POWELL Michael (1905-1990) / PRESSBURGER Emeric (1902-1988)

Black Narcissus (Narciso negro) (1947: 8.5)

-Notas dispersas a partir de una película de Powell y Pressburger.

-Zurbarán, el último Fritz Lang y más el primer Dreyer que el postrero. El indio S. Ray y Renoir (el Garci de Canción de cuna). Wes Anderson y su hilarante tontería india con Owen Wilson, pero son distintos perros y collares opuestos.

-Estética y medida en sus planos, impresionante en sus artificiosos paisajes: casi todo se antoja artificial o demasiado brillante, o será eso el hiperrealismo y su función prácticamente cegarnos.

-Autores extremadamente cuidadosos y cuidadosamente extremos: estoy midiendo las palabras estéticamente mientras pienso y escribo, escribo y pienso en mi función. Formas, colores, Pressburger y Powell (como decir Jerry y Tom o Blas y Epi) aman su arte y no desdeñan la artesanía, son orfebres que aspiran al arte sin pagar peajes glamourosos.

-Planos como pinturas; manierismo; descartar la naturalidad y el clásico balance de blancos, equilibrios y humanidad, porque Powell y Pressburguer aspiraban a un cine alejado de su tiempo y su espacio, bello en su puesta en escena, esa que privilegia la figura, el rostro y la expresividad de los humanos, los privilegia tanto que se puede saltar a la torera, este cine, normas convencionales de composición y de orden de factores, en pos de la mueca de labios y ojos, esa mirada entregada, desdichada o turbia, al borde de algún abismo.

-El otro privilegio: los entornos arquitectónicos, escultóricos y pictóricos. Un cine que más que narrar con solidez, orden y eficacia, se invita a sí mismo a caer en hermosas e imprevisibles tentaciones, esa creación, delante de la cámara, y captura, tras ella, de imágenes concretas, nítidas, en escorzo tantas veces, el mencionado Zurbarán arrebatado en pose y éxtasis tras un violento cruce con Tintoretto.

-“Primitivos indios”, se dice en el film. La presencia anglosajona, una cruzada o misión, o una labor útil y desinteresada, o una sección en la labor colonizadora en la India.

-El atractivo del viril David Farrar (el impertinente Mr. Dean) clama al Cielo, con perdón: su pecho y piernas al descubierto, el vello pidiendo marcha, lozanía frente a unas monjas presas de una pálida religiosidad (pálida en todos los sentidos).

-Escribí hace unos años (ver) sobre Las zapatillas rojas: “La concienzuda preparación de una obra de arte no tiene por qué significar el asesinato de la magia; por contra, puede constituir un cimiento sólido que predisponga a la magia para irrumpir inesperadamente; a través de las ausencias, de la elipsis creativa, de la sutileza del cine pudoroso, a través incluso de los decorados majestuosos (artificiosos, ¡por supuesto!), mediante la fantasiosa y trabajosa inventiva de los números musicales y las interpretaciones sentidas de los actores, además de la cooperación comprometida del espectador sensible (sensibilizado, ¡por supuesto!)”.

-Decíamos ayer: puesta en escena rota por insertos, caras, ojos que miran, alguien que es mirado, qué intensidad, que irresolución. Qué picados: la grandeza del Creador y los creadores Powell y Pressburger, que sabían dejarse ver.

-Interludios artísticos (que reflejan el carácter de algún personaje). Deborah Kerr recuerda su pasado, antes de convertirse en monja (no es lo mismo que hacerse secretaría o fontanera), aquel finalmente inviable amor suyo por un joven de su aldea irlandesa, un pasado no tan lejano, ella ya era una bella muchacha de ojos vivarachos en edad de hacerse querer; años más tarde, su tarea como monja la obligaría a ocultar, reprimir esos ojos anhelantes.

-Si a muchos de los sobrios, emotivos y hondos momentos de McCarey o Stahl les encomendamos unos brochazos del estilo pictórico de Gauguin y del melodrama semi-kitsch de Sirk, por ahí encontraremos este Narciso negro.

-Naturaleza no muerta sino vivísima, plenitud. La fuerza de los elementos que, más que constrastar, intensifica la elocuencia de la mirada de Kerr, que trae al presente un pasado idealizado, y se vale para ello de muchas y enigmáticas magdalenas de Proust, Powell y Pressburger, que crecen y surgen, como las uvas, en racimos en ese lugar encantado al que ha ido a parar su compañía, esa India tan elevada, misteriosa y ventosa. El viento remueve los hábitos y la memoria, causa desazón, lleva el desconcierto.

-En tal entorno, la vida monjil se hace complicada: o se es como el Sr. Dean (sensual, vividor, blasfemo) o como el hombre santo que no habla y se dedica a meditar las veinticuatro horas del día. Las pasiones se desatan, porque humanos somos y es más fácil caer como Mr. Dean que ser un anacoreta a jornada completa: rima como del “landismo” que no pega ni con cola con el cine de Michael y Emeric, dos tipos conocedores hasta la extenuación del poder indómito del plano como conquista metodológica y total, unidad de representación de emociones y pasiones humanas (recordé alguna película de Torre Nilsson, lo admito): bondad, alegría, celos, excesos, dudas torrenciales, y torrencial (desde su aparente quietud retórica) es este cine de atmósferas irreales y factura artística irrenunciable (desbocada, afilada, de contrastes y aristas y extravagante armonía menos de Mizoguchi que de Sirk).

-Black Narcissus es una estatua de potente originalidad, esbelta y personalísima, de dos creadores de luces de crepúsculo y sombras de orfebrería al amparo de un consciente ojo cinematográfico, empeñado en captar y diseñar un muy pensado melodrama, sugerente y de pesadilla, de deleites, rabias y tensiones; uno de cuyos momentos más asombrosos es cuando presenciamos, como un milagro de la naturaleza (un milagro siempre posible), cómo la Hermana Philippa, encarnada por Flora Robson, sufre una repentina metamorfosis, se suelta la melena, se viste de mujer y se pinta los labios, y de patito feo se convierte en ardiente y exuberante hembra con hambre de vivir las delicias de los hombres. Un momento que vale por una película entera, un “shock” como muy pocos (recordé Vértigo), en una obra visionaria, terrorífica al final, riquísima y que sublima con poca mesura los riesgos de la emoción a flor de piel. La piel del espíritu, la flor del espíritu. Y el espíritu que, pese a sus conquistas, se termina por reconocer vulnerable: rendición o huida. Y Deborah Kerr se nos iba.