RISI Dino (1916-2008)

Il profeta (El profeta) (1967: 6.0)

A Risi le provocan risa los profetas, los castos, los vanidosos, los santos, los cursis, los anacoretas, los predicadores, los rebeldes de diseño, los hippies y los que (hecha la ley, hecha la trampa) no son como todo el mundo. Y si algo une a todo ese mundo es la afición por consumir y hacer caja, algo ya evidente en 1967, un año antes de las revueltas estudiantiles. Consumir frigoríficos, automóviles, minifaldas y televisores. Consumir publicidad: la publicidad que consume al individuo. Un frenesí de comprar y de aguantar ruidos, de meterse en atascos e insultar al vecino, de serle infiel a la santa esposa y tomarse unas cervezas con los amigos.

Está el mundo del placer y está el universo del dinero. Pero en aquella sociedad ya empezaban a estar unidas ambas esferas, irremediablemente. El pretendido hedonismo era, en realidad, un “stress” por estar aquí y allá, ir de vacaciones y volver hecho polvo, estar a la última sin saber por qué, conocer a los famosos, silbar a las nenas en bikini, montar en moto y reírse a grandes carcajadas. Ah, porque Il profeta era en realidad The Prophet...

Risi fue autor de este cine que algunos considerarán reaccionario; reaccionario, curiosamente, porque parece que termina reivindicando los aspectos positivos del afamado progreso. El personaje de Vittorio Gassman, que lleva cinco años habitando en la montaña y que ha de ir a Roma con su cabra por asuntos legales, es enteramente risible, y lo sabe Risi. Pero al final de la película comprende que no hay por qué complicarse tanto la vida ni ser tan “radical”. Que impere el sentido común: mejor tener una bonita casa, una linda mujer y ganarse la vida haciendo publicidad, si hace falta. La actitud de Risi es ambivalente: ya nos muestra cómo la sociedad italiana de 1967 andaba como loca entrando en la “modernidad” (que ya era posmodernidad), es decir, masivamente en los supermercados. Nos la enseña, se ríe y nos reímos; la guapa y liberada hippie que interpreta Ann Margret, a la que encontramos viviendo en una comuna en un desguace de coches (¡qué imagen para el Weekend de Godard!), termina “cazando” a un rico playboy alemán que conduce un Porsche, que la llevará al pijo  Montecarlo. En esos mismos tiempos,la Londres de los jóvenes airados y los míseros corredores de fondo ya había dado paso a la psicodelia y James Bond, la “coolness” de Michael Caine y las bromas “light” de Peter Cook. A eso me refiero.

Quizá Risi fuese, en verdad, más lúcido que nadie y viese, en aquella época de efervescencia cultural, relajación de las costumbres y algarabía cinematográfica, que lo mejor era conservar un punto medio, equidistante al mismo tiempo de Godard y de Mariano Ozores, de Pasolini y de Adivina quién viene esta noche (Kramer), de la política de Pontecorvo y la elegancia de un Hawks, entre el spaghetti western y Eric Rohmer. Nada de excesos.

Somos frágiles, somos humanos, somos animales también (esto lo sabían muy bien Buñuel y Wilder, Chabrol siempre, Ferreri, Berlanga, Estelrich en El anacoreta, etc.), así que mejor dejarse de cuentos, experimentos, puritanismos, sacrificios y ñoñerías y aprestarse a disfrutar con el sexo, la risa, la broma, el cabreo perpetuo y, por qué no, dejarse llevar por la fiebre del consumo que calmase a las prepotentes publicidad y tecnología, que ya campaban por sus respetos como nuevas deidades modernas. La sátira (de Risi, por ejemplo) las rebaja pero no las “baja” de su pedestal imponente.

Profeta 1: el director italiano Mario Monicelli, de 93 años, uno de los creadores (con Risi) de la comedia italiana, en una entrevista con M. Mora (El País, julio de 2008), declara cosas interesantes (mis “negritas”):

 

1) El humor es la forma más penetrante de mirar. Un bisturí que va al fondo de las cosas. Pero para bromear sobre algo hay que conocerlo muy bien. Y meditar mucho para llegar al humor.

2) Contábamos sin fingimientos, un poco brutalmente, la historia del país... Intentábamos sacar fuera las contradicciones de nuestra historia, las supersticiones y las costumbres anticuadas, ridiculizándolas.

 

3) Después entregamos el país a la generación siguiente, que se corrompió rápidamente. Empezó a mandar el mercado, que es la ley menos piadosa que existe, que no perdona ni tiene caridad, y las cosas fueron empeorando.

 

4) La cultura servía para divertir y hacer pensar. Se trataba de entretener a la gente haciéndola pensar... Era el tiempo de la furbizia (picaresca) ingenua.

 

Profeta 2: el filósofo alemán Boris Groys, respondiendo a preguntas de J. Andrés Rojo, afirma en una entrevista (El País, julio de 2008), que “la ideología del consumo se ha convertido en la gran ideología”, que “la felicidad artificial de los grandes escaparates se ha convertido en la única meta”, que “hoy no se puede ser un buen artista si algo va mal a la hora de sonreír” y, sobre todo (mis “negritas”), que:

 

La única libertad que de verdad cuenta es la de ser libres del trabajo... Nadie puede escapar... de las redes del mercado. Al mercado no puedes engañarlo porque dependes de él, del dinero que te proporciona para vivir. Hay una idea falsa en Occidente y es que la vida está llena de deseos. Pero si de verdad a alguien le liberas de sus obligaciones, se va a dormir. La verdadera libertad es no trabajar.

 

Entre las citas del cineasta Monicelli y del filósofo Groys me gustaría situar, ideológica y, por ende, estéticamente, la propuesta cómica pero con mensaje ambiguo de Dino Risi.