RICHARDSON Tony (1928-1991)

Tom Jones (Tom Jones) (1963: 7.5)

Sólo un año posterior a La soledad del corredor de fondo, Tom Jones avanza a grandes zancadas por cauces distintos, más coloristas y frívolos, más fáciles e irresistibles, menos (sin ninguna duda) combativos. El Richardson del reformatorio y del chico problemático, el de las tinieblas urbanas y la contestación proletaria, pasa a ser un Richardson de comedia ligera de “calidad” y de “época” como para ganar en los Oscars. Y es que, tal y como le espetó el ultra-defensivo entrenador de fútbol Ranieri a un hincha que le increpaba porque el equipo había perdido: “¡hay que ganar en la vida!”.

Admitiré, aunque me cueste reconocerlo, que Tom Jones contiene una fórmula irresistible que engancha de principio a fin, del minuto uno al ciento veintitrés. A esas alturas ya Truffaut en Francia andaba apuntando hacia un cine menos enérgicamente juvenil, menos duro, que gustara más al público. Tom Jones está en esa línea “light”: es una comedia sexy, un relato de picaresca y lozanía que es rescritura del siglo XVIII según lo había contado Henry Fielding, en 1963 vía J. Osborne y T. Richardson. Es decir, la plana mayor de los supuestamente “angry young men”, ya menos enfadados pero con más ganas de pasárselo bien. Lo cual es razonable, no digo que no. La levedad, el erotismo, el carnaval y la escatología se dan la mano en este cóctel burbujeante y veloz, que no da un segundo de respiro al protagonista Albert Finney (Tom Jones), un playboy, un Casanova con toques de Buscón: para él, lo cortes no quita lo caliente, y terminará triunfando porque era joven, viril y bello: valores en sí mismos.

Por supuesto que Osborne, guionista, y Richardson, director, ponen un acento diáfano y sin disimulos en la descripción de clases sociales de la época, con sus brutales injusticias, irrebatibles miserias campesinas, primeras marginaciones urbanas y una deleznable hipocresía de clase media-alta. Pero el director, con el fin de dotar al film de atractivo y de imán, hace usos de numerosas estrategias de maquillaje cinematográfico muy del momento “new look” que se vivía, con aceleraciones de la imagen, saltos, juegos “conscientes” de los personajes (que a veces miran o se dirigen hacia la cámara, hacia el espectador) y momentos picarones, de disimulo e hipérbole, impura farsa. Un gozo sin pozo, un frenesí individualista.

Cabe anotar, en cualquier caso, cómo entre 1962 y 1963, en el plazo de un año, y en el caso concreto del señor Richardson, es obvio que las luces, el diseño y el glamour del “Swinging London” se comenzaron a pasar por la piedra al blanco y negro, el dolor veraz y la subversión (que en Tom Jones es meramente sexual y antigua) del “kitchen-sink drama” y alrededores. Lo cual, repito, es razonable, no digo que no.