PONTECORVO Gillo (1919-2006)

La battaglia di Algeri (La batalla de Argel) (1966: 9.0)

Algo impensable (tras la muy pobre y obvia Operación Ogro y la mejor pero acartonada Kapò), pero me parece que Pontecorvo, un cineasta nada clásico ni, propiamente, experimental o radical, me va ganando para su causa. Al menos, claro está, para su causa argelina. La batalla de Argel es una espeluznante película de la que no hay escapatoria posible. Obra rodada con indiscutible dominio del espacio y de los tiempos (el ritmo, el vaivén narrativo) que nos inmiscuye y encadena para siempre al territorio de Argel, germen del terrorismo de ese país. Un terrorismo meridianamente justificado, por Pontecorvo, gracias a sus palabras y nítidas imágenes, en función de la situación colonialista que allí se vivía aún en los años cincuenta, con el ejército francés intentado campar a sus anchas, manteniendo el orden a duras penas mientras otro fenómeno comenzaba a caer por su propio peso: la rebelión de los argelinos más osados, llevando en volandas a los demás, decididos a emplear la violencia como única medida válida (para que la ONUse diera por enterada) para hacerse notar y que en Francia la gente supiera que la mayoría de los argelinos ansiaban la independencia.

No siendo, la mirada u objetivo de Pontecorvo, ecuánime (no se trata, ciertamente, de un Renoir o un Rossellini, acaso faros de la democracia cinematográfica), sí trata de mostrar las bazas, cautelas y armas de ambos bandos. Por un lado los argelinos, con su organización piramidal y los atentados progresivamente más crueles. Por otro, los franceses, primero con la policía contemporizadora y algo torpe y luego con el escuadrón de paracaidistas que les envían como refuerzo desde Francia, al mando de un teniente (o coronel, no recuerdo) extremadamente sofisticado y pragmático en técnicas y estrategias de guerra contra las guerrillas.

Es inusitado, escalofriante y magnífico cómo Pontecorvo nos va enseñando la preparación que los rebeldes van diseñando de sus ataques y maniobras (cómo las mujeres y niños colaboraban con la causa, con qué desparpajo, arrojo y astucia). Y, también, los cambios que se producen con la llegada a Argel de los paracaidistas, expertos en métodos de represión, como los usos admitidos de la tortura para conseguir informaciones sobre los diversos sectores y vértices de la pirámide que organizaba a los revolucionarios argelinos, ocultos en la “kashba”.

Ecuánime, ya digo, no es Pontecorvo, y seguramente tampoco “podía” serlo, dado que el sufrimiento parecía ciertamente mayor por el bando argelino. Sin embargo, el director italiano no nos ahorró tampoco extraordinarios y terroríficos planos de cómo los rebeldes preparaban un triple atentado con bombas (gracias a la colaboración de tres mujeres “camufladas” como occidentales), o un desesperado y horrible tiroteo desde una camioneta con el objetivo del tiro al blanco por las calles de Argel.

(Pontecorvo, eso sí, parece tocado por una varita mágica de inspiración cinética y por un impulso cierto para captar los sentimientos y razones de unos y otros, lo cual a mí me ha traído a las mientes la obra maestra de Elia Kazan América, América, que, siendo una película con otros temas y motivaciones, opino que comparte con la de Pontecorvo un núcleo duro de genial y dinámica captura de esperanzas e ilusiones, desengaños y parciales victorias)

Como ha señalado Hannah Arendt (Sobre la violencia, traducción de G. Solana), la violencia surge allí donde no hay poder: la violencia no es una manifestación del poder sino una fuerza opuesta que aparece, justamente, allí donde existe una carencia o debilidad de poder legítimo. ¿Y la rabia, representada en La batalla de Argel por los argelinos cansados del dominio francés (mis “negritas”)?

 

La rabia no es en absoluto una reacción automática ante la miseria y el sufrimiento como tales; nadie reacciona con rabia ante una enfermedad incurable, ante un terremoto o, por lo que nos concierne, ante condiciones sociales que parecen incambiables. La rabia sólo brota allí donde existen razones para sospechar que podrían modificarse esas condiciones y no se modifican.

 

Esta rabia “razonable” seguramente le llevó a Pontecorvo, cineasta militante de la izquierda, a realizar una película político-militar con trazos de documento. Una película inmortal en la que expuso con crudeza pero con un agudo y excelso sentido de la oportunidad “expresionista” (en los rostros, sobre todo) los manejos, ideales y deberes que se debatieron y pusieron en práctica durante los estallidos de  violencia originados por una revolución y una represión muy bien orquestadas. Valga añadir, en todo caso (por si Tarantino, Bush o el director de la cadena Fox me estuviesen leyendo, entre cachete y cachete), y siguiendo a la admirable Arendt, que: “La práctica de la violencia, como toda acción, cambia el mundo, pero el cambio más probable originará un mundo más violento”. Lo cual parece un dictamen profundamente pesimista, pero que bien podría ser la realidad de “lo que hubo”, “lo que hay”, “lo que ocurre”, “lo que sigue pasando”, etc.