PREMINGER Otto (1906-1986)

A Royal Scandal (La Zarina) (1945: 4.0)

NADIE ES PERFECTO. Ni siquiera Preminger. Aunque la irrelevancia suprema en la que se mueve La Zarina, de echársela en cara a alguien, acaso habría de ser a Lubitsch, productor de la película y director de la misma en su inicio, no sé hasta qué minuto o escena.

JUICIO AL GRAN LUBITSCH. Un Lubitsch del que, por cierto, yo únicamente conocía hasta hace unos siete u ocho años esa maravilla que es El bazar de las sorpresas. Pues bien, aunque esto suene a blasfemia, he de admitir que 1) pese a los momentos brillantísimos de Ser o no ser y de Ninotchka, sobre todo, 2) aunque he visto parte de su obra muda alemana (Quiero ser un hombre), 3) parte de su primer e inspirado cine en los EEUU (Un ladrón en su alcoba), 4) otras películas burguesas y famosas por su “toque Lubitsch” (Lo que piensan las mujeres) y 5) alguna de su última etapa (El pecado de Cluny Brown), ninguna se ha acercado a aquel clima íntimo y sentimental, mágico y divertido de El bazar de las sorpresas. Lo cual para mí, en fin, ha sido o sigue siendo una pequeña decepción (cómo decirlo: esperaba más de Lubitsch); corroborada ahora, vaya, por La Zarina, una obra en verdad sin chispa ni dinamismo, no tan tonta como (por señalar una realmente imbécil) El inspector general (Koster), pero sí en esa línea escapista e insustancial, repleta de un humor banal, plano e inconsecuente. Lubitsch (termino esta apostilla), desde mi raquítico parecer, no puede estar en ningún caso a la altura de gentes como Chaplin, Vigo o Ford, Walsh, Rossellini o Wilder, Hawks, Truffaut o Cukor, Hitchcock, Fuller o Mankiewicz.

Incluso a Ninotchka, quizá la de humor más celebrado, la veo demasiado atada a un molde indudable de ideología liberal y a una frivolidad ajena a males mayores; abrazando todo lo bueno del Imperio Norteamericano sin grandes notas a pie de página ni chistes de tendencia algo subversiva (que sí incluía Capra entre líneas, conste) que sacaran a las gentes de su inmediato psicologismo emocional, es decir: enmarcándolas en su sociedad con un poquito más de “punch” y menos miramientos para con los millonarios y poderosos (y muy orgullosos de serlo, por cierto).

CÓMO ES POSIBLE, PREMINGER. Cualquiera puede errar, y posiblemente Preminger, que acababa de estrenar la extraordinaria Lauray que ese mismo año rodó la magnífica Fallen Angel, se tomara un respiro con A Royal Scandal o se sintiera obligado a tomar las riendas tras dejarla Lubitsch, sin notarse en ningún momento cómodo ni con ganas. Porque en este film no reconozco a Preminger, poco hay de sus grandes virtudes de puesta en escena y excelsos (y significativos) movimientos de cámara, poco hay de sus dilemas morales y sus claroscuros emocionales. El gigante Preminger, el de la mencionada Laura y Anatomía de un asesinato, obras maestras, las estupendas (ya mentada) ¿Ángel o diablo?, Vorágine, Al borde del peligro, Angel Face o El hombre del brazo de oro. El Preminger sorprendente de Carmen Jones o Buenos días, tristeza, el a ratos sublime y siempre emocionante de El cardenal y de El factor humano. Sólo Éxodo me había parecido, hasta ahora, sensiblemente inferior a las demás; pero hoy (febrero de 2009) la irregular y un tanto “pastel” Éxodo ha sido desbancada sin ninguna dificultad por La Zarina: una película no tanto fallida como rendida, cine de calidad y de papá, como decía Truffaut. Un cine que quería desatascar sus rancias tuberías con ligereza desmitificadora y un absurdo humor sin mordiente, y que naufragaba por todos los lados e invitaba, la verdad, a pulsar el botón de “stop” en el mando a distancia, que para eso está, para salvarnos de obras insípidas.

REPITO: NADIE ES PERFECTO. En fin, qué le vamos a hacer. La vida sigue. Seamos humildes. Mi lista de intocables me demuestra que incluso ellos (y desde mi seguramente confundido punto de vista) tienen días menos buenos, películas impropias o, al menos, más huecas, alimenticias o fofas. De Fellini es Giulietta de los espíritus, de Ozu es Ukigusa Monogatari, de Ford es The Sun Shines Bright, de Bergman es Gritos y susurros, de Wyler es Vacaciones en Roma, de Ophüls es Lola Montes, de Buñuel es La ilusión viaja en tranvía; de De Sica es Estación Términi, de Anthony Mann es Sentencia para un dandy, de Pasolini es Medea, de Peckinpah es La cruz de hierro, de Berlanga es Moros y cristianos, de Antonioni es El reportero, de Kurosawa es Kagemusha; de Ripstein La vírgen de la lujuria, de Almodóvar Kika, de Malick El nuevo mundo, de Woody Allen Vicky Cristina Barcelona. Por ejemplo; y qué le vamos a hacer.

CINE ANTIDISTURBIOS. Este cine de época (siglo XVIII) sobre la emperatriz Catalina la Grande y acerca de inviables rusos que hablan en inglés y traman traiciones novelescas no contiene ni un atisbo de verdad o misterio. Este cine sobre entumecidas intrigas palaciegas y amoríos a medio camino entre lo soso y lo empalagoso, me tira para atrás. Contra Hitler, Lubitsch creaba mejor. En cuanto a Preminger… Pues no sé, la verdad, qué pensar de Preminger en este caso. Sólo sé que esta película de alfombras y corsés, de estatismo y pelucas, presa de un humor y un amor de opereta aristocrática y reaccionarios bordados sardónicos, me congela la sonrisa, incluso cuando consigue ser ligeramente gracioso.

Me ha ocurrido recientemente de manera parecida, no sé por qué, cuando leí en El Semanal (febrero de 2009) una divertida respuesta de Albert Boadella (que parece andar suscribiendo durante estos años el sarcástico eslogan de “siempre hay un camino a la derecha”: acaso en compañía de gente admirable, qué estará ocurriendo, como Espada, Savater, incluso Azúa o Muñoz Molina), en una entrevista de D. Benedicte, que pregunta al cómico sobre lo de siempre, que si contra Franco se vivía mejor, etc. Dice Boadella:

 

Nos divertíamos más, eso sí. Aparte de los cuatro pobres desgraciados que lo pagaron con la cárcel o con su vida. Que fueron una minoría. Pero el resto nos divertíamos más. Corríamos delante de antidisturbios con problemas de obesidad. Ahora están muy bien entrenados. Pero en mis tiempos no.

 

Me río pero poco. Me río pero menos. Me río mal.

El cine de reyes y bufones me molesta si no contiene una, al menos, implícita condena al poderoso ensimismado, y un lúcido, aunque sea tímido, retrato realista y solidario de los débiles, desposeídos, los que sufren. Esos cuatro desgraciados. Esos cuatrocientos golpes. Un retrato que pueda ser testimonio y abrazo.

Porque, vamos a ver, señores creadores: ¿a cuento de qué viene eso de ponerse a las órdenes de una anacrónica Zarina?