RAY Bernard B. (1895-1964)

Buffalo Bill in Tomahawk Territory (Búfalo Bill en territorio Tomahawk) (1952: 5.0)

Western de los gloriosos años cincuenta, Búfalo Bill en territorio Tomahawk combina variados registros, gran diversidad de planos y encuadres (¡no estoy de broma!) y una historia algo original, creo yo.

Resulta que unos hombres blancos encuentran oro en territorio Sioux y, para evitar que estos indios lleguen a acuerdos amistosos con el gobierno de los EEUU, se visten ellos (los blancos) de indios y comienzan a atacar  convoyes y diligencias blancas. ¿Con qué fin? Pues ya se sabe, para boicotear la negociación, crear un clima de crispación y hablar solamente en solemnes términos de victoria y derrota (ay, escribo en abril de 2007, ya sabemos, en España, por dónde van mis tiros...).

Ese rasgo del disfraz y el disimulo es típica, la verdad, de películas del Oeste de los años treinta, sin duda ingenuos ingenios al servicio de un público entregado de antemano. En los cincuenta, vaya, aunque no todos se hubieran enterado, había directores como Anthony Mann, John Ford, Howard Hawks (¡palabras mayores!) y varios otros realizando obras imperecederas y complejas dentro de este género.

En todo caso, no seamos negativos: cabe felicitar al compadre Bernard B. Ray (de tan ilustre apellido para los cinéfilos, ¡y nacido en Moscú, según las fuentes!) por haber, dentro de sus deficiencias y simplezas, transitado rutas originales en la caracterización de los personajes, para enriquecer una trama que se integraba obligatoriamente en la fórmula del plano western.

Estas rutas son, cuanto menos, curiosas. A saber: hay trozos que parecen de documental o reportaje, como el inicio, en el que el narrador y las imágenes presentan aquel período de la historia americana en el cual el “Go West” era la divisa favorita para los aventureros y muchas personas decentes, además de para bastantes fracasados y numerosos pillos. También se observa, este talante “objetivista”, en la arenga belicista que le dedica a sus hombres Nube Blanca, el jefe Sioux. “Chief” Yowlachie, que lo encarna con más ínfulas que carisma, cuando aparece en pantalla es como si viniera a decir, como Umbral, “yo he venido aquí a hablar de mi tierra”.

Y está presente un divertido aspecto de anti-narración documental, en el interludio musical de The Broome Brothers, que tocan y cantan de cara a la cámara, frente al espectador, sin mayores disimulos. Era el momento, colegimos, en que el espectador podía relajarse unos minutos y reírse con las tonterías y canciones de estos simpáticos músicos comediantes.

Por otro lado, las escenas o secuencias (¡cualquiera las distingue aquí!) de acción están rodadas de manera bastante desmañada; alguna incluso, como una pelea entre el héroe Buffalo Bill y uno de los malvados hombres blancos, es francamente ridícula: no adivinamos si están luchando, si bailan, si tropiezan entre sí, o qué coño están haciendo esos tipos, en teoría, tan rudos, viriles y agresivos.

Clayton Moore, ya no me aguanto, es el actor que encarnó aquí a Buffalo Bill; y lo hizo sin despeinarse, sin llevarse un mal rato, a caballo entre los blancos y los indios, sin decantarse con claridad ni entusiasmo. Esta incertidumbre, que podría confundirse con decencia, rectitud o un perfil dialogante, yo la achaco más bien a conflictos interiores de tres pares de narices o a melopeas del amigo Moore; del que no sabemos, como cantaba Perales, a qué dedicaba su tiempo libre cuando colgaba el disfraz de Buffalo Bill en el armario.

Y finalizo: según leo en la siempre interesante Internet Movie Data Base, la película de más popularidad en la carrera de Clayton Moore fue Black Dragons, en la que el protagonista, el gran Bela Lugosi, hacía de médico nazi que camuflaba a japoneses en pellejos americanos... ¡Cuántas joyas por descubrir, Santo Cristo!