RENOIR Jean (1894-1979)

This Land Is Mine (Esta tierra es mía) (1943: 9.0)

En los primeros veinte o veinticinco minutos de Esta tierra es mía, los personajes buenos, es decir, los que no son nazis, emiten por sus bocas graves términos: sacrificio, respeto, libertad, verdad, dignidad, heroísmo...

Mucho ruido y... ¡muchas nueces! ¡Es que estábamos invadidos!

Complicado es que los jóvenes adultos de ahora alcancemos a entender el calibre de palabras, en teoría, tan solemnes, pero a la vez tan desgastadas como los rostros de las prostitutas maduras que un día fueron bellas. Porque This Land Is Mine, obra dirigida por uno de los maestros del cine, llamado Jean Renoir, no es una película juvenil, ni tampoco busca la complicidad ni el diálogo, ni pretende hacernos reír, menos aún eso tan famoso (y sólo en ocasiones necesario) de relativizar.

Algunos pordioseros intelectuales hasta creen que tales conceptos básicos son de derechas... El daño que a la izquierda le están infringiendo un montón de apóstoles del pensamiento débil (“pues la realidad es tan compleja...”), de la inteligencia necesariamente emocional (“pues dime con quién andas...”) y de la dicharachera cultura de las tendencias (“pues hay que estar a la última...”) es irrefutable y penoso.

Estamos en una época a la que asistimos, si seguimos a Vicente Verdú (marzo de 2007, El País), al “apogeo del parvulario”. Cito tres párrafos representativos del artículo de Verdú (mis “negritas”):

 

La puerilización del pensamiento se corresponde con la boyante industria del infantilismo, presente en el auge cinematográfico de los dibujos animados...

 

...el pensamiento olvida su posible amenidad sustancial en beneficio de las trifulcas de guarnición y superficie.

 

Mueren, por primera vez los intelectuales de peso coincidiendo con el ocaso de la intelectualidad y desaparecen los grandes maestros a la vez que el magisterio se acaba.

 

This Land Is Mine es un estupendo antídoto contra quejumbrosos catarros éticos de última hora y contra las tendenciosas perezas que, como los nazis de antaño, nos invaden “pacíficamente” (de las bombas al auto-bombo), invitándonos a sobrevivir y a mirarnos el ombligo. Y, si así actuamos (“ya sabía yo que eras un hombre inteligente...”), rindiéndonos, nos ganamos un caramelo de café con leche, como los nenes sumisos en el colegio.

Qué magnífica galería de estropicios, en esta película, por causa de la fragilidad, la cobardía, el egoísmo y el “ande yo caliente...”: la ocupación alemana, la sospecha del vecino, la quema de libros, el odioso colaboracionismo, la execrable delación, el realismo posibilista, los terroríficos bombardeos. Y el sabotaje. Y la resistencia.

(Me he acordado, en distintos puntos de la película, por un lado de Fahrenheit 451, la película de Truffaut pues no he leído el libro, y, por otro, de Tu rostro mañana, la portentosa novela por entregas de Javier Marías).

Ay: la distorsionada y cínica idea de los nazis de una Europa Unida.

Pero los valores y bienes de Esta tierra es mía, los que son defendidos sin uñas ni dientes sino con palabras e imágenes en movimiento por Charles Laughton y Maureen O’Hara, por Jean Renoir y Dudley Nichols, son los de la democracia. Otra cosa es que nos gusten más o menos, pero eso son.

Qué formidable defensa la que realiza Laughton de sí mismo cuando ha de hablar en el juicio. No necesita un abogado, ¿para qué? Él sólo aspira a contar la verdad. Admirables palabras de un ser único en la historia del cine, todo hay que decirlo, el (en su personaje en la película) apocado y cobarde señor Laughton, que, entre otras cosas, reivindica el sabotaje. Nada menos.

This Land Is Mine es una película de propaganda, para que, a la altura de 1943, y cuando el resultado de la contienda no estaba aún nada claro, la rebelión se extendiera entre las gentes. Y es una película de propaganda con el objetivo de que, en futuras reyertas o similares contubernios, recordemos las palabras de Laughton. Sobre todo aquellos que consienten la autoridad ilegítima con el fin de perpetuarse, cobarde y despreciablemente.

This Land Is Mine es una película política: la política que hacemos todos, de la que todos somos responsables. La Verdad ha de derrotar a la Ocupaciones. No es cosa de los políticos, pues todos lo somos... ¡al menos a tiempo parcial, y aunque no se nos pague por ello!

En resumen, esta película estará, mucho me temo, tremendamente anticuada, no será nada polémica (¡polémico es, en cambio, el programa Cambio Radical!), por lo sentida y sencilla y directa que la construye Renoir.

Pero acaso por eso, porque nos parezca antiguo lo que no lo es en absoluto, la educación de los jóvenes y niños es indispensable. Los derechos del hombre están en juego: no los demos por sentados, por asimilados.

Al final de Esta tierra es mía, un soberano Charles Laughton, minutos antes de ser ejecutado, trata de instruir, por última vez, a sus niños en el aula: comienza a recitar, uno a uno, y de manera personalizada, los Derechos del Hombre. Para que aquellos críos se hicieran adultos y adquirieran responsabilidades frente a los enemigos colonizadores, que domesticaban y esclavizaban a la gente que no quería complicarse la vida (“el miedo es libre...”).

En el siglo XXI, no obstante, al menos en la Europacivilizada, frívola y occidental, no está el horno para aquellos bollos, y los adultos quieren o queremos ser niños eternos. Escribe Verdú en el citado artículo:

 

Quien no se hace niño deberá asumir su culpable marginación y su grave desajuste con los tiempos. La producción eligió hace años su target a través del modelo Harry Potter y El Señor de los Anillos. Los piratas del Caribe o los códigos Da Vinci junto a su cosmos audiovisual o escrito, histórico en ciencia ficción, son derivas del mismo patrón reinante.

 

Así, me gustaría recordar cómo despide Laughton a sus chicos, cuando sale de la clase, en la antesala de la muerte: “Goodbye, Citizens”. Que puede traducirse por: “Adiós, ciudadanos”. “Au revoir, citoyens”. Etc.