PREMINGER Otto (1906-1986)

Where the Sidewalk Ends (Al borde del peligro) (1950: 9.0)

Cómo me gusta este cine. Y cómo logro identificarme con el duro Dana Andrews: sobre todo el Andrews del cine negro premingeriano, el de Laura (1944), Fallen Angel (1945) o la película que acabo de ver, la excelente Al borde del peligro (1950). También el de Los mejores años de nuestras vidas (Wyler) y los westerns, por supuesto; y disfruto mucho menos con el bélico de The North Star (1943) o A Walk in the Sun (1945), ambas dirigidas por el, en general, sobrevalorado y cansino Lewis Milestone.

Where the Sidewalk Ends empieza con una acera (“sidewalk”) y los títulos de crédito estampados en ella, más una atractiva y silbada melodía. Un inicio inmediato, sin adornos ni afectación, directo al corazón de una historia americana sin barras ni estrellas. Un inicio que encandilaría a los jóvenes de la Nueva Ola francesa, comprensiblemente. Y a mí.

Un “film noir” de detective curtido en mil batallas, despreciado por sus compañeros y que anuncia al Harry el Sucio que se toma la justicia por su puño; un policía al que sólo el amor sacará del atolladero en que se mete, un asesinato más o menos cometido de manera accidental, aunque nunca se sabe. Será el amor de la preciosa Gene Tierney, experta en malas compañías, un amor de una mujer que se anuncia, en futuro imperfecto, al final de la película, cuando Andrews se encamina (tras su valiente confesión) a la cárcel. El amor como único requisito y bondad para seguir viviendo, como única ilusión: lo demás son dudas, crimen, complejos, infelicidad, descrédito. El amor como calmante porque el mundo es un lugar tenebroso y el pasado se hace presente todo el tiempo, anudando una soga al cuello del reo (Andrews) como un férreo determinismo genético, familiar, social. Pero el amor de una mujer puede con eso y con todo: es suficiente con una promesa para tener ganas de vivir (“something to live for”, como dice Andrews al final del film).

Se enmarca Al borde del peligro con nitidez, dentro de la obra de Preminger, dentro de un género negro que, por ejemplo, en ese mismo año nos dejaba también Muerto al llegar (Maté), con otro hombre que se pasa la película persiguiendo a tipos desaconsejables y siendo perseguido por sus fantasmas. En Preminger, no obstante, y al contrario que en el mejor Lang, hay vía de escape; como en Fallen Angel, hay final feliz: el mentado amor, la estabilidad y dulzura futuras. He pensado en On Dangerous Ground (1952), el peliculón de Nicholas Ray en el que otro policía duro y violento, Robert Ryan, se veía inmerso en una pesadilla de la que sólo podía emerger encontrando una salida moral (como la confesión de Andrews en Where the Sidewalk Ends) y, al mismo tiempo, sentimental: un viaje hacia el amor verdadero, sin látigos.

Es peligroso lo que este cine milimétrico de Preminger, y de otros, deja traslucir sobre un país y un sistema, pues ese “all you need is love” acalla o suaviza un paisaje agresivo, corrompido y por el que, parece, incluso no merecería la pena luchar (al contrario de lo que señala Morgan Freeman en Seven). Sólo guarecerse entre las sábanas, al lado del ser querido.