SÁENZ DE HEREDIA José Luis (1911-1992)

Faustina (Faustina) (1957: 4.0)

Faustina surge, en su inicio, como una libérrima, inesperada y graciosa gamberrada, pero luego se va apagando (hasta límites casi inconfensables) al servicio de la pedagogía moral y emocional del franquismo (tan enquistada en las mentes y corazones, por no hablar de las autocensuras del alma).

Faustina, versión del clásico Fausto reencarnado en la monumental mexicana María Félix (ya no “in her prime”, conste), a ratos es como si se adelantara, en sus coqueterías con la magia blanca y la ligera sátira del matrimonio, a la serie Embrujada, aunque a ratitos (tan breves) le hubiese gustado asemejarse más a Qué bello es vivir; también precede a la espléndida El ojo del diablo de Bergman: ambas fantasean con un Satanás que envía a sus agentes a la Tierra con el fin de perpetrar malvadas misiones... Además, en algún momento, hasta cabe ver el personaje de María Félix como una seudo-Ninotchka... Y siguiendo en el lado bueno y profético, digamos que el personaje de Fernando Fernán Gómez, el demonio Mogón (o Mogún), parece inventarse al de Bruno Ganz en El cielo sobre Berlín de Wenders... ¡o será que he tenido visiones! Así pues, vista en sus conexiones, Faustina es un hallazgo en toda regla, pero a veces las conexiones (como el hábito y el monge, el monte y el orégano, etc.) no son capaces de engendrar un válido mecanismo, o provocan cortocircuitos, etc.

Y es qué, con perdón, cuánta gansada semi-“camp” y vaya Infierno “pop” (¡en España y en 1957!, así que no le demos todo el mérito a Warhol); cuántos diálogos acomplejados (en medio de tres o cuatro divertidas réplicas) riegan esta imaginativa comedia (ya no las hacen así, para lo bueno y lo malo) a la que se le van apagando las luces del ingenio al mismo tiempo que entra en escena la divisa de “A Dios rogando y con el mazo dando”. Heredia, hombre talentoso, fresco y divertido, era, o podía serlo, de los del mazo dando. Entre sus aciertos, anoté esta frase que dice (creo recordar) el demonio Fernán Gómez: “Un hombre desventurado y sin honor, o escribe un tango o se pega un tiro”. Esto engancha con ese humor tan español, brillante y absurdo que retomó, por ejemplo, José Luis Cuerda (a quien un día le pagué unas cañas, por su graciosa compañía), con aquello de los argentinos que un día olían bien y al siguiente montaban en bici (en Amanece, que no es poco). Un tipo de humor que, supongo, proviene de Mihura y Jardiel Poncela, y además Faustina es de los tiempos de Ionesco y La cantante calva y Arrabal y su Picnic (después se le apareció la Virgeny se desenchufó).

Los problemas, en Faustina, son otros. Por ejemplo: qué horrible y tosco machismo traspira el film por todos sus poros. Y qué lamentable y casi tierno (y patético) “paletismo”, a veces con aires ilustrado, doblemente paleto.

La escena más llamativa, a medio camino entre el disparate total y la ocurrencia genial, es aquella en que María Félix, sorteando el maleficio que le ha lanzado el demonio Mogún (o Mogón), que le impide cantar delante del público, se pone a “actuar” leyendo el periódico mientras se contonea con unas ropas que realzan su espléndida curvatura, así como del circuito de Monza pero sin casco. Me disculparé por mis atrevidas y a menudo estúpidas relaciones, pero ese momento de la Félixrecitando ante el rendido público (masculino) la crónica parlamentaria y exhibiéndose sinuosa me recordó la muy posterior La lectora, de M. Deville, con Miou-Miou en plan “lectora para todo”... ¡Relaciones peligrosas!

Y están, claro que sí, volviendo a lo malo, las referencias político-históricas del film, podríamos llamarlas, que van ganando terreno a medida que la comedia se desmorona. Y es que la historia ocurre en un país imaginario o metafórico, “con muchas huelgas y muchas bombas”, así que no era España, eso seguro, pero sí podía tratarse, de manera sublime, de un aviso a navegantes. Y los avisos continuaban: el divorcio, la revolución (organizada por el demonio), la guerra civil y la diabólica Rusia, todos ellos términos mezclados en un astuto popurrí representativo del “atado y bien atado”. Como en ¡A mí la legión! (de Orduña), el país del que se habla es inventado, y la Félix pasa por allí de puntillas, vendida su alma al diablo e intentado disfrutar de nuevo de su loca juventud... Y como en mucho cine de esos años, se recomienda y reivindica el matrimonio católico y decente como remedio de males y tentaciones de Belcebú, esto es, la carne. El matrimonio como Dios manda es la salida de una trama que, dentro de su originaria originalidad, siento decirlo, se hace imbécil y llegamos a ver al sacerdote Pepe Isbert jugando a los bolos con el demonio Fernán Gómez... ¡Demasiado para el “body”!

En resumen, la película, que había comenzado pareciéndome similar, en alguno u otro sentido, a algo de Capra, de Bergman, de Wenders, de Lubitsch y a la entretenida Embrujada, termina pareciéndose más a filmes lechuguinos tipo El Inspector General de H. Koster con el odioso Danny Kaye, o a lo peor de Cantinflas... Sólo la prestancia del eterno Fernán Gómez, que en paz descanse (“grande de España”, lo despidió José Luis Garci en ABC; portador de una “opinión anticonvencional y brillante, heterodoxa y libertaria”, según C. Boyero en El País, un actor que “de joven ya era antipático”, según el diario gratuito 20 minutos) y la presencia de la rotunda María Félix me persuadieron de aguantar un poco más y no apagar el televisor... ¡Con la cantidad de gentiles quehaceres que existen!

(Fernando Rey, por desgracia, cuenta con un corto y simplón papel de redomado machista liberal, mientras que el penoso Conrado San Martín, con su grotesca dicción entrenada en eufemismos, es un pacato lastre: un plomo)

La película, y ya concluyo, es en su segunda mitad un auténtico agobio de lenguaje entre remilgado y ornamental, unas páginas cinematográficas del manual de estilo que daba cancha al  subdesarrollo cultural y emocional (y lingüístico) de este país y un apéndice entonces lógico (y hoy molesto) de un estado de cosas imperante: por detrás y por delante.