.5)

Duelo en la alta sierra es una de las más conmovedoras películas que he visto en los últimos meses. Sin embargo, me cuesta escribir sobre ella. Es más fácil poner a caldo una película mala o regular; o, en el cine contemporáneo, es más sencillo argumentar a partir de un brillante texto múltiple fundado en teorías del aquí y el ahora (como Babel). Pero enumerar las patas del banco que sostienen un entusiasmo es más complicado: es difícil explicar la emoción que uno ha sentido. Ride the High Country es una creación de un artista superior. Es una película casi clásica: está menos fragmentada que otras posteriores de Peckinpah (aunque un plano de unas gallinas es puro Peckinpah, imposible encontrarlo en Ford, Mann o Walsh). Pero la amistad, la traición, los nuevos valores y la definición del héroe están ahí. Y hay una persecución obsesiva, sin miramientos, como en todo film de Peckinpah. Y un lindo amor joven, tributo a la esperanza de autenticidad y justicia. Randolph Scott y Joel McCrea forman una de las parejas más grandiosas de la historia del cine. Veteranos, crepusculares, amigos eternos, enfrentados por el dinero y los principios éticos, terminan uniéndose contra un enemigo común: la historia de la humanidad. Cómo hablan, cómo sonríen, montan a caballo y disparan, cómo portan el sombrero: la naturalidad es asombrosa, sobria. Obviamente, los amantes obligatorios de la esforzada intensidad interpretativa de un Brando nos vendrán a decir que Scott y McCrea no son buenos actores. Pero hablo de lo que siento viéndolos en acción, identificándome; se percibe el relajado hechizo de la complicidad, algo que se ve y se siente muy pocas veces. De manera seguramente impropia, termino esta pieza, corta de ideas e ínfima de análisis, con dos párrafos sobre la felicidad (en “Siete paradas en el laberinto de la felicidad”, de A. Rovira, El País Semanal, octubre de 2007):

 

Pero el escepticismo no es una buena base sobre la que edificar la felicidad; más bien es una parada necesaria en el camino de la sabiduría, nunca la estación final. La misma inteligencia que nos llevó a él debe devolvernos a la ingenuidad perdida no como un medio para alcanzar la felicidad, sino como un fin. Y es en esa ingenuidad donde, de repente, emergen la humildad y la gratitud, ingredientes imprescindibles en el viaje hacia del laberinto de la felicidad.

 

Si no hay tristeza, no puede haber compasión ni rebelión, y si no hay compasión ni rebelión, no puede haber verdadero impulso hacia la transformación.