POTTER H. C. (1904-1977)

Second Chorus (Al fin solos) (1940: 6.0)

Hoy día las nuevas generaciones, y no tan nuevas, ven en Fred Astaire a un señor “que pierde aceite”. Está lejos de ser un seductor, no es ni atractivo ni viril, no se parece en nada a Brad Pitt, Benicio del Toro o Javier Bardem, no es guapo, moderno ni “cool”, no es duro ni marca paquete, no viste vaqueros y encima se pone a danzar a la mínima ocasión que se le presenta, un baile que no es sexy ni chabacano, no es sudoroso ni caliente; lo dicho, que Astaire es un “gay”.

Y hablando de sus bailes, lo cierto es que Astaire no necesita justificación para comenzarlos, él es su “own boss”: él mismo crea la ocasión, comienza a zapatear y se convierte en el centro de atención. Habría que poner a nuestras nuevas (y no tan nuevas) generaciones en situación, sobre todo en un momento en el que el musical prácticamente ha desaparecido y sus restos (tipo Moulin Rouge) no contienen la hazaña de saber integrar los números bailados o cantados dentro del especio cinematográfico, sin hacer trampas ni cambiar de plano tres veces por segundo, ni ser “contemporáneos” como lo es siempre Madonna.

Así pues, Fred Astaire, que aparece en películas tan dispares como Señorita en desgracia (1937, Stevens), Bodas reales (1951, Donen), Papá piernas largas (1955, Negulesco) o La hora final (1959, Kramer), por no nombrar sus éxitos grandiosos con Ginger Rogers (Swing Time, Top Hat, etc.), es el actor principal de Al fin solos, película de la Paramount que coprotagonizó con la siempre estimulante Paulette Goddard, que se adapta tanto al cine de intriga como al melodrama, sonriendo y sin preocuparse, una gozada de mujer nada “fatal”.

Astaire y Burgess Meredith hacen de universitarios perpetuos y talluditos: su objetivo es suspender todos los años alguna asignatura para tener que repetir curso y poder continuar en la banda musical universitaria. Unos higiénicos gamberretes, Burgess y Fred. Second Chorus, en este sentido, se beneficia de la música de Artie Shaw y su orquesta; el propio Shaw hace de sí mismo en un papel a la medida en el que ni siquiera se despeina. Volvamos a Astaire: qué gracia, qué esplendor de agilidad y alegría, de levedad y buen humor. Ya está dicho: hoy eso no es “cool” ni “guay”, pero qué bien haríamos muchos en aprender de esa positiva actitud, ya que sus aptitudes no se nos pegarían ni pidiéndoselo al genio de la lámpara.

Conviene insistir en cómo, en aquellos momentos, hacia 1940, el personaje negativo más frecuente en las películas era aquel que estaba únicamente interesado en el dinero, el beneficio, la ganancia, por encima de la compasión, la amistad, la generosidad, los comportamientos más humanos (o humanitarios). Un buitre, un tacaño del que era aconsejable mofarse, y así lo hacían los actores en las películas, seguramente animados por el director y protegidos por la productora. Eran tiempos de capitalismo con rostro más humano mientras que, hoy día (siglo XXI, junio de 2008), quien admite que sólo busca el dinero o que con el dinero no se juega (influido por tantas series de televisión norteamericanas: la porción ideológica nuestra de cada día), o quien no lo afirma pero actúa como si fuese así, obtiene la comprensión y hasta la admiración de casi todos, potentados y (lo que es peor) pardillos.

Second Chorus es un poco fastidiosa, inferior a una película a la que me recuerda, El arca de oro, también con Goddard (1941, Marshall); abundan los comportamientos infantiles, y las supuestas bromas pesadas que se gastan entre Astaire y Meredith para obtener el favor amoroso de Goddard resultan más bobas que brillantes. A todo esto, insisto, a Artie Shaw todo parece importarle un pepino: la película, la gente, la Goddard, ¡hasta la música!; su único objetivo en Al fin solos es no despeinarse, ¡y lo consigue!; un aplauso para el mago Potter.