ANTONIONI Michelangelo (1912-2007)

Il deserto rosso (El desierto rojo) (1964: 9.0)

Anguilas que saben a petróleo.

El suelo que pisamos, resbaladizo como un piano inclinado.

El desierto rojo, entre otras cosas, es una película de terror (en la línea que en el presente supone Los otros) y de ciencia-ficción.

Al mismo tiempo, es una porción de cine italiano con la que, más adelante, conectaría Bertolucci enÚltimo tango en París, y con la que se relaciona y choca el Pasolini de Teorema y Porcile. La muchacha que sabía demasiado, de M. Bava, es sobre otra mujer perdida y aterrorizada.

Pero además es una historia de suspense y, por mucho que nos horrorice el término, de alienación: como Los pájaros y Marnie de Hitchcock, de esos años, reconozcámoslo.

El desierto rojo es el arte abstracto llevado al cine. Fuera el sentido y el dolor compartible y el deleite. El ser humano, ¡e italiano!, fuera de sus casillas costumbristas, sus calles y comidas y lodos y fiestas y pieles.

El mejor Antonioni que he visto. La quinta esencia, que se dice.

Desenfocadas figuras, partición de la pantalla en arte y trama, algo que tanto viene admirando Wong Kar-Wai, hasta casi enloquecer en 2046.

El entorno industrial y deshumanizado envuelve a Monica Vitti.

Vitti contra la pared, nosotros frente a ella. Puro Antonioni.

Un cine obviamente intelectual, no para todos los públicos. Contiene peligros. Transcribo una conversación entre la chica Midori y el protagonista Watanebe, de la novela Norwegian Wood de mi reciente descubrimiento Haruki Murakami (Tokio Blues, traducción al español de Lourdes Porta):

 

-Los “debates” también eran terribles. Todos utilizaban palabras complicadas y ponían cara de entenderlo todo. Como no me aclaraba, volví a preguntar: “¿Qué es la explotación imperialista? ¿Tiene alguna relación con la Compañía de las Indias Orientales?”. O esto otro: “¡Abajo la comunidad industrial-académica! ¿Significa que al salir de la universidad uno no puede encontrar trabajo en una empresa?”. Nadie supo explicármelo. Al contrario, se enfadaron ostensiblemente. ¿Puedes creerlo?

-Sí.

-Me gritaban: “¿Cómo puede ser que no entiendas estas cosas? ¿Qué tienes en la cabeza?”. Y ése fue el fin. Quizás yo no soy muy inteligente. Pertenezco al pueblo. Pero ¿no es el pueblo el que hace funcionar el mundo? ¿Acaso no es el pueblo el explotado? ¿Qué revolución es ésa en que se alardea de palabras complicadas que el pueblo no entiende? ¿Qué clase de cambio social es ése? Yo también quiero mejorar el mundo. Pienso que, si alguien está siendo explotado, esto tiene que terminar. Y de ahí vienen mis preguntas. ¿Tengo razón?

 

(Por cierto, por qué Wong Kar-Wai no lleva al cine Tokio Blues, lo que yo daría: un Antonioni con humor es la literatura hipnótica, como la llama R. Fresán, de Murakami, con quien comparte un clima de deriva existencial y unas metáforas inesperadas, sonoras y profundas)

 

-A veces creo que no tengo derecho a estar donde estoy. Tal vez por eso siempre tengo ganas de marcharme.

 

Eso dice el personaje de Richard Harris. Antonioni a tope.

Del Rossellini de Viaggio in Italia proviene El desierto rojo (algo obvio, aunque me lo recordaron Felipe Vega o R. Gubern, no me acuerdo, en las páginas de El Mundo, a raíz de la muerte de Antonioni el 31 de julio de 2007; a propósito, el artículo de Umbral, con el mismo motivo, es inenarrable: ¡25 o 30 líneas para no dicer nada de nada, ¿es eso la inmortalidad o el apogeo del sonajero?)

