RENOIR Jean (1894-1979)

Diary of a Chambermaid (Diario de una camarera) (1946: 9.0)

Este cine en lengua inglesa dirigido por Jean Renoir, por ejemplo This Land Is Mine y Diary of a Chambermaid, a mí me perece elegante y suculento, clásico y perfecto. Se tiende a considerar que ambas obras son menores; no lo entiendo, y acaso se deba a las superiores ambiciones y más “importantes” temas de La gran ilusión o Las reglas del juego (El río es otro cantar).

A propósito de Diario de una camarera, el “remake” de Buñuel del año 1963, escribí en mi obrita La quimera del cine: “La ‘femme de chambre’ Jeanne Moreau alcanza un matrimonio de posibles, pero añorará el básico ardor del brutal hombre de campo”. Esa diferencia salta a la vista; en Diario de una camarera (o Memorias de una doncella, más adecuado) de Renoir, la doncella Celestine (Paulette Goddard) termina alcanzando la felicidad y para nada echará de menos la básica brutalidad (sin sexo) del criado Joseph (Francis Lederer). En Buñuel hay análisis económico-social de las relaciones y ojos bien abiertos a las jerarquías amoroso-sexuales que se establecen. En Renoir no hay análisis: es más impresionista, positivo, bienpensado y amplio (en su más amplio sentido de la palabra). En Renoir, la doncella Celestine comienza escribiendo en su diario: “No more love for Celestine”, es decir, adiós al amor y bienvenido sea el dinero. Pero luego tal premisa se desmiente y la chica terminará enamorándose del rico y enfermo George (Hurd Hatfield), y no dudamos de la sinceridad de Celestine: que su amor por el heredero de la familia Laniaire es verdadero y nada tiene que ver con sus posesiones materiales.

Buñuel, en cambio, con gran astucia y genio, pone al descubierto los intereses (que él diría) “reales” de la doncella, señalando con el dedo las grandes dudas (de ella) a la hora de elegir la vida fácil y lujosa junto al rico que no le atrae, frente a la vida fogosa pero humilde junto al más tosco proletario. Renoir sella su film con final feliz y convierte a la bella Celestine en una heroína altruista y querida por todos, dispuesta a seguir los designios de su corazón y a desviarse del mal camino (desligándose del ladrón y asesino Joseph). Mientras que Buñuel compone un final mucho más amargo, seguramente más lúcido y verosímil, con Jeanne Moreau aceptando a duras penas los fulgores de la plata y renunciando a los instintos puramente carnales que le inspiraba el criado.

Vistas así las cosas, podría pensarse sin más que el film de Buñuel se antoja superior, es más valiente y va al grano. Sin embargo, hay otros factores en el cine que también cuentan, supongo: la versión de Renoir fluye de una manera primorosa, con excelso brío y sin torceduras, es más (en comparación con el de Buñuel, más tropezado y galdosiano) un “cine total” de aliento largo, generoso en los encuadres, comprensivo con los personajes, no maniqueo sino abierto y democrático (y, seguramente, un tanto idealista, como también se veía en Esta tierra es mía). La continuidad dramática renoiriana es en verdad apabullante (véase la escena casi última de la pelea entre los dos personajes masculinos, con todo el pueblo tratando de linchar al criado malo), natural como si a Renoir no le costara esfuerzo componer, cortar y pegar, como si quisiera que no se notara su presencia y autoría. Renoir es un artista indiscutible del (gracias a él y algunos otros, también Buñuel, por supuesto) llamado (con justicia) séptimo arte.

A Renoir le gustaría que la sociedad y sus individuos se comportaran como sus personajes más limpios, aquellos que se decantan finalmente por “lo bueno”. Buñuel no se andaba con tales complejos democráticos o poéticas metas, sino que aspiraba a mostrar lo que veía, lo que según él constituían las raíces, intenciones e intereses auténticos de sus personajes, mucho menos altos y sí más pedestres, de andar por casa: el lujo del bien comer bien, del bien vestir y del satisfacer las necesidades sexuales hasta la extenuación. En Buñuel la elección final de la doncella se basa en un triste cálculo de satisfacciones, y la felicidad es incompleta o inexistente. En Renoir la última decisión se justifica, sin más, por el descubrimiento del “amor”, que conduce por lógica a la felicidad y al bien.

Cambiando de tercio, la película de Renoir contiene interrelaciones con el cine de Hitchcock, al menos, que yo vea, con Rebecca y Psicosis; también incluye “gags” prácticamente del cine mudo, con el protagonismo ahí casi entero de Burgess Meredith, que hace de vecino un tanto lunático, republicano y “liberal” (frente a los “reaccionarios” y anti-republicanos de la familia Laniaire), a la par que aficionado a comer flores (Meredith, además de actor, fue productor y guionista de la película, así que lo de las flores sería idea suya, ¡oh, lumbrera!).

Apunte último. La crisis familiar (y político-social), según vemos en el film, de la familia Laniaire, colocada al lado de las conductas o rebeliones más o menos explícitas de los criados (los personajes interpretados por Goddard, Lederer y la admirable Irene Ryan), convocan un dúo inseparable que parece darle la razón al filósofo español por autonomasia, José Ortega y Gasset, cuando escribió (en el artículo “Socialización del hombre”, en El espectador, selección de piezas para Salvat de G. Gómez de la Serna):

 

Siempre se había reconocido que el corazón de la familia era el hogar; pero, como suele, el hombre había comenzado por dar de ella una interpretación romántica. El hogar es altar... y es cocina. ¡Vaya por el altar! ¡El sagrado de la familia, de la paternidad, de los lares!... Pero ello es que tan pronto como empezó a ser difícil encontrar servidumbre doméstica, los lares, la paternidad, el altar familiar comenzaron a volatilizarse. Se ha visto a la postre que el sostén de la familia no era el dios Lar ni el pater familias, sino simplemente el criado. Hasta tal punto de que puede formularse el hecho casi con el rigor de una ley funcional como las de la física; en cada país queda hoy de vida familiar tanto cuanto queda de servidumbre.

 

(Desde mi más sincera humildad y totémica ignorancia quisiera añadir que, no obstante, el artículo de Ortega y Gasset del que he citado esas palabras me resulta, leído hoy, no sólo desacertado, “pijo” y autocomplaciente, sino casi siniestro en la medida en que se abona al séquito triunfal de lo que hoy entenderíamos por elitismo económico e individualismo ensimismado, alérgico al análisis afilado de la persona en función de sus semejantes y relaciones de jerarquía, alérgico asimismo a la plaza pública y al debate, receloso de la divisa descripción-explicación y de las virtudes del diálogo ocioso. Pues esto escribe también Ortega y Gasset: “Hay una delicia epidémica en sentirse masa, en no tener destino exclusivo. El hombre se socializa”, donde querría él que la segunda oración tuviera que provenir por relación férreamente causal de la primera, cuando opino que está bastante demostrado que “masa” y “socialización” se repelen, como el azul y el verde. Insiste el filósofo: “La socialización del hombre es una faena pavorosa”, y lo relaciona con “el odio al liberalismo”, entendido por Ortega como “creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino”, palabras tan ornamentales, solemnes, jactanciosas y engominadas que dan ganas de tirarlas ya mismo a la “papelera de reciclaje”, situada en el “escritorio” de mi ordenador portátil, y si no lo hago es por respeto mínimo a una glamourosa estrella intelectual, cegadora y apoteósica, como no ha habido ni habrá nunca ninguna).