RENOIR Jean (1894-1979)

La règle du jeu (La regla del juego) (1939: 8.0)

Película inteligente y prestigiosa, entretenida e incluso deliciosa, si La regla del juego es tan relevante en la historia del cine y hasta de la cultura como señala el gran crítico Carlos Losilla en un breve documento (que acompaña a la edición en DVD), entonces es que, como vengo pensando desde hace tiempo, mis limitaciones cinematográficas son peores de lo que me imaginaba... Algo me debo de haber perdido que me impide pensar que La regla del juego está a la altura de Pasión de los fuertes, La caza o El río, Weekend, El Dorado o Mi noche con Maud. A mí me parece un film simpático y enternecedor, sobre representaciones, romances y cotilleos, con el protagonismo distinguido del propio Renoir en el papel de Octave, pero tampoco creo que estos aspectos u otros permitan al crítico Losilla (opino modestamente) realizar tan altisonantes zarabandas verbales como éstas:

 

a) ...Renoir introduce la gran duda manierista en el mismo centro del proyecto clásico…

 

b) …un laberinto iconógrafico que no sólo cuestiona las convenciones de la representación ilusionista, sino que también rompe con sus límites para dejar al descubierto los mecanismos que hacen posible su funcionamiento.

 

c) Película sobre el gran teatro social y sus disfunciones en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, La regla del juego también se mira a sí misma y se pregunta qué puede hacer el cine respecto a esas mutaciones.

 

d) …película fundacional, pieza manierista presta para dejar paso a la modernidad, inventario de preguntas sin respuesta para una nueva época y creadora de un espacio, en fin, en el que ya nunca más existirán las certidumbres porque, como asegura Octave, a partir de entonces todo el mundo tendrá sus razones.

 

¿No son excesivas, asombrosamente ambiciosas e, incluso (disculpe, Losilla), hasta algo disparatadas estas aseveraciones? Frente al manierismo supuesto de La regla del juego (¿no era o es El Greco un claro exponente de pintor manierista?), yo veo una armonía de formas y estrategias dignas del cine más clásico: Ozu, Ford. Lo de “dejar al descubierto los mecanismos…” se ha leído mil veces en mil sitios pero, sobre todo, hombre, en algún texto sobre Godard o Brecht o, qué sé yo, incluso sobre Brian de Palma: hablar en tales términos de Renoir me parece pedirle peras al olmo. Renoir no era rompedor ni subversivo, ni cuestionaba el concepto de ficción ni su propio oficio ni los mismos materiales que le ayudaban a hacer arte y le daban de comer. El tema de las “mutaciones”, que siempre suena muy posmoderno y académico, no lo entiendo: ¿son las mutaciones esas “disfunciones” del “gran teatro social”, etc.? No sé a qué se refiere. Y, en fin, eso de que “ya nunca más existirán certidumbres” es un circense, grandioso (jo, ¡y muy guapo!) salto mortal que, lamentablemente, es imposible de sostener: hay decenas de certidumbres en La regla del juego. Y ahora mismo, en la realidad de 2009, también. Pero, sin salirnos de la película: pues que el amor es resbaladizo, caprichoso y sutil. Que a veces valen más dos tetas que dos carretas (perdón por la frivolidad). Que la inteligencia no ha de poner en cuarentena a la alegría. Que los ricos también lloran. Que la ignorancia no guarda relación con  la justicia. Que los que se aburren por exceso de ocio terminan haciendo el tonto o, en su peor versión, convirtiéndose en nazis. Que a muchas mujeres lo que más les gusta es que un hombre les (¿las?) haga reír. Etcétera.

La regla del juego, vaya, y sin huir del año 1939, me ha entusiasmado menos que La posada de Jamaica de Hitchcock o que El joven Lincoln de Ford. Y, dentro de la filmografía de Renoir, prefiero películas suyas más pequeñas como Diary of a Chambermaid o Esta tierra es mía, que me parecen más comprometidas, más agudas y menos “concluyentes”, por así decirse. Porque, al contrario de lo que escribe el admirable Losilla, para mí La regla del juego es un compendio de certidumbres y clasicismo, un elegante culebrón de aristócratas, una comedia del arte con criados y señores, unos juegos de amor en la más pura tradición del teatro francés e inglés (hasta llegar a Altman en Gosford Park, etc.).

Y, aunque no venga a cuento (por si acaso), me atrevo aquí a colocar una pregunta que Doña Paca le suelta al conmovedor personaje de Benina en la novela Misericordia, de Galdós:

 

-Dime, Nina, entre tantas cosas raras, incomprensibles que hay en el mundo, ¿no habría un medio por el cual nosotras pudiéramos pasar de la escasez a la abundancia; por el cual todo eso que en el mundo está de más en tantas manos avarientas viniese a las nuestras, que nada poseen?

 

Y respecto del insigne caballero Losilla (uno de los mejores críticos de este país) y, siguiendo a la pobre Benina, me atrevo a exclamar, humildemente:

 

-¡Válgame Dios lo que sabe y qué tonterías tan saladas dice!