RAY Nicholas (1911-1979)

Party Girl (Chicago años 30) (1958: 8.0)

Robert Taylor, demagógico y astuto abogado de criminales, elegante y cojo, se enamora de Cyd Charisse y decidirá sacrificar su ventajosa posición para vivir su amor con ella, intentando librarse de sus vínculos con los mafiosos, comandados por Lee J. Cobb.

 

-Yo la conozco poco –continuó él-. No tengo confianza en usted. He soñado algo que no me ha gustado.

-Pero ¿cree usted en los sueños? –preguntó ella sonriente.

-Yo no creo en nada –contestó Beaumont-, pero soy demasiado jugador para que no me afecten ciertas cosas.

 

Cyd Charisse, guapísima y en todo su esplendor, baila en un antro en el Chicago de la Prohibición, baila ligera de ropa y a todo color, sensual y enseñando su magistral espalda y sus  magníficas piernas, y se enamora de Robert Taylor cuando comprueba que él se vende también por dinero: no su cuerpo y su arte sino su astucia e intelecto.

 

Janet sollozaba.

-Le odiaba –dijo, y después de haberle acusado erróneamente sigo odiándole. ¿Por qué sera, Ned?

-No me plantees enigmas –replicó él con un ademán impaciente.

-Y, en cambio, a ti, que me has engañado, que me has dado este terrible disgusto…, no puedo odiarte.

-Más enigmas.

 

Lee J. Cobb, jefe del clan, imprevisible como Cagney o Edward G. Robinson en las películas clásicas de género negro, cuenta con Taylor para defender en juicio a sus matones, y no quiere permitirse el lujo de que alguien de su talento (de Taylor) le abandone y deje el “negocio”. Será capaz de todo, incluso de verter ácido sobre el rostro de Cyd Charisse.

 

Beaumont hizo un ademán de asentimiento.

-La cosa requiere paciencia y energía –dijo-, pero es el mejor medio de salir del paso; estoy seguro.

-Paciencia y energía son mis únicas cualidades –dijo Madvig con tristeza-. Nunca fui hombre de talento.

 

Nicholas Ray o el cine por encima de lo real, el cine como ficción total y como respuesta fantasiosa a los envites del día a día. Pinta, Ray, un amor conquistado y luego amenazado, Ray y el sublime movimiento de los cuerpos, el rodar para captar elocuencia en las excitantes o enfermas piernas y en las penetrantes miradas, así como en los brazos violentos y las palabras que van al grano. En Ray, el mayor o menor acierto en la resolución del conflicto es secundario. En Ray la verosimilitud dramática y la complejidad de los desahogos agresivos son subalternas. En Ray prima la imagen como puesta en escena o “puesta en estilo”, el color y el movimiento fundiéndose para crear un mundo alternativo al mundo que está fuera de la pantalla. Véase el desenlace del film, la muerte de los malhechores, cómo se salvan Charysse y Taylor, pura suerte o puro juego de Ray, que finiquita el drama de dos vibrantes brochazos ya que lo que quería contar ya lo había contado y el final feliz (aquí sí) se acercaba, mejor no hacerlo esperar. Por si acaso. Charysse y el ya menos cojo Taylor podrán disfrutar del amor en libertad, sin temer por sus frágiles vidas. De momento: es el “the end”.

Hombre de inmenso talento (acaso le faltaran paciencia y energía) para captar “lo cinematográfico”, las imperfecciones de sus tramas son enigmas tanto o más fascinantes que sus aciertos narrativos en la recreación de historias más o menos convencionales; historias diseñadas por este romántico que quizá no creyera en nada salvo en el propio cine, su cine, grande o más pequeño, como Chicago años treinta (Party Girl).

 

(Las tres citas de más arriba pueden leerse, si se desea, en la novela La llave de cristal, The Glass Key, de Dashiell Hammett, traducida a un divertidísimo castellano por Manuel Torrente)