PONTECORVO Gillo (1919-2006)

Kapò (1959: 7.0)

No está nada mal que nos lo recuerden cada cierto tiempo, y mejor aún desde una publicación de gran tirada (El Semanal, abril de 2007). Hay obviedades que, a fuerza de repetirse y de satirizarse, terminan convirtiéndose en estropajos que, más que limpiar, emborronan. Uno de estos clisés famosos es la “americanización” del mundo, tan innegable pero tan implantado que es difícil tomárselo en serio (pero ayer mismo, un día de mayo de 2007, a las diez y media de la noche, las seis cadenas de televisión “en abierto” estaban emitiendo series o películas norteamericanas).

Pues bien. Susan George, una de las figuras más reconocibles del movimiento anti-globalización, ante la siguiente consideración de su entrevistador, F. Goitia (mis “negritas”):

 

-Usted suele decir que Europa y EE.UU. están en guerra, que debemos conseguir que prevalezcan los valores europeos sobre el modelo americano. Parece que van ganando ellos, ¿no?

 

...Respondía:

 

-Me temo que sí. El modelo americano se extiende como algo ineludible; pero se trata de un capitalismo brutal con escasa o nula protección social... Hay principios, como los derechos humanos, la protección del medio ambiente, la salud pública, la educación, que no pueden ser barridos por la lógica del beneficio a toda costa, como ocurre en EE.UU.

 

Se le olvidó, a la valiente S. George, mencionar el cine. Donde, en efecto, van ganando ellos: el modelo americano con su rutilante lógica del beneficio a toda costa. Esto es también otra obviedad, pero escribámosla.

En este contexto de invasión legal, admitamos otro lugar común: a excepción de los escondrijos marginales, o a años luz del salvaje “prime time” de la televisión, es imposible ver una película como Kapò, del italiano Gillo Pontecorvo. No porque sea una obra extraordinaria, que no lo es, ni porque sea de “obligado visionado”, como suele farfullarse neciamente.

Pero sí se trata de un pedazo de cultura cinematográfica europea que se nos oculta o camufla para que sólo sepamos mirar de una manera. Hay gente respetable, intelectuales incluso, que siguen escribiendo, ¡los leo estos días!, que la única razón por la que triunfan las series y películas estadounidenses es porque aquí no sabemos “conectar” con el público. Mientras que ellos, los americanos, poseen un enorme talento y son grandes comunicadores, etc. Principios, estos, que podría firmar cualquier “team-leader” de la Fox, NBC, Time Warner o Disney, por cierto. No se trata de defender lo europeo, tampoco lo español, sin atender a razones. Pero cerrar los ojos ante la colonización, ¡aún creciente!, de nuestras pantallas por zafios productos de los USA es algo que no hemos de hacer y que yo, gran amante de mucho cine norteamericano genuino, tampoco haré, desde aquí...

Pontecorvo, ¡hablemos de Kapò!, utiliza una lente de aumento en su selección interesada e interesante de la realidad que filma y expone. Su dramatización de los hechos es pedagógica, cristalina, pulcra, pensada, al servicio de una límpida doctrina didáctica (¡de izquierdas!).

Sus tradiciones. Eisenstein, en los detalles de patetismo en rostros y actitudes preclaras (no tanto en el “montaje”), pero más aún Lewis Milestone (The North Star) o Elia Kazan (no el de América, América, el otro). E incluso algún Jean Negulesco (evidentemente, Three Came Home).

Otras referencias ya posteriores. Costa-Gavras (Z), Stanley Kubrick (¡Espartaco!), el guionista de Kapò Giuliano Montaldo (Sacco e Vanzetti) o Steven Spielberg (La lista de Schindler). ¿Ken Loach? Pues también, sobre todo el de La canción de Carla o la muy reprochable Tierra y libertad; aunque el británico sea más naturalista y anecdótico en “lo social”.

La realidad histórica será o no será compleja, pero en su plasmación cinematográfica se puede hacer atractiva para el gran público. Cumple, Pontecorvo, con este objetivo. No nos aburre ni nos marea al acercarnos e intensificar el drama del drama.

Los EEUU aún entonces, según vemos en el film, mantenían esa pureza positiva en Europa, en tanto en cuanto nos habían ayudado contra los nazis. Por la época de Kapò, hacia 1960, gentes como Godard admiraban aquella ética de resistencia y frescura. Por poco tiempo; luego vendrían las decepciones con su política exterior, Vietnam, las revueltas y un cine que no evolucionó como algunos (Godard, claro) habían esperado. Un cine que se convirtió en una tendencia, una imposición en países, hábitos y conciencias.

En todo caso, el Holocausto que nos presenta Pontecorvo contiene estupendos aciertos expresivos, y nos ayuda a debatir sobre la siempre espinosa cuestión de los individuos y las masas.

 

Es necesario y legítimo sacrificar a uno, para salvar a muchas otras personas.

 

Esta consigna es el drama final. Se lo dice uno de los soldados soviéticos al protagonista, Laurent Terzieff, horrorizado cuando descubre que la sacrificada será su amor, Edith, la joven de dieciséis años que interpreta Susan Strasberg sin dudas metódicas. ¿Necesidad, legitimidad, sacrificio? Tremendo asunto. La carnicería final, muy bien rodada, nos deja indefensos.