PREMINGER Otto (1906-1986)

Fallen Angel (¿Ángel o diablo?) (1945: 8.5)

El local en el que da en caer Dana Andrews (el ángel caído), tras bajarse del autobús al inicio de Fallen Angel (¿Ángel o diablo?, ridícula traducción española), es una frontera de hombres misteriosos que se hacen compañía al amparo de una “femme fatale”, y por eso me acordé de inmediato de El muelle de las brumas de M. Carné.

Pero aquel romanticismo francés de niebla, disparo y destino trágico no casa con la mayor precisión y desarbolante nitidez de Preminger que, en Fallen Angel, le ofrece al sufrido Dana Andrews una digna vía de escape.

No será, acaso, la felicidad soñada, pero sí será, su vida con Alice Faye, una balsa de aceite. Con la más explosiva Linda Darnell, las cosas (dulces), como reconoce en la película el duro pero conmovedor personaje de Andrews, habrían durado un par de semanas, no más. Una pasión sin futuro, destinada a partirse y a celebrar su sufrimiento. Además, la Darnell era objeto de amores abrasivos: todos los hombres que frecuentaban el bar donde ella servía café y comidas la deseaban con mayor o menor vehemencia, todos de manera obsesiva y posesiva, ¿y cuántos no habrían llegado a matar o matarse por ella?

Conste que esa vía de escape, la que supone, para el pobre farsante nato Andrews, la serena solterona Faye, seguramente no se la habría ofrecido F. Lang, de haber sido suya la película. Pensemos que Scarlet Street, del mismo año 1945, o La mujer del cuadro, de un año antes, eran también  historias “negras” de una obsesión por una mujer: los deseos humanos se hacían tortuosos y conllevaban el descenso a los infiernos del desgraciado e ingenuo protagonista Edward G. Robinson.

En su apuesta por el final feliz, en este sentido, Fallen Angel se emparentaría más lealmente con The Blue Gardenia, obra posterior y más relajada de Lang, que también incluía un asesinato y muchas dudas sobre la personalidad del asesino (asesina): pero añadía una resolución abierta (tras inventarse a un asesino en la última curva) hacia el futuro. En pareja.

De todas formas, en Fallen Angel el amigo Andrews tiene poco que perder y mucho que ganar. En realidad, es una oveja negra en la pequeña sociedad en la que intenta echar raíces; conocer primero a Darnell y luego a Faye le permite replantearse la vida. No puede continuar a perpetuidad como representante de videntes y espiritistas, sacando dinero de aquí y de allá: ha de sentar cabeza, lo que coloquialmente se llama en inglés “get a life”. Así se siente Andrews a la “anciana” edad de, suenan tambores... ¡30 años! ¡Cómo han cambiado las cosas! ¡Si es que ahora a los 30 andan casi todos andan enganchados a la PlayStation y los “chats”!

Convengamos en que la cuestión no era fácil; cuando tiene lugar el crimen, Andrews decide escaparse, inseguro de sus fuerzas: durante toda su existencia ha debido salir por piernas de decenas de apuros y ha recibido abundantes palos. Y, encima, él, pobre diablo, es el principal sospechoso del asesinato por ser quien es. Casi me recordó, salvando amplias distancias y actitudes cinematográficas, al personaje de la anti-heroína C. Towers en The Naked Kiss (que realizaría dos decenios más tarde Fuller), luchando por dejar atrás un pasado oscuro como mujer de la calle y por aprender a ser otra persona, integrarse, ser útil y feliz.

En todo caso, Fallen Angel pertenece al magnífico género o subgénero del “film noir” norteamericano. Sólo un año antes el propio Preminger había dirigido la grandiosa Laura, a cuya sofisticación y alcance emocional no llega, claro está, ¿Ángel o diablo?. Fallen Angel se alinearía mejor con obras como Callejón sin salida de Cromwell (1947), otra historia “negra” de mujer fatal y hombre atrapado (allí Bogart ponía su rostro a la causa de la fatalidad), o incluso como Detour, de Ulmer (1945), en la que otro hombre solo (T. Neal), un eterno fracasado, encontrará, en un recodo de su divagar por el siniestro mundo, una mujer de la que se enamorará sin opciones de alcanzar la estabilidad y felicidad famosas. Pretenciosos entes, ¡deduzcamos!

¿Ángel o diablo? Preminger fue más lo primero que lo segundo, pero siempre optando, en su acercamiento al objeto, al guión (aquí excelentes diálogos de Harry Kleiner), por una complejidad muy lejana de los cuentos de hadas o la ingenuidad beata. Rasgos de estilo de este Preminger, o acaso de todos, serían una rigurosa depuración formal al servicio de sus actores y del perfil de la historia, una elegancia manifiesta en la caracterización de sobrias atmósferas y conflictos psicológicos (ver Whirlpool) y, por último, una maravillosa “fisicidad” (como apuntaba siempre Garci en el añorado Qué grande es el cine, a propósito de los clásicos norteamericanos de los años cuarenta y cincuenta). En efecto: este cine es muy grande.