ROSSELLINI Roberto (1906-1977)

Stromboli (Stromboli, tierra de Dios) (1950: 9.5)

Cañas y barro y Orduña, La terra trema y Visconti, incluso Man of Aran y Flaherty, son referentes temáticos y por supuesto climáticos (clima moral, por supuesto) que ahora me asaltan la testa frente a Stromboli.

Rossellini construye una obra aún superior a las tres mencionadas, todas espléndidas. Porque la carismática, audaz y radical (de raíz) manera en que Rossellini (pensé en L’amore y Viaggio im Italia, por supuesto) condensa la historia personal (el melodrama) con la historia colectiva (el documento) es digna de un genio que hace bien en hallarse fuera de la botella. Un genio que realizaba un cine apegado a las personas que retrataba, un genio así “sin genio” obvio y fosforescente (tantos fellinis y kubricks, hasta Buñuel; apunte: Von Trier nunca salió de su botella medio vacía), que no desperdiciaba energías en esa profundidad “hacia fuera”, pamplina absurda para definir y defender todo barroquismo.

Rossellini elabora un cine de formalidad sencilla para que no haya obstáculos entre el espectador y las tramas y sucesos que se materializan delante de nosotros, privilegiados espectadores, absortos ante un arte de conflicto y de tesis, pese a que ni uno ni otra encuentran fácil solución. La tesis no es diáfana, pero se sabe que existe: transpira por los poros del film. El conflicto de la volcánica Ingrid Bergman en la volcánica isla de Stromboli es de armas tomar pero comprensible: pero con la comprensión no se desvanece el conflicto pues islas somos y, como mucho, compartimos algas y oleaje en confusos archipiélagos.

Equidistante entre aquellas señoras de negro, simples, puritanas, ignorantes (del mundo, que no de sus enseres y avatares) y sufridoras silentes, y Anita Ekberg en La dolce vita (con el tiempo, la veo como inicio de calamidades fílmicas tendenciosas e irresponsables), Bergman abomina de los adefesios y las tinieblas, la suciedad y la rural modestia. Quiere ser libre, o eso dice, pero desde la humildad no podrá conseguir ese superior albedrío, sin enfrentarse a las condiciones para ella humillantes, romper las normas que las demás sí aceptan (no conocen otras), arriesgarlo casi todo, hasta la vida, pues las gentes rancias y míseras y el volcán acechan; una lava que lavará a nuestra Ingrid, en este cine de intensidad creciente e improrrogable altura.

Dios estará o no, presente, pero la llamada de Bergman, desesperada y aún con ilusiones, es tan punzante y severa que uno, espectador aterido que se resguarda del mundanal frío en el hueco de luz que proporciona la pantalla sin plasma (qué plastas son), se queda paralizado, en ese final sin fin, y se lo piensa e intuye que tras Stromboli dormitan y sueñan varias de los cuestiones capitales de la humanidad en el siglo XX.

Claro que las chicas de Sex and the City y los mozos de Walker Texas Ranger se aburren o no entienden o, más bien, poco perciben de hospitalidad, sombra y grandeza. Los audiovisuales se los han tragado, a tales chicos y mozas, pero ellos y ellas aún creen que son ellas y ellos quienes miran, apagan y encienden. Pero opino que son estos individuos los mirados o los que están ya dentro, “culturalmente” hablando: dentro de todo ese núcleo audiovisual de mayor o menor calidad pero irrisorias introspecciones e inútiles exploraciones. Pues en los alrededores de ese magma de actualidad y tendencias seudo-norteamericanas (“universales”, ¡atreveos y clamadlo, fashion kids!) el mundo es volcánico y florido, peligroso y delicuescente, y ni los chistes de champú ni las broncas de martillo se enfrentan ni dicen nada crucial contra la dialéctica de la conciencia y sus secuaces los remordimientos: qué hacemos, qué somos, para quién estamos.