Máquinas, barcos, grúas, antenas, postes, depósitos, fábricas, ruidos industriales. El Godard de 2 ou 3 choses que je sais d’elle.

La dolce vita industrial, desenfocada, cadavérica, geométrica, estudiada, no dulce ni decadente sino tediosa y en el fin de la historia (era 1964). Niebla, espectros artificiales. Terror y ciencia-ficción ralentizados.

Fábricas en huelga. Mujeres en crisis.

Mujeres en huelga de alegría. Fábricas en crisis de progreso.

El hastío de los personajes o del paisaje o de Antonioni.

El ángel exterminador de Buñuel. El eclipse de Antonioni.

La burguesía se aburre y no encuentra el sentido ni la sensibilidad.

Parece un mundo futuro, una “distopía”. Los zombies de George A. Romero (hasta Solaris de Tarkovski, incluso 2001 de Kubrick).

Otra mujer angustiada, paranoica, desequilibrada; la claustrofobia o la agorafobia, es decir, bien los interiores opresivos y desnudos o los exteriores amplios y vacíos: no sabemos bien qué buscan o quieren Antonioni y Vitti.

Espeluznante inventiva espacial: líneas, curvas, circunferencias, intersecciones, volúmenes, rectángulos, cercando al hombre, Harris, a la mujer, Vitti.

Pregunta el hijo: “¿Por qué no me cuentas un cuento?”

Responde la madre (Vitti): “Ya te he contado todos los que sé”.

Antonioni total.

El film de Antonioni más godardiano y pasoliniano, más buñueliano y bergmaniano, incluso el más rohmeriano (ni el más hitchcockiano ni el más felliniano de Michelangelo).

Película melancólica hasta la extenuación, del fin del mundo, nostálgica de lo que está por venir, una de las más hermosas que he visto.

Termina el cuento que cuenta la madre. Termina con misteriosos cantos. “¿Quién cantaba?, pregunta el hijo. “Cantaban todos. Todos”, responde la madre (aquí me he acordado de “The Dead”, el relato irrepetible de Joyce en Dublineses: la nieve cayendo sobre vivos y muertos).

¿Pasada de moda, El desierto rojo?

¿De qué moda?

¿Por qué “moda”?

Dice Vitti: “Me duele el cabello, los ojos, la garganta, la boca... Dime si estoy temblando”.

Vitti, como el personaje de El guardián entre el centeno, quiere a todos a su alrededor, a todos echa de menos. Y dice, la pobre: “No estoy curada. No me curaré nunca, nunca”.

Deporte horroroso, ese que consiste en continuamente contextualizar a Antonioni, demasiado bosque. Hablemos del árbol que es él. De las maravillosas piernas de Monica Vitti. De Vitti enrollándose en la sábana. Vitti pidiendo ayuda a Richard Harris (El desprecio de Godard), pues tiene miedo de la calle, de las fábricas, de la gente, de todo lo que se mueve y no se mueve.

Y dice, la angustiada Monica: “Hay algo terrible en la realidad. Pero no sé lo que es”. Antonioni que estás en los cielos.

Irrealidad. Vitti vagabando por un bosque o un buque de formas silenciosas, metálicas, inhumanas. Imagen poderosa, indestructible.

El sentido de la vida. Repito: el sentido de la vida.

¿Sabe Antonioni sobre qué se apoya su cine?

La indecisión vital y filosófica. Una férrea y soberana elección formal que la representa y sostiene, la sustenta (no la derriba).

Añade Vitti, pobriña: “Los cuerpos están separados. Si usted me pincha, usted no sufre”.

Existencialismo, etc. Ríanse. Pero imposible hacerse el tonto y pretender que no sabemos de qué estamos hablando.

Película fascinante, terrorífica, cautivadora. Los pájaros ya no salen a volar para evitar el envenenamiento.