RICHARDSON Tony (1928-1991)

The Loneliness of the Long Distance Runner (La soledad del corredor de fondo) (1962: 9.0)

El corredor de fondo Smith (Tom Courtney) se para unos metros antes de la meta, visiblemente cansado, pero obviamente provocando al público, a sus rivales y su gran jefe, el director del reformatorio (“Borstal”, en inglés, siniestro nombre). La soledad de Smith (aunque ahí se acaba la película) se acrecienta, pero su aura de héroe incorrupto, pese a las fechorías que le habían llevado a esta cárcel “light”, aumentará, que es lo que a la postre él quería.

Es la paradoja de esta historia concreta y hasta, por declinación, de todo el movimiento “Free Cinema” o “Nueva Ola” británica. Porque uno renuncia a la victoria y a la gloria, que suponen siempre una sumisión al poder establecido (que dicta las reglas y organiza competiciones convencionales para tener a los “reclusos” cansados, entretenidos y con expectativas de hacer algo “positivo” para sí mismos y la institución), y consigue una victoria y una gloria mucho más auténticas, si se quiere, pues no hay mayor honor retrospectivo en el deporte y la guerra que la pérdida y la derrota, sobre todo si ésta es pretendida, buscada, en aras de alcanzar una “gloria” mayor. A través del enfrentamiento, de hacer justo lo contrario de lo que se espera (pararse a unos metros del triunfo), el individuo realza la libertad (se rebela contra los esquemas sociales que le dan cobijo), confirma su innata heterodoxia (la misma que le lleva a robar en una panadería o a tomar prestado un coche) y eleva su atractivo y su “glamour” ante los otros y la posteridad...

La posteridad soy también yo y el 2 de enero de 2007, cuando escribo. A mí me atrae enormemente La soledad del corredor de fondo, para nada una antigualla o mero “producto de una época y movimiento determinados”, sino gran película de cualquier época y lugar. Como en Saturday Night and Sunday Morning, otro libro de Allan Sillitoe, The Loneliness of the Long Distance Runner recoge viñetas de vida de un joven de clase trabajadora, que se siente humillado por todo lo que le rodea (condiciones socioeconómicas, familiares) y que intenta, dentro de sus posibilidades, subvertir la gris, mísera y alienante (a mí no me repele este concepto, válido como el que más en los años sesenta y en el siglo XXI) realidad mediante pequeños golpes de efecto que hagan los días más emocionantes y vivibles, en busca de dosis de placer y diversión, “a taste of honey”. Hoy sabemos que desde mediados de los años sesenta, la mera diversión y el puro placer, en principio consecuencias de la rebelión y de carácter contestatario, se convirtieron en la “Swinging London” en comportamiento estándar, momificado o “comodificado”, seguramente porque mejoraron las condiciones económicas y probablemente también porque cuando uno se cansa de rebelarse o alcanza un más alto nivel de reconocimiento y adhesión, lo que gusta es pasar página, pasárselo bien o quedarse en casa tranquilo, que ya bastante tenemos con lo nuestro como para buscarle tres pies el gato.

En todo caso, a mí me produce placer y diversión, a la par que alivio el comprobar cómo un cine así, de apuesta por la realidad de las capas más bajas, repleto de frescura, ira y autenticidad emotiva, no encuentra en este siglo XXI cines de similar catadura y “punch”. Hoy casi todo ese cine socialmente “comprometido” o es puramente académico y así estático (institucionalizado como un “blockbuster” de baja intensidad) o es demasiado farragoso, experimental o antropológico como para “conectar” no ya con la supuesta audiencia que le otorgaría un carácter más o menos revolucionario (las clases bajas, trabajadoras) sino con el público medio, el que más va al cine, compra y alquila DVDs, ve películas en televisión o las descarga de internet.

Los juegos de aceleración en el montaje, los golpes de humorismo, el blanco y negro crudo y físico, las interpretaciones (tanto ante como detrás de la cámara) y el empuje metafórico y rebelde con causa de The Loneliness of the Long Distance Runner hacen de ese cine de principios de los veloces y atrevidos sesenta un ejemplo que podría seguirse en Europa, o aquí y ahora en España. Pero no parece que Yo soy la Juani o Salvador, por poner dos ejemplos de filmes relativamente exitosos de la casa, vayan en esa línea, lo cual no es una tragedia pero tampoco para partirse de risa. Nos faltan entusiasmo, vitalidad, honradez, rebeldía, interés por el presente y agallas para ser corredores de fondo, cuando el “aquí te pillo, aquí que te mato” y el “maricón el último” imperan y nadie está tan inmunizado como para ponerle el cascabel al gato, o al perro o al besugo o quien sea.