ANDONOV Metodi (1932-1974)

Kozijat Rog (Cuerno de cabra) (1972: 8.0)

Durante la última semana he estado inmerso en dos conversaciones muy similares en torno a los seriales de televisión (o descargables de Internet): con los que disfrutaban, en la primera conversación, dos compañeros de trabajo y, en la segunda, dos amigos de siempre. En ambos casos se ensalzaban los audiovisuales norteamericanos recientes, sus historias, guiones, originalidad, actores; en detrimento del cine o de las series españolas. Series como Mad Men, Lost, Desperate Housewives, The Wire, CSI, Heros, y varias otras cuyo nombre no he retenido, salieron a relucir. Poco intervine yo en las dos animadas conversaciones ya que, la verdad, no suelo ver ficciones en televisión y no me suelen entusiasmar las series, que me tienden a parecer (cuando he visto más de un episodio de cualquiera de ellas) repetitivas, clónicas, convencionales y, en general, violentas y “americanas” en exceso.

En el primero de los diálogos (yo casi mudo ante mis nuevos compañeros de trabajo) me apetecía meter baza y, en fin, apuntar que cómo se puede uno conmover tanto y alucinar tanto con esas series... Así como si fuesen la gran panacea de “lo mejor (en el mundo de la ficción audiovisual) que hay en el mundo” (eso venía a decir, tristemente, El País Semanal hace pocos domingos: parecía publicidad gratuita de tales series), cuando, vaya, estos chicos seguramente no conocían ni a Nani Moretti ni a Cantet ni a Cesc Gay, ni a Béla Tarr ni a Carax ni a Guerín, por escribir directores que me salen aquí y ahora. Pero no dije nada. Ahora bien, con mis amigos de toda la vida, y cuando ellos andaban lanzados, extasiados ante Mad Men o, una vez más (ya cansa), The Sopranos, yo salté: “Eso es porque no habéis visto Cuerno de cabra”.

Kozijat Rog es cine búlgaro de los años setenta, nacido con el impulso y la liberación de las nuevas olas de unos pocos años atrás. Sus actores principales se llaman Katia Paskaleva y Anton Gorchev (al menos, que sus nombres estallen contra el cristal de mi portátil). Y me habría gustado añadir, ante mis perplejos amigos (que seguramente volvieron a verme como al turbio elitista alejado de lo que se cuece), que, a ver, Cuerno de cabra no es una película ni especialmente bonita ni interesante, no es necesaria y tampoco importante, no es excitante ni, menos aún, impresionante y, desde luego (y por fortuna), no contiene ninguna autopsia ni ninguna hamburguesa. Porque Cuerno de cabra es, sencillamente, parte de un arte llamado cinematográfo y, dentro del mismo, parte de los cines nacionales, y europeos en concreto, que se desarrollaron, como señalamos arriba, en esos atractivos años.

Cuerno de cabra es en blanco y negro y podría ser muda, un Nanook búlgaro de la década de los setenta. Es una tragedia rural, sin maquillajes, su hermosura proviene de la desnudez, su esencialidad, la brutalidad de unas épocas sin justicia; unos seres ignorantes, frágiles, eternos: Gorchev y Paskaleva. Kozijat Rog guarda semejanzas con el Bergman más tribal y ritual y tirado al monte, se me ocurre El rostro: imaginemos El manantial de la doncella con guión de Camilo José Cela. Pensé, de hecho, en la brillante adaptación de Ricardo Franco a partir de La familia de Pascual Duarte. Pero esto es un western búlgaro que transcurre en el siglo XVIII (o XVII) y que, curiosamente, contiene una misteriosa secuencia de hombres disfrazados y amenazantes que acaso influyera al niño Bayona (cuyo único objetivo, por lo que leo, es el que le adiviné en su momento: Hollywood) en su premiada e insignificante El orfanato.

Cuerno de cabra es cine diáfano pero fantasmagórico, violento y seco; en algún plano me recordó un cuadro de nuestro gran pintor Goya; cine que descansa, como tantos otros, sobre la ilustración de una venganza, que parte de una previa injusticia, la violación y asesinato de una mujer desvalida, perpetrada por una panda de bárbaros. La violencia es masculina. Qué maltrato, el de la mujer; pobres mujeres a lo largo de la historia, recogidas como testimonio en cine, en algún cine.

Nuestros protagonistas, Paskaleva y Gorchev (no los olvidemos), hija y padre, viven escondidos en los montes, como salvajes, y planean su venganza a golpe de cuerno de cabra, como dos Rambos búlgaros, rurales, sin ideales ni esperanzas… Hasta que ella conoce a un hombre guapo, trabajador y fuerte y se serena en la seguridad y la sensualidad del lecho compartido: ahí el film adquiere vibrantes tonos bressonianos, olmianos (de Olmi), diría yo (¿rossellinianos, incluso?), sin renunciar al dinamismo y la fuerza casi como de Kurosawa (pensé en Rashomon) y al perfil más Peckinpah, tan en boga en aquellos años.

La tuve que ver doblada, siendo un DVD para el mercado español: qué desconsideración, qué ceguera. Pero el blanco y negro recio y realista me venció para su causa, para su misterio, para su ley del más fuerte, para su definición en contexto del salvaje, el buen o mal salvaje, el que no sabe nada de nada pero siente y padece y no sabe a quién pedir cuentas.

Este cine, les debería decir a mis amigos, es aire fresco, y vida, en un panorama audiovisual inflado, reiterativo, esos homogéneos formatos eminentemente yanquis. La humanización de unas personas en un lugar y tiempo de cólera invita a la reflexión y a la desconfianza, con franqueza, sobre todo cuando se supone que todas esas series tan agudas van de listas, como si tuviesen ciertos temas o asignaturas ya pasados y aprobadas, y no mereciera la pena (¡tras ocho terribles años de Bush!) volver sobre ciertas cuestiones básicas. Más primitivismo, menos tontería actual, más sustancia radical echo yo en falta en la televisión, en Internet. Más redención, más amor, contra los determinismos que, eso sí, objetivan existencias hasta no sé sabe qué punto. Parábola sobre cómo los pobres se autodestruyen. Somos más búlgaros que americanos, aunque toda la propaganda de los últimos decenios nos haya hecho preferir un perrito caliente a un huevo frito, un parricidio. Mírenlos: somos más de Stoichkov que de James Wade, para que entiendan los profanos.

Metodi Andonov murió joven y desconozco si dejó un bonito cadáver. Rodó sólo cuatro largometrajes y nunca llegó a ver CSI, House o Six Feet Under. ¿Se perdió algo? Algo sí: pero nada del otro mundo.

Volvamos a los orígenes, a aquella Europa, y luego a esta Europa, y a su cine, y a Cuerno de cabra, ¡cuerno!