ROMÁN Antonio (1911-1989)

Bombas para la paz (Bombas para la paz) (1958: 8.5)

¿Qué pasaría si mezcláramos sin gran orden ni concierto una historieta larga de Mortadelo y Filemón (del tipo de Concurso-Oposición o Los secuestradores) con una comedia de Howard Hawks con Cary Grant de protagonista (como Me siento rejuvenecer o La fiera de mi niña)?

Es una posible aproximación a Bombas para la paz, delirante descubrimiento, que me hará replantearme ya mismo (entre otras cosas) la carrera entera de Antonio Román, a quien conocía un poquito por sus famosos y eficaces vehículos más o menos históricos de propaganda del Régimen franquista.

Locuras inesperadas, qué diálogos, Dios mío, qué escenas disparatadas, supongo que herencia de Jardiel Poncela y Mihura. Hasta asistimos a dos combates de ese tipo de lucha, colmo de la imbecilidad, que, creo, suele llamarse “pressing-catch”, y que yo pensaba que era un invento moderno de los norteamericanos: pues no. A los que asiste como espectador, por cierto, aquel gran humorista que fue Tip (el compañero de Coll, acaso aún no en 1958).

Y, a todo esto, la madre de la novia (Julita Martínez), prometida con el protagonista (Fernando Fernán Gómez), le suelta a éste los siguientes improperios: “¡Un libertino, un despistado y un sinvergüenza!”.

Y más adelante alguien define la Paz, verdadero personaje principal (aun en la mofa generalizada) del film, como “eso de lo que hablamos todos sin haberla conocido”. ¡España en 1958! ¿Se dan cuenta? Glorioso Román. Y acto seguido, salta el científico Alfredo (Fernán Gómez), despotricando contra “ese atajo de majaderos que hemos dado en llamar la especie humana”. ¿Existencialismo? ¿La Codorniz? La profundidad capturada al vuelo: así da gusto.

Y, ya con las bombas de la paz bien diseñadas y dispuestas, nuestro héroe, Alfredo, lanza una al ring (el de “pressing-catch”), con el efecto de que los combatientes se abrazan cariñosamente (típica consecuencia pacificadora de estas maravillosas bombas no-fétidas), y así razona Alfredo: “Por primera vez se ha impuesto el sentido en un ring”, palabras que apetece suscribir y hasta gritar a los cuatro vientos, sobre todo hoy, finales de 2007.

Aprovecha también Román y sus guionistas (hasta cuatro) para reírse un poco de los franceses y sus existencialistas de café y pose, enseñando en uno de esos bares parisinos a unos turistas con guía y todo: los pasean por allí para que vean la “crème de la crème” de la intelectualidad francesa; ay, qué sentimiento de inferioridad teníamos por entonces.

Y viendo a Fernán Gómez y Susana Campos caminando y tonteando por París en 1958... ¿Cómo no acordarse nada menos que de Al final de la escapada, y considerar casi ese trozo de Bombas para la paz como una profética parodia “avant la lettre”, es decir, una “pre-cuela” ligerísima e irónica de los inmortales, frescos e indestructibles Belmondo y Seberg?

Y qué decir de la escena final y central de la película, en la asamblea o conferencia mundial donde se juntan los principales dirigentes del planeta para discutir (épocas de revueltas anticolonialistas y guerra fría) el problema de la violencia en el mundo, con Fernán Gómez y sus dos compinches como representantes de la delegación de P.L.U.T.O., nada menos que un imaginario combinado de “Países Libres Unidos Tras Oceánicos”.

Ay Dios, y yo que veo ahí un símbolo, si se quiere, de una España necesitada de mimos y cariño, en esa asamblea tan importante (la entrada a cuyo edificio guarda el mismísimo José Isbert, genial como siempre), una asamblea que, como se repite durante la misma con pleno convencimiento, es reglamentaria “porque carece de reglamento”. Imposible no ver ahí a Mortadelo, Filemón y al propio Súper moviendo los hilos de tan felices consignas. Pero es que aún resta un momento antológico, cuando el francés que preside la reunión (le suponemos francés, pero habla, como todos los demás, en castellano, ¡y eso que muchos se ponen los auriculares de la interpretación simultánea, pero no sabemos para qué!), vistas la agresividad y desencuentros de los políticos allí presentes, declara solemnemente:

 

Esta presidencia va a expresarse con la máxima claridad, puesto que lo que propone es que se llegue a este acuerdo lógico: que los participantes de esta sesión especial del Comité de Seguridad puedan someter todas las resoluciones que acuerden al Subcomité permanente del Comité del Bureau Consultivo de la Comisión Política de la Asamblea General, aunque no estén relacionadas con los previos acuerdos. Y que el objeto de la sesión sea concluir un acuerdo sin constatar las diferencias por medio del voto.

 

A lo que exclama uno de los políticos presentes (holandés o indio, no sé), muy en castizo: “¡Ahora sí que está claro!” (y cómo no acordarse con regocijo del reciente rifirrafe entre el Rey Juan Carlos y el presidente de Venezuela Chávez, tan repetido en televisión, con ese ya histórico “¿Por qué no te callas?”).

Y otros momentos enormemente lúcidos y para nada gratuitos surgen cuando los dirigentes de la URSS y de los EEUU coinciden, aun en sus divergencias, en la necesidad de un desarme “garantizado por las armas”, o en tender lazos de libertad, solidaridad, fraternidad... ¡y petróleo! con otros países.

En suma, admirado me tiene Román, con su equipo técnico y artístico al completo y, en suma, por el conjunto entero de esta inesperada, agudísima e hilarante Bombas para la paz, una película, por cierto, mucho más “actual”, desde el punto de vista satírico y hasta subversivo (pese a su final lógico, como las de Hawks, tendente al romance entre los protagonistas), que Death Proof, Babel, El orfanato o Perdidos. Y un último instante glorioso y aplaudible de Fernán Gómez (que hoy mismo ha muerto; que descanse en paz el personaje seguramente más sólido, talentoso e importante de la historia del cine español), convertido en protagonista de la sesión, al frente de la surrealista delegación de P.L.U.T.O, cuando nada menos que afirma (mis “negritas”):

 

Debemos sobreponernos y dominar la psicosis de guerra producida por los grandes avances en balística y en cohetes dirigidos.

 

Supongo que Sánchez Ferlosio estaría encantado con tal dictamen, emitido con toda claridad, sin velos ni caretas, a la altura de 1958 (durante la época de la férrea censura, etcétera), o con la manera como el propio Fernán Gómez concluía, tras una refriega descojonante (con perdón) de varios políticos acerca de las recurrencias entre el “voto” y el “veto”, cerrando su estupenda intervención con este intrépido eslogan de pacifismo despierto: “Menos pun y más pan”. Tan simple, sabroso y, como la buena pasta, “al dente”. Me quito el cráneo ante usted, Don Fernando Fernán Gómez.