SAURA Carlos (1932-_)

Peppermint Frappé (Peppermint Frappé) (1967: 9.0)

1-En la última ceremonia de los Goya, el director premiado, Jaime Rosales (La soledad), dijo sobre el escenario que por qué no invitar a los niños (¡desde que son muy niños!) a ver El ladrón de bicicletas, en vez de los dibujos animados de Walt Disney. Claro: se han reído de Rosales, también gentes de la izquierda, tendencia Tarantino o tendencia Loach, ambas. Siguiendo al realizador español, aquí escribo: por qué no enseñar a nuestros adolescentes Peppermint Frappé, que nos habla, también, sobre la historia de España, en vez de pasar tantas horas con la Informática, la Tecnología y la Educación Física. Teclas, botones, sudores: son otra ideología.

2-Peppermint Frappé es, vista ahora, una insólita y apabullante película española enmarcable en el más atractivo, sugerente y atrevido cine europeo de los 60, montado sobre las nuevas olas. Es “remake” de Vértigo (Hitchcock está muy presente en el film); se advierten los arrebatos del joven Godard (los bailes y la irrupción de la mofa inesperada, y la ligereza de la cámara) y los entusiasmos del joven Truffaut (con homenaje a Jules et Jim, muy evidente, y algún souvenir de La piel suave). Nos halaga con un cierto perfil milimétrico e intelectual, así como de Antonioni, en la captación de espacios y tiempos muertos: y la insatisfacción. Saura también conocía el cine negro, y se adivinan expresos ecos de algún film de Preminger (¿Angel Face?); y, por supuesto, admiraba a Buñuel, sobre todo al de Belle de Jour.

3-Los simbolismos (como dulces y crueles ajustes de cuentas muy españoles) son recurrentes, como en La caza, pero la película muerde igual de bien sin ellos: tensa y esbelta, con ráfagas de cine libérrimo y caprichoso, con una Cuenca espléndidamente fotografiada y con un perfil también Pop muy del momento: Geraldine Chaplin dentro del museo abstracto de Cuenca, delante de un cuadro de Antonio Saura, por ejemplo; Geraldine Chaplin, todo un icono y una sex-symbol, nuestro pasaporte (gracias a Saura, desde luego) a la modernidad, nuestra Ana Karina, Catherine Deneuve y Brigitte Bardot, tres en una.

4-Actores. José Luis López-Vázquez, actor grandioso (pienso que uno de los cuatro o cinco más grandes de la historia), tan versátil que ese mismo año rodó con Ozores y Gracita Morales Operación cabaretera. Y Alfredo Mayo, actor fetiche del primer franquismo, viril, bronco y complejo, uno de nuestros mejores actores. Nota comparativa: entre estos dos y la dupla Javier Bardem-Eduardo Noriega, por decir dos talentos del presente, no veo color.

5-En un artículo reciente sobre el cine español (febrero de 2008, ABC), I. Camacho escribía cosas discutibles, tales como que “el cine yanqui... es independiente del poder político” o que el cine de los EEUU, frente al “ensimismamiento complaciente y autosatisfecho” del cine español, intenta “interesar, conmover o emocionar al espectador”, gracias a que se sostiene en el “elemental mecanismo de oferta y demanda”. La primera afirmación es un ingenuo disparate: ningún cine es más tímido que el estadounidense, incapaz de enmiendas a la totalidad, casi siempre cegado por su propia y bien desplegada bandera: los zurcidos son un engañabobos. Lo segundo, sobre el cine de la casa, puede ser parcialmente cierto. ¿Pero por qué no habla Camacho del cine de Saura, por ejemplo? ¿Hay un Saura en los EEUU? Lo tercero, las divinidades Oferta y Demanda, me sigue pareciendo sorprendente: ¡Dios no ha muerto! Yo, desventurado perdedor de fe, prefiero aún al Dios cristiano. ¿Cómo alguien perspicaz como Camacho no interpone ni tan siquiera unas migajas de duda o reserva frente a tan sobrevalorado espantajo, dogma de fe, de la economía liberal? ¿Por qué prefiere obviar los mecanismos (y la historia) de cómo las películas americanas dobladas copan las carteleras españolas? El reino de la Oferta: la demanda es posterior, subsidiaria, diseñada, una nota a pie de página del Dios trino llamado Producción, Distribución y Exhibición. ¿Camacho o Saura?