SALVIA Rafael J. (1915-1976)

Isidro el labrador (Isidro el labrador) (1963: 4.5)

Ahora que este tipo de cine franquista (propagandístico, sentimentaloide, cateto, regado de tópicos, católico integrista y bruto en su ausencia de matices) no es defendido por  nadie, apetece aproximarse a él sin malos humos ni aviesas intenciones, con el fin de ponerlo sobre el mapa. De la misma manera que, a modo de ejemplo, merecería la pena contraponer, en la literatura española de principios de siglo XX, a un bronco y católico a ultranza Antonio de Valbuena (véase el libro Antonio de Valbuena: poeta, narrador y crítico polémico, de Joaquín Serrano, mi papá) frente a los canónicos Clarín, Galdós, Pardo Bazán o Unamuno, apetecería situar a un Salvia en las inmediaciones intelectuales de sus contemporáneos Berlanga, Mur Oti o Bardem, y a Isidro el labrador no lejos de La tía Tula, La caza o Rififí en la ciudad. Todos ellos forman parte esencial del corpus completo de lo que había en sus respectivos campos y mercados; todos ellos se definían, conscientemente o no, en función de sus oposiciones, choques, afinidades, habilidades y roces respecto de los demás, en un equilibrio de fuerzas (entre lo más o menos popular, más o menos reaccionario, más o menos brillante, más o menos social, etc.) que, se mire como se mire, es lo que le da nitidez y significación al conjunto.

Guionista o coguionista de unas ochenta películas, incluyendo de Iquino (El Judas), Lazaga (Cuerda de presos), Palacios (La gran familia), Forqué (Atraco a las tres), Sáenz de Heredia (¡Se armó el belén!) y Lazarov (La mujer es un buen negocio), entre otros muchos (“uno de los guionistas más prolíficos y versátiles del cine español, según E. Riambau y C. Torreiro en Guionistas en el cine español), y director de al menos veinte títulos, Rafael Julián Salvia Jiménez realizó películas a las que, según la particular clasificación de la “censura cinematográfica” que esbozara hace muchos lustros el gran humorista Jaume Perich en una de sus magníficas mini-piezas aforísticas (en Autopista), podían acceder "todos": los menores de 14 años, los menores de 18 y... los españoles, en general. Era un producto por y para españoles, ajeno a las bravas tendencias, olas nuevas o ríos de tinta más allá de los Pirineos.

Isidro el labrador quería ser (pero ya no lo es, admitamos) una película edificante, sobre un héroe del cristianismo español, San Isidro, humilde, trabajador y honesto como nunca hubo uno igual, un sano mocetón incorruptible que, además, hacía milagros (multiplicaba el grano tanto en la paja ajena como en la propia). Es un film rodado, en efecto, sin ingenio ni estilo ni esplendor ni bajorrelieves por Salvia y su equipo, pero, ¿y qué?: el objetivo era el que era: entretenido didactismo de Cifesa para formar honrados españoles (¿se chupaban un dedo o los dos?) en el conocimiento de los insobornables y santos personajes de nuestra gloriosa historia.

Pero no habría que ser malos; he seguido Isidro el labrador con atención, y reconozco que me han producido ternura varios momentos de casta bondad entre Javier Escrivá (San Isidro) y María Mahor (Santa María de la Cabeza), esposos que (¡vaya suerte tienen algunos!) nacieron el uno para la otra; y hasta he vivido, con gratitud, algunos instantes de férrea nobleza cinematográfica nada desdeñables. Y es una película rodada, hablemos en serio, con criterio y rigor, con un ojo sobre el perfil dramático de la historia y el otro sobre la pedagogía ejemplarizante (que, al menos, no despista al personal con tirabuzones formalistas).

Escribiré aquí (es mi prerrogativa y mi libertad) otro disparate comparativo. A mí Isidro el labrador me parece más provechosa que, pongamos, los relumbrones Faust (Gorski), Fellini Satyricon (Fellini), Espejo (Tarkovsky) o Café Lumière (Hsiao-Hsien). Me resulta infinitamente más aceptable que El ataque de los muertos sin ojos (Ossorio), Miedo y asco en Las Vegas (Gilliam) o Asesinos natos (Stone). Es, desde luego, una obra más valiosa, refiriéndome al cine reciente, que El mosquetero (Hyams), Una rubia muy legal (Luketic) o The Mexican (Verbinski). Y, claro está, es más presentable que, qué sé yo, premiados orzuelos esteticistas como Elizabeth (Kapur), El ilusionista (Burger) o El orfanato (Bayona). ¿Pero quién me pone a caldo?

En todo caso, y para que resulte algo más clara mi propia posición, las piedras angulares sobre las que se asienta Isidro el labrador quedan resumidas en seis sentencias del gran Perich (todo “punch” y esgrima mental izquierdista, qué pena no disfrutarle en directo); cito estas seis definiciones (de Autopista, librito publicado siete años después de Isidro el labrador: otro mundo), opino que perfectas para colocar en su sitio al pertinaz, ternurista, ultra-beato, torpe, idílico y acomplejado (y, pese a todo, con su punto tierno) Isidro el labrador:

 

Idiomas. El idioma oficial de España es el castillano.

Los medios de comunicación de masas. Lo peor que suelen tener los medios de comunicación de masas es lo que comunican.

Teoría cinematográfica. El cine español es el único que pasa veinticuatro imágenes cada segundo y una idea cada hora y media.

La religión. La religión sirve para ayudarnos a resolver una serie de problemas que no tendríamos si no existiera la religión.

¿Qué es un conservador? Un conservador es un tipo que le gustaría poder decir: “Cualquier tiempo pasado fue igual”.

España. España es un país católico, apostólico y español.

 

(Espléndido, afilado, irónico y rotundo resumen de toda una manera de entender el cine, la sociedad y la cultura en aquella España mía, aquella España nuestra, en la que no podemos olvidarnos de gentes como Salvia, que también ha sido y seguirá siendo, nos guste o no, uno de los nuestros